Achuchando que es gerundio, por Marta Sastre Barrionuevo

‘El descanso del guerrero’

Con P de Palencia

Se me ocurrió apuntar a mi hija pequeña a una escuela de verano para que practicara algo de español. La intención era buena, pero lo que no esperaba encontrar era un regalo para el alma: profesoras alegres, cercanas, cariñosas… el tipo de personas que te reciben con una sonrisa que abriga, que te llaman por tu nombre y te hacen sentir en casa desde el primer día.

Acostumbrada a la sobriedad, la distancia educada y la solemnidad de los educadores ingleses, aquello me pareció un pequeño milagro. No es que tenga queja de los profesores de mis hijos -todo lo contrario, son profesionales y amables-, pero la cultura es otra, y eso se nota. En España somos más de piel, más de contacto, de expresarlo todo con gestos, abrazos y voces altas. Eso, precisamente, es lo que más añoro.

En Inglaterra los abrazos son un rara avis, salvo que haya una jarra de Guinness de por medio. Yo siempre bromeo con mis amigas diciendo que hay dos tipos de ingleses: el de antes de la cerveza y el de después. Y, sinceramente, me quedo con el de después, que se parece mucho más a nosotros. Tal vez por eso la cultura del pub es casi sagrada allí: la única excusa socialmente aceptada para soltarse un poco, para reír sin medida, para tocar. Lástima que a mí nunca me ha gustado beber, así que me quedo sin cariñitos anglosajones.

Por eso, cuando veo a Judith o a Carmen, las profesoras de la escuela, abrir la puerta con esa sonrisa tan amplia, a mí se me ilumina el alma. No solo enseñan, están repartiendo cariño. Y eso, a veces, vale más que cualquier verbo conjugado.

También me reconcilia con mi esencia cuando los vecinos españoles vienen a casa, nos sentamos a hablar de lo humano y lo divino, y al despedirse nos abrazan, nos achuchan. Qué palabra tan nuestra: achuchar. De niña no me gustaba nada -yo era más bien huidiza-, pero cuánto la valoro ahora. Seguro que ni siquiera tiene traducción al inglés. Hug se queda corto. Cuddle suena a peluche. Y snuggle… no sé, parece otra cosa.

Achuchar es apretar con cariño, es transmitir calor, es decir “te quiero” sin decirlo. Es una costumbre nuestra, española, que llevo siempre conmigo, incluso cuando la distancia la vuelve inalcanzable.

Y me da mucha pena ver cómo todo eso se va perdiendo. Tantas casas vacías, tantos pueblos que ya solo tienen eco. Eso que ahora llaman la España vaciada.

Cada vez menos niños, menos jóvenes que quieren quedarse en el campo, trabajar la tierra, mantener las tradiciones. La globalización e internet nos están convirtiendo en robots sin alma y sin costumbres. En seres conectados con el mundo entero, pero desconectados de lo más cercano: del tacto, del olor a pan recién hecho, del saludo por la calle, de las sobremesas eternas.

Con A de achuchar, con C de calor, con H de hogar… y, por supuesto, con P de piel.
Porque eso es lo que somos, porque eso es lo que más añoro desde la distancia.

(Dedicado a nuestros vecinos, los mejores)

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