Jorge Sanz se despide del Aguilar Film Festival tras 37 años de amor incondicional al séptimo arte

Jorge Sanz se despide como director del Aguilar Film Festival tras 37 ediciones, dejando un legado de pasión y compromiso por el cine. El festival se desarrolla hasta el 7 de diciembre
Jorge Sanz en el Aguilar Film Festival, reflexionando sobre su legado.
Jorge Sanz se despide del Aguilar Film Festival tras 37 años de dedicación al cine. / Lucía Burón (ICA)

El alma del festival dice adiós con la 37ª edición como un abrazo eterno a un pueblo, a un equipo y a un cine que nunca dejó de creer en los sueños pequeños

Jesús García-Prieto / ICAL

Cuando el gélido viento empieza a colarse por las rendijas del Cine Amor algo distinto late en el ambiente: es la última vez que Jorge Sanz cruzará el umbral como director del Aguilar Film Festival. 37 ediciones, 37 diciembres en los que un pueblo pequeño se hizo gigante gracias a la tozudez amable de un hombre que nunca quiso ser protagonista, pero que terminó siéndolo sin remedio. Él lo dice con esa naturalidad que le ha acompañado siempre. “Me voy tranquilo porque dejo el festival botando”.

Como quien deja un balón perfecto en el área para que el siguiente que llegue tire a puerta y haga gol, pero Jorge no se marcha del todo -promete echar una mano al principio, estar ahí si hace falta-, aunque sabe que ha llegado la hora de apartarse. “Hay que saber salir de los sitios con el mismo cariño con el que se entró”, repite mientras recuerda el consejo que le dio su padre, a la vez que se le quiebra un poquito la voz. Y es que han sido muchos años, muchas aventuras, mucho trabajo el que Jorge lleva a sus espaldas para que Aguilar de Campoo y toda su comarca se haya hecho con un nombre propio dentro de la escena cinematográfica española.

Este año el festival vuelve del 28 de noviembre al 7 de diciembre con la misma fuerza de siempre, quizá con un latido más hondo. Cuarenta cortometrajes en Sección Oficial (veinte españoles, y por primera vez la mitad dirigidos o codirigidos por mujeres); 21 títulos de Castilla y León que abrirán el primer fin de semana; catorce miradas al mundo rural en la sección De Campo; risas en Ríete tú y ternura infantil en MiniAguilar. Los Águila de Oro serán para Luis Zahera, Fernando Cayo, el director belga Olivier Smolders y el actor vallisoletano Óscar de la Fuente. Nombres que se suman a una lista imposible: Pedro Almodóvar, la familia Bardem, Concha Velasco, Antonio Resines, Maribel Verdú, Alfredo Landa… 70 águilas que han paseado por estas calles como quien pasea por su propia casa, mientras saludaban a los vecinos, firmaban autógrafos en servilletas de bar y abrazaban a abuelas que los veían en la tele.

40 años en Aguilar

Jorge llegó a Aguilar hace más de cuatro décadas desde Valladolid y el pueblo le regaló algo que no se compra, un público que ama el cine como quien ama la vida. Aquí hubo dos cines con programación diaria -el Amor y el Campoo-, cine-club, gente que daba el pecho en la butaca porque ir al cine era tan natural como respirar.

Jorge Sanz frente al Cine Amor en Aguilar de Campoo
Jorge Sanz se despide del Aguilar Film Festival tras 37 años de dedicación al cine. / Lucía Burón (ICAL)

Cuando en 1989 nació lo que entonces se llamaba Semana del Cine Español, aquel caldo de cultivo ya estaba hirviendo. Jorge lo recuerda con la voz temblorosa de quien evoca a sus mayores. “Era como en la película de Cinema Paradiso, pero en su versión palentina”, recuerda entre risas. “En aquella época los niños se colaban en el cine porque el dueño decía que había que crear afición, las madres salían de misa y compraban la entrada para la sesión de tarde. El cine era rito, era comunidad, era oxígeno”, reconoce Jorge con cariño a Ical.

De ahí salió todo. Él nunca quiso un festival de postureo ni de alfombras rojas imposibles. Quiso un lugar donde los cortometrajistas noveles -esos que llegaban en tren con la copia recién salida del laboratorio, la mochila llena de nervios y los ojos llenos de sueños- sintieran que alguien los miraba de verdad. Por eso tomaron dos decisiones valientes que marcaron el ADN del AFF para siempre: especializarse en cortometraje y pagar por selección.

“Era nuestra manera de decirles: tu trabajo vale, aunque todavía no lo sepas tú”. Muchos de los que hoy llenan las carteleras de largometrajes pasaron por aquí con su “torta” bajo el brazo. El Aguilar Film Festival fue su primera ventana y, casi siempre, su primer abrazo.

Este año, como regalo póstumo a quien tanto quiso el festival, el Premio al Mejor Cortometraje Español llevará el nombre de Ramón Margareto, el cineasta y artista que fue director artístico, jurado y amigo hasta que en mayo nos dejó. En el Cine Amor habrá una exposición con sus cuadros y sus películas girando en bucle, porque en Aguilar nadie se va del todo. Y habrá cortometrajes en el Hospital Río Carrión -dos sesiones para quienes no pueden salir de sus habitaciones-, porque Jorge siempre ha creído que la cultura debe llegar hasta el último rincón, especialmente a los que más lo necesitan.

Aula AFF crecerá hasta Primaria después de haber llevado el año pasado el cine a 4.500 alumnos de Secundaria. El Industry Hall seguirá siendo ese lugar mágico donde chavales de veintipocos años charlan de tú a tú con ganadores de Goya como Pelayo Gutiérrez o Alberto Valcárcel. Y después de la clausura, Marwan cantará para que la despedida suene a vida y no a final.

Pero el verdadero protagonista de esta edición no estará en pantalla. Estará entre bastidores, con su sonrisa cansada, asegurándose de que todo funcione una última vez como un reloj suizo. Jorge habla de su equipo como quien habla de hijos: más de cincuenta personas que han remado juntas cuando se quemó la cocina del hotel, cuando reventaron las tuberías del cine por las heladas, cuando llegó la pandemia y hubo que proyectar en televisiones, polideportivos y hasta en las teles de los bares. “La palabra resiliencia define muy bien todo lo que hemos conseguido”, dice, mientras se le humedecen los ojos de la emoción. “Nos ha pasado absolutamente de todo, pero cuando todos reman en la misma dirección no hay tormenta que nos pare”, añade.

Jorge Sanz sentado en el cine durante el festival de Aguilar.
Jorge Sanz se despide del Aguilar Film Festival tras 37 años de dedicación al cine. / Lucía Burón (ICAL)

Él se va tranquilo, repite. Tranquilo porque sabe que deja el festival en buenas manos. Tranquilo porque el público sigue llenando las salas (11.000 espectadores el año pasado), porque los directores siguen peleándose por venir, porque los políticos han entendido que esto es un tesoro. Tranquilo porque el ADN está a salvo ya que a lo largo de todos estos años, Jorge y su equipo han logrado el respeto absoluto al público, la cercanía con los autores, el orgullo de ser un festival pequeño que juega en la Champions de los grandes. “Qué grande es saber que uno es pequeño”, dice, y lo dice sin retórica, como quien recita una verdad que le ha salvado la vida muchas veces.

La despedida, más apretada

Pero sin duda, cuando surge la pregunta de qué es lo que más echará de menos de la organización, los preparativos y la celebración del Festival, duda un segundo y responde con la voz rota. “Ese abrazo final. Cuando termina el festival y nos abrazamos todos… Ahí está todo”, reconoce emocionado. Este año ese abrazo será distinto. Más largo. Más apretado. Habrá lágrimas que no harán falta explicar, y alguna carcajada nerviosa para disimular la emoción.

A quien le suceda le deja un solo consejo, pero lo dice con el peso de treinta y siete diciembres encima. “Que sea honesto. Que tenga mirada larga. Que no tenga prisa. Que no rompa la baraja”. Y al pueblo, al que tanto quiere, solo una súplica cariñosa. “Que no lo abandone nunca. La cultura es lo único que nos salva horas de psiquiatra”.

Jorge se aparta, aunque en su memoria se queda una pequeña espinita clavada. El no haber sabido, dice, vender mejor la zona. “Me quedo con un poquito de malestar porque no hemos sabido, no hemos sabido por qué no hemos podido”, señala. “No porque no hayamos querido. El hecho de haber convertido la zona de la Montaña Palentina en un plato de rodaje natural. Ahora hablan mucho de eso, pero en los primeros años, desde que se rodó aquí ‘Mar del Luna’ en la quinta edición, siempre pensamos que toda la zona Aguilar y sus alrededores era un sitio maravilloso para traer rodajes”, recuerda.

Para Jorge, el entorno natural de Aguilar y su comarca son auténticos paraísos naturales, escenarios perfectos para el rodaje de grandes producciones cinematográficas. “Me acuerdo que muchos directores me decían ‘Mira, en el Pantano de Aguilar se podían haber rodado escenas de Titanic o ‘En las Tuerces se podía haber rodado El Señor de los Anillos’”, recuerda con cariño. “Evidentemente eso me parece muy lejano, pero tenemos una zona minera, estamos realmente cerca de Santander, nuestra montaña o Tierra de Campos. Escenarios de envidia”, explica con emoción a Ical.

Cuando el 7 de diciembre se apaguen las luces del Cine Amor por última vez bajo su dirección, Jorge Sanz cerrará la puerta con suavidad, como quien cierra los ojos de alguien a quien ha querido mucho. Fuera seguirá haciendo frío. Dentro quedará el calor de treinta y siete años de cine, de risas, de abrazos, de cortometrajes que enseñaron a soñar a varias generaciones. Quedará el recuerdo de un hombre que nunca pidió focos, pero que iluminó un pueblo entero.

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