En mi barrio, de niño, crecí sin parque infantil. Si querías volar en un columpio tenías que desplazarte a unos dos kilómetros. Allí encontrabas tu tobogán de puro hierro pulido por pantalones cortos. En verano aquello quemaba. En invierno, al final de la bajada casi siempre había un charco donde ensuciarse sin remilgos los zapatos. Recuerdo también un artilugio que giraba sobre su eje. En él aprendías lo que era la fuerza centrífuga y cómo sabía la tierra si te soltabas en un descuido.
Mi preferido. Un arco con barrotes cruzados a modo de escalera curva en el que te podías colgar, y por el que los más atrevidos se ponían a caminar para cruzarlo de un lado a otro. Y sin red. Era como estar en el circo. Aunque casi todos los aparatos de entonces iban acompañados de un riesgo real que nosotros multiplicábamos inventando piruetas y usos que desde luego no venían en el manual de instrucciones.
De un tiempo a esta parte, este tipo de recintos son otra cosa. Quizá pretendan lo mismo. Pero nuestros hijos ya no se juegan la vida al salir de clase. Seguridad. El hierro ha dejado sitio a la madera, al plástico, a la cuerdas, y, sobre todo, los suelos son de una goma especial donde los peques rebotan cuando se caen. El entorno cumple con una normativa ISO a prueba de golpes varios.
Ya no hay arena en los parques. ¿Eso es bueno? Puede. Y también puede que con el tiempo llevemos a los nietos a jugar con casco, coderas, rodilleras y protector dental. Dentro de nuestro andador, que no falte un botiquín, por lo que pueda pasar.
Recuerdo el lugar que hubo en el Salón. Amplio, lleno de atracciones, protegido por una valla y a la sombra de árboles enormes, con su suelo de tierra auténtica, masticable, y donde, claro, podías hacer un “gua” para jugar a las canicas. Un simple hoyo que permitía desplegar un sinfín de estrategias con las bolas de cristal.
Luego se procedió a la reforma del parque entero. En mi ignorancia como arquitecto y diseñador de espacios, me quejé en la prensa por el resultado. Por el concepto, por los materiales empleados, la ejecución, por un estanque que en principio no tenía protección, que ahora es una charca, por las farolas, por las traviesas, por los bancos de piedra en vez de madera, por un escenario de metal que es un engendro… que se sumaban a la instalación previa de una cafetería que nunca debió ocupar ese espacio público… en fin. Y un parque infantil ridículo que poco a poco ha requerido de sucesivas ampliaciones. Y que, a pesar de todo, no da cabida a tanta niña y niño como sería necesario. ¿Quién es el responsable que piensa en todo esto?
Por cierto… En la Travesía de Viñalta hay una plaza, con sus fuentes, sus bancos de madera, sus árboles… y en la plaza hay un discreto y moderno parque infantil. Todo está calculado, incluso un enorme “gua” para jugar a las canicas gigantes. También te puedes caer en él y aparecer en otra dimensión. Así lleva una eternidad. A unos metros, los niños juegan seguros. Pero aquí sí, aquí ya se pueden “escogorciar”. Ellos, sus padres, sus abuelos… Todos de cabeza al “gua”. Una tapita, por favor.





