CON 'P' DE PALENCIA

El poder del no

Silhouette de dos hombres conversando junto a una ventana en un entorno urbano.

Hoy hablaba con un amigo sobre la incapacidad que tenemos algunas personas para decir que no. Y quizá sea porque, a medida que la vida avanza y el tiempo que me queda empieza a ser necesariamente más reducido que el que ya he vivido, empiezo por fin a entender que todos esos momentos que he malgastado por no saber decir no pesan demasiado sobre mis hombros.

Si alguien insiste dos veces, sólo necesita insistir dos veces. En menos de dos segundos, el no empieza a desdibujarse en mi boca y lo he sustituido por un: «Sí, vaaaale».

Siempre fui, sin embargo, muy fuerte con lo que yo llamo los «peligrosos sí». Esos sí que pueden arruinarte la vida. Hablo de los vicios: el alcohol, el juego y todas esas maneras que tiene el ser humano de complicarse la existencia y, de paso, complicársela a quienes tiene alrededor. Con esos noes nunca tuve problema.

Mi problema han sido siempre los otros. Los pequeños. Los aparentemente inofensivos. Los que no parecen importantes porque, en realidad, ninguno de ellos va a cambiar nuestra vida.

«¿Vamos de compras?».

Y a mí me apetece quedarme en casa porque estoy agotada después de haber estado trabajando todo el día. Pero digo que sí. Y allí estoy, en una tienda, sujetando la ropa que mi amiga se va a probar, mientras una vocecita en mi cabeza pregunta: «Pero ¿por qué no has dicho que no?».

La respuesta es bastante sencilla y, al mismo tiempo, bastante incómoda: porque hay personas a las que la empatía extrema les puede complicar mucho la vida.

Ese «pobrecito, ¿cómo le voy a decir que no?». Ese «si no voy, se va a sentir mal». Ese «qué más me da tomarme un café, si tampoco es para tanto». Ese miedo absurdo a decepcionar, a parecer antipática, egoísta o poco considerada. Y, sobre todo, ese miedo a discutir.

Hay personas que preferimos ceder antes que enfrentarnos a la incomodidad que supone poner un límite. Decimos que sí para evitar una conversación, una explicación, una posible decepción. Y lo hacemos tantas veces que acabamos convirtiendo la complacencia en una costumbre.

Hace tiempo escuché a una mujer a la que siempre he admirado decir que, cuando aprendió a decir que no, su vida dejó de ser una tortura.

Contaba que sus compañeros de trabajo le proponían ir a tomar algo después de salir y ella aceptaba, aunque lo que realmente quería era ir al gimnasio y después quedarse en casa leyendo un libro. No había ningún motivo dramático para rechazar la invitación. Simplemente le apetecía otra cosa.

Y entonces entendí algo que parece una tontería hasta que uno se da cuenta de cuánto tiempo ha perdido: no necesitamos una razón suficientemente importante para decir que no.

No hace falta estar enfermo. No hace falta tener una cita médica. No hace falta cuidar de alguien. No hace falta que nos haya surgido un problema de última hora. A veces basta con no querer. «Hoy no me apetece». Y punto.

Creo que nos han educado para entender el no como una especie de agresión. Como si negarnos a algo fuera automáticamente negarnos a la persona que nos lo propone. Y no es así.

Puedo quererte muchísimo y no querer ir de compras contigo. Puedo apreciarte y no querer tomar un café. Puedo disfrutar de tu compañía y preferir pasar la tarde sola. Puedo incluso entender perfectamente que necesites algo y, aun así, decidir que yo no puedo -o no quiero- dártelo. Eso no me convierte en una mala persona.

Y aquí quiero hacer una distinción importante. Porque tampoco se trata de convertir el «no» en una excusa para desentendernos de los demás. Si un amigo me necesita de verdad, el no deja de existir. Si alguien a quien quiero está pasando por un momento difícil y necesita que esté ahí, no hay gimnasio, libro, cansancio ni ganas de quedarme en casa que valgan. Para eso están los amigos. Para lo bueno, pero también -y quizá sobre todo- para cuando las cosas se tuercen.

Y estoy convencida de que si tus amigos te quieren genuinamente, lo entenderán.

Pero una cosa es estar cuando alguien nos necesita y otra muy distinta vivir permanentemente disponibles para todo el mundo.

Para los conocidos, para los compromisos sociales que no nos aportan nada, para las nimiedades, para los planes que aceptamos por no saber decir que no, el «no» puede ser un arma maravillosa de amor propio. Porque los momentos no vuelven. Y pasar una noche rodeado de gente con la que no te apetece estar, sujetando un vaso en la mano mientras tu cabeza está en el lugar donde realmente querrías estar, son horas de tu vida. Horas que no regresan. Y yo, señores, ya no tengo tiempo que perder.

No porque haya dejado de querer a la gente. Precisamente al contrario. Porque quiero mucho más a la gente que elijo, los momentos que disfruto y la vida que todavía me queda por vivir.

Quiero poder decir que sí cuando realmente quiero decir que sí. Quiero que mis síes vuelvan a tener valor, que no sean la respuesta automática de alguien incapaz de soportar la incomodidad de un no.

Quiero poder decir que no a una cena sin inventarme una excusa. No ir de compras si estoy cansada. No tomar ese café si prefiero leer. No acudir a una fiesta si necesito estar sola. Y, sobre todo, no sentirme culpable por ello.

Hay etapas en la vida en las que las prioridades cambian y, en esta, la paz y la serenidad están muy arriba en mi lista.

Ya no necesito estar en todas partes, ni decir que sí a todo, ni sentirme responsable de que todo el mundo esté contento. Necesito estar bien. Y para estar bien, a veces, hay que aprender a decir no. Porque quizá aprender a decir no sea, en realidad, aprender a decirnos sí a nosotros mismos.

Con P de paz.

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