Jesús García-Prieto / ICAL
Una planta que nace entre las piedras, unos árboles que crecen rectos sobre una pendiente, unos pequeños tomates que van aumentando de tamaño en un huerto y, mucho más lejos, los planetas, las galaxias y la inmensidad del cosmos. Todo puede ser motivo de asombro para Mercedes Maté. La artista palentina, conocida como Inari M., lleva años buscando en aquello que observa a diario las ideas que después traslada a sus cuadros. Ahora, por primera vez, esa mirada es devuelta a su tierra.
El Centro Cultural Provincial de Palencia acoge hasta el próximo 27 de septiembre la exposición ‘De la Naturaleza al Cosmos (Un recorrido por la Creación)’, una colección formada por 36 obras en la que la artista reúne buena parte de sus inquietudes sobre la naturaleza, el universo, la evolución humana y el conocimiento. La mayoría de las piezas están realizadas al óleo sobre lienzo o tabla y combinan elementos abstractos y figurativos con recursos tridimensionales.
Para Maté, exponer en Palencia después de haber llevado sus obras a otros lugares tiene un significado especial. “Es un orgullo”, reconoce a la agencia Ical. La artista recuerda que ha realizado más de una treintena de exposiciones y que su obra ha viajado por Europa y Estados Unidos, además de diferentes ciudades españolas como Madrid o Barcelona. Sin embargo, había una ausencia en ese recorrido. “No había tenido la oportunidad de hacerlo en Palencia”, explica.
La exposición supone así una especie de regreso a casa para una artista que, aunque desarrolla buena parte de su vida en Barcelona y ha viajado con su obra por diferentes países, mantiene una conexión permanente con Palencia y, de manera especial, con Cevico de la Torre, localidad cerrateña con la que está vinculada.

“Es como que no me he ido”, resume cuando habla de su relación con esta tierra. “Sí que he viajado muchísimo por el mundo, pero la conexión con toda esta zona siempre ha estado y creo que siempre estará”. Esa conexión aparece incluso escondida dentro de las propias obras, en pequeños detalles que el visitante puede tratar de descubrir. En uno de los elementos voladores aparece el nombre de Cevico y en otro avión figura ‘Inari’, el seudónimo con el que firma su trabajo.
Pero si existe una palabra que permite recorrer la exposición de principio a fin es naturaleza. No solo como paisaje o como elemento decorativo, sino como origen, sustento y misterio. Maté explica que la muestra pretende comunicar “mis ideas, mi manera de sentir” y que su título responde precisamente a esa necesidad de rendir homenaje a aquello que considera esencial. “La naturaleza me fascina desde hace muchos años, porque además la tenemos a nuestro alrededor en todos los sentidos, y le damos poca importancia, no nos damos casi ni cuenta”, señala.
Su forma de observarla tiene algo de curiosidad permanente. No necesita desplazarse a un lugar extraordinario para encontrar una imagen que le llame la atención. Puede aparecer durante un viaje en coche, en un campo o incluso en el jardín de su propia casa.
“Viajo en coche y es que veo que nace la naturaleza de los sitios más inverosímiles”, explica. Habla de “unas piedras compactas” de las que consiguen salir hierbas o de “unas zonas inclinadas” en las que crecen árboles “totalmente rectos hacia el cielo”, asegura con el asombro de quien disfruta de contemplar su alrededor. Como aquel niño que contempla un paisaje por primera vez. “Cada detalle de la naturaleza me hace vibrar y me sigo fijando después de muchos años”, reconoce.
Esa capacidad de sorprenderse con lo cotidiano es también una de las razones por las que decidió crear un pequeño huerto. Allí encuentra otra oportunidad para observar el proceso de la vida desde el principio. “Me fascina cómo pueden crecer de la nada”, cuenta mientras recuerda cómo unos tomates empiezan siendo pequeños hasta que terminan desarrollándose.
Para Maté, la naturaleza no solo merece ser contemplada, sino también recordada como aquello de lo que depende nuestra existencia. “No nos damos cuenta de que nos alimenta, si no fuera por la naturaleza, que si la naturaleza decidiera dejar de alimentarnos, no viviríamos”, afirma con sencillez. Y pone también el ejemplo del oxígeno de los árboles. De ahí que considere que muchos de sus cuadros contienen un mensaje.
La exposición amplía después esa mirada hacia el cosmos. El salto no es casual. El asombro por lo que sucede en la Tierra conduce a la artista hacia un espacio mucho más difícil de abarcar. Entre las obras aparecen las auroras boreales y diferentes representaciones relacionadas con el universo.
“Hay quien cree que existió un huevo cósmico y hay quien no, pero bueno, yo lo dejo ahí”, explica cuando habla de una de sus obras. “De ese huevo salió todo”, añade, antes de mencionar la naturaleza, los planetas, las galaxias y el sonido como parte de ese imaginario.
No se trata de ofrecer una explicación científica del origen del universo, sino de trasladar a la pintura las ideas, preguntas e interpretaciones que interesan a la artista. Esa diferencia es importante para entender la muestra. Maté no pretende cerrar las cuestiones que plantea, sino abrirlas.
Algo parecido sucede con las referencias a las antiguas civilizaciones que aparecen en varias de sus obras. Egipto, Atlántida y Lemuria forman parte de su imaginario artístico y sirven para plantear preguntas sobre el conocimiento perdido, la evolución y aquello que la humanidad puede aprender de su pasado. «De ellas podríamos aprender mucho hoy día, para hoy y para el futuro”, explica.
En este ámbito aparecen también sus reflexiones sobre la evolución humana y el deseo de acceder a conocimientos que, desde su punto de vista, todavía no comprendemos completamente. Maté incorpora esas ideas a las obras y deja que formen parte del recorrido, sin exigir al espectador una única interpretación. De hecho, una de las cuestiones que más claramente defiende es precisamente la libertad de quien contempla sus cuadros. “Cada persona interpreta lo que quiere”, sostiene.
La artista puede explicar qué pensaba al realizar una obra, pero entiende que después el espectador debe tener libertad para hacerla suya. “Explico cuando tengo oportunidad, si no siempre la tengo, lo que yo de alguna manera pensaba, pero luego cada uno que se haga su idea y lo acomode a su manera de pensar”.
Esa forma de entender el arte está relacionada con una de las reflexiones que aparecen en algunos de sus cuadros. Sin embargo, considera que cada persona conoce únicamente una parte de ella y que interpreta el mundo a partir de la información que tiene.
Una ventana con una persiana parcialmente cerrada es precisamente una de las imágenes que utiliza para introducir ese tipo de reflexión. La obra funciona como una invitación a pensar en aquello que queda fuera de nuestro campo de visión y en los límites de nuestra propia percepción.
Elementos tridimensionales
La exposición incorpora además una característica que diferencia el trabajo de Maté de una pintura convencional. Muchas de las obras incluyen elementos tridimensionales. Hay animales representados mediante láminas estereoscópicas que cambian según el ángulo desde el que se contemplan, cristales de cuarzo incorporados a algunas composiciones y otros materiales que salen literalmente del lienzo. “Todos tienen algo”, explica.
En la obra dedicada al cosmos los planetas están realizados respetando sus proporciones. “Están hechos todos a la medida exacta”, explica. En otras pinturas, los elementos tridimensionales adquieren todavía más protagonismo.
En las obras relacionadas con las civilizaciones antiguas aparecen cristales de cuarzo. “Me ha costado lo suyo para el transporte”, bromea la artista. Y en una de las piezas dedicadas a Egipto utiliza tierra mezclada con el óleo y una pequeña pieza de barro cocido.
La incorporación de estos materiales responde a su interés por combinar pintura y volumen y por acercar la obra a una representación más próxima a la realidad. Su estilo, según se explica en la información de la exposición, combina lo abstracto y lo figurativo con una representación de carácter futurista en la que aparecen las tres dimensiones.
El proceso de creación comienza, sin embargo, mucho antes de que aparezcan esos materiales. “Primero me viene la idea”, explica Maté. Después empieza la investigación. Para cada cuadro busca información específica relacionada con aquello que quiere representar. “Para todos he buscado mucha información”, señala. Los planetas, los animales de la sabana africana o los elementos relacionados con el agua son estudiados antes de trasladarlos al lienzo. La imaginación es el punto de partida, pero después llega un trabajo de documentación que forma parte de la propia construcción de la obra.
El resultado de ese proceso se ha ido desarrollando durante años. La artista calcula que la colección ha necesitado alrededor de una década para tomar forma, aunque con diferentes interrupciones. “No ha sido un tiempo continuo”, aclara.
La pandemia de covid-19 supuso además un parón. “Paré totalmente”, recuerda con pena. Durante ese periodo se centró también en escribir, una actividad que podía desarrollar desde casa mientras las exposiciones habían quedado suspendidas.
La pintura, además, exige tiempo. Maté trabaja principalmente con óleo y lo aplica por capas. “Tienes que esperar a que una capa se seque para poder hacer la siguiente, porque si no se fusionan demasiado”, explica. Por eso el proceso es lento, aunque no parece preocuparle.
Una pasión desde la infancia
La relación de Maté con el arte comenzó mucho antes de esta exposición. Desde niña sentía esa inclinación. “Desde pequeña tenía vocación artística”, recuerda. En las carpetas del colegio hacía “puzzles” y diferentes imágenes. Más adelante se interesó también por la fotografía artística y llegó a realizar formación como fotógrafa profesional. “Tenía laboratorio en casa para poder revelar yo misma”, recuerda con cariño.
La pintura, sin embargo, terminó convirtiéndose en un espacio en el que podía comunicar algo más que una imagen. “Me atraía comunicar al espectador conceptos, vivencias y opiniones”, señala la información de la exposición sobre su manera de entender el arte.
Su trayectoria ha transcurrido entre exposiciones individuales y colectivas y una actividad que, desde 2015, ha llevado sus obras por diferentes ciudades españolas y otros países europeos y Estados Unidos. Ahora, después de ese recorrido, llega la oportunidad de mostrar en Palencia una colección que no ha querido fragmentar.
Maté reconoce que ha recibido propuestas para vender algunas de las obras, pero ha preferido mantenerlas juntas porque considera que eso rompería el sentido de la colección. Sí ha regalado alguna pieza. Entre ellas recuerda especialmente una obra de bambús que terminó en el Museo Pomona de Los Ángeles.
“Me lo pidieron cuando expuse allí”, explica. “Ahora me arrepiento”, admite. Hizo una pequeña reproducción, aunque considera que “no es lo mismo” porque ha perdido parte del brillo y de la energía que tenía el original.
Los bambús son precisamente otro ejemplo de esa fascinación por la naturaleza que recorre su trabajo. En ellos encuentra una energía que intenta trasladar a la pintura, igual que hace con otros elementos naturales.
La exposición de Palencia reúne ahora todas esas inquietudes en un mismo espacio. Naturaleza, cosmos, evolución, conocimiento, civilizaciones antiguas, deseo de volar y percepción de la realidad aparecen conectados por una mirada personal que no pretende dar respuestas definitivas. Y quizá por eso la artista prefiere que cada visitante complete el recorrido a su manera. “Dejo total libertad a que cada uno lo pueda integrar según su evolución o su manera de pensar”, explica.
En esa frase parece resumirse buena parte de la propuesta de Mercedes Maté. Sus cuadros nacen de una idea, pasan por la investigación, se construyen lentamente con óleo y, en ocasiones, con objetos y materiales que añaden volumen. Después dejan de pertenecer únicamente a quien los ha creado.
La artista pone delante del espectador aquello que le ha llamado la atención durante años. Una planta que nace donde aparentemente no debería hacerlo. Un árbol que busca el cielo. Un planeta representado a escala. Un cristal. Una figura que quiere volar. Una civilización antigua convertida en pregunta. Y a partir de ahí cada visitante decide qué ve.
Para una artista que ha llevado su obra lejos de Palencia, la exposición del Centro Cultural Provincial supone así una vuelta a sus raíces, pero también una oportunidad para que quienes comparten esa tierra puedan descubrir su particular forma de mirar. “Es como si estuviera siempre en Palencia y en Cevico”, concluye la artista, que estos días vuelve a sus raíces y devuelve a Gaia una pequeña parte de todo lo que ella ha recibido de la naturaleza.





