CON 'P' DE PALENCIA

Padres presentes

Padre con niños dibujando en una alfombra en casa

Hace una semana conocí a una jovencita de 24 años llamada Maya.

Lleva trabajando desde los 16. Ha trabajado en supermercados, como nanny y en diferentes empleos, llegando incluso a compaginar varios trabajos a la vez. Y todo ello con un objetivo muy claro: pagarse su licencia de piloto.

A todos aquellos que dicen que los jóvenes de hoy no tienen ganas de trabajar, que no están motivados o que carecen de disciplina, me encantaría presentarles a Maya.

Durante años ha trabajado para familias de muchísimo dinero, cuidando de niños que, en alguna ocasión, llegaron a tratarla como si no fuera un ser humano.

Uno de esos niños llegó incluso a darle una bofetada y, con los brazos en jarras, le dijo que debería sentirse afortunada porque aquella era probablemente la única oportunidad que tendría en toda su vida de disfrutar de un yate de superlujo.

Pero lo que más me escandalizó no fue solamente la actitud de la niña.Fue que sus padres ni siquiera la reprendieran.

Y eso me hizo pensar.

¿Qué clase de adulto puede llegar a convertirse un niño al que se le permite crecer pensando que el dinero le da derecho a humillar a los demás? ¿Qué ocurre cuando un niño crece sin límites, sin que nadie le enseñe que todas las personas, independientemente de su posición económica, merecen respeto?

El dinero puede comprar un yate, una casa espectacular o cualquier lujo imaginable.

Lo que no debería poder comprar es el derecho a tratar a otro ser humano como si valiera menos.

Y quizá esa sea una de las cosas que más admiro de Maya.

A sus 24 años, en lugar de esperar que la vida le dé algo, lleva años trabajando para construirla ella misma. Mientras algunos tienen el privilegio de crecer rodeados de lujos, ella ha aprendido el valor del esfuerzo, de la responsabilidad y de perseguir un sueño.

Así que, cuando alguien me diga que los jóvenes no quieren trabajar, que no tienen ambición o que les falta disciplina, pensaré en Maya. Porque personas como ella existen.

Y quizá lo que necesitan no son más juicios sobre su generación, sino que reconozcamos el enorme esfuerzo que muchos jóvenes hacen cada día para conseguir aquello que otros tienen la suerte de recibir sin esfuerzo.

Y todo esto me lleva a otra reflexión.

A veces, como padres, pensamos que trabajando 24 horas al día, llevando a nuestros hijos a los colegios más caros y dándoles todo lo que el dinero puede comprar estamos haciendo un gran trabajo con ellos.

Y quizá, sin darnos cuenta, nos olvidamos de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: estar presentes en sus vidas.

Sé que es mucho más fácil decirlo que llevarlo a cabo. Para muchas familias, conciliar trabajo y vida familiar es extraordinariamente complicado. Hay que pagar una casa, las facturas, la educación y tantas otras cosas que forman parte de la vida.

Pero también creo que deberíamos preguntarnos en algún momento qué estamos intentando conseguir.

Porque trabajar mil horas para poder comprar un superyate mientras apenas tenemos una hora a la semana para nuestros hijos, y confiar prácticamente toda su educación y cuidado a otras personas, puede tener un coste que no aparece en ninguna cuenta bancaria.

Los colegios educan, enseñan y acompañan. Pero no pueden sustituir a unos padres presentes. Y mucho menos pueden proporcionar ese cariño, esa seguridad, esos límites y esa guía que un niño necesita para crecer.

Los niños no necesitan únicamente cosas. Necesitan tiempo. Necesitan atención. Necesitan sentirse queridos, escuchados y acompañados.

Y por eso creo que la conciliación familiar no debería considerarse un lujo ni un privilegio. Debería ser una parte fundamental de cualquier sociedad que realmente quiera cuidar de sus familias.

Y aquí lanzo una pequeña reflexión, especialmente ahora que tanto se habla de la necesidad de que tengamos más hijos:

Si quieren que tengamos más niños, por favor, ayúdennos también a poder estar con ellos.

Porque no se trata solamente de traer niños al mundo.

Se trata de poder estar presentes para verlos crecer.

Con p de padres.

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