Las antiguas escuelas de la localidad albergan un museo que conserva, a través de cientos de piezas, la memoria de la vida rural y las tradiciones de la localidad de Tierra de Campos
Jesús García-Prieto / ICAL
En las antiguas escuelas de Autilla del Pino se encuentra uno de los espacios que mejor permite conocer cómo era la vida en esta localidad y en otros pueblos de Tierra de Campos. El Museo Etnográfico y Agrícola reúne alrededor de 500 piezas, todas ellas procedentes de donaciones privadas, que permiten recorrer el trabajo del campo, los oficios tradicionales, la vida cotidiana, la indumentaria y algunas de las costumbres que han formado parte de la historia del municipio.
El origen del museo está precisamente en los propios vecinos. La alcaldesa de Autilla del Pino, Rosario Díez, explica que el proyecto “surgió desde una iniciativa local” y que “todas las piezas que están en el museo son donaciones privadas”. De ahí que cada objeto tenga un vínculo directo con las familias y con la historia de la localidad.

“Los fondos del museo de Autilla tienen ese especial valor en el que va implícito el pasado también de lo que son las raíces lugareñas”, señala Díez. El visitante encuentra las colecciones distribuidas en diferentes espacios y plantas, con una parte dedicada a la agricultura y otra al ámbito etnográfico. “Es como encontrar ese lugar del pasado con identidad propia”, resume la alcaldesa a la agencia Ical.
La agricultura ocupa buena parte del recorrido. Autilla del Pino ha estado históricamente vinculada al trabajo de la tierra y esa realidad se refleja en los aperos y herramientas que se conservan en el museo. Las salas permiten seguir las distintas fases de las labores agrícolas, desde la siembra hasta la recolección, además de mostrar los sistemas de almacenamiento, las medidas y los pesos utilizados.
“Es un pueblo principalmente agrícola, no ganadero”, explica Díez, aunque el museo también recoge elementos relacionados con la ganadería y con los animales que durante décadas fueron fundamentales para sacar adelante las tareas del campo.

En la primera planta se encuentran las salas relacionadas con “la siembra, la recolección, el granero, con todas las medidas, los pesos”, explica la alcaldesa. Pero el recorrido no se queda únicamente en las herramientas. También permite acercarse a los oficios que formaban parte de aquella sociedad rural.
Canteros, herreros, pastores, albañiles y vinateros aparecen representados junto al agricultor. “Hay una sala de los oficios muy importante porque hay una pieza pastoril que ha estado en varias exposiciones a nivel nacional”, destaca Díez.
Se trata de una navaja con empuñadura de nácar en la que aparece labrada una escena pastoril. El pastoreo ocupa así un espacio propio dentro del museo y sirve para recordar unas formas de vida desarrolladas durante largas jornadas a la intemperie.
“Tenía que abrigar los pies para evitar la humedad”, explica la alcaldesa al referirse a algunos de los objetos relacionados con los pastores. Entre ellos aparecen también elementos que permiten acercarse a la música tradicional y a las canciones pastoriles.
Díez establece una relación entre esas manifestaciones y las conocidas pastoradas. “Es una proyección cultural, unas raíces de identidad propia y que pasa a un patrimonio inmaterial apoyándose en el patrimonio material”, resume.
Las mulas y los caballos, parte del trabajo
Otro de los espacios permite conocer la importancia que tuvieron los animales en las labores agrícolas. Mulas y caballos eran los encargados de tirar de los aperos con los que se sembraba, se recogía la cosecha o se realizaban otras tareas. “Los animales que ayudaban en las labores del campo eran las mulas”, recuerda Díez, quien destaca que los caballos también estaban vinculados a los trabajos agrícolas. Pero aquella relación iba más allá de su utilización como animales de trabajo.
“Eran cuidados de una manera especial, no solo como animales que sirven a un trabajo, sino también formaban parte de ese vínculo del trabajo”, explica.
Una muestra de ello se encuentra en las cabezadas decoradas que conserva el museo. Algunas estaban especialmente adornadas para San Antón, una celebración vinculada a los animales. “Se galanaba también a los caballos, les arreglaban las crines y les ponían las cabezadas adornadas de determinada manera, porque era su día”, relata la alcaldesa.

Una tradición que permite comprobar cómo el mundo agrícola estaba estrechamente ligado también a las fiestas y a las costumbres del pueblo. Los animales no eran únicamente una herramienta imprescindible para trabajar la tierra, sino que formaban parte de la vida cotidiana y de las celebraciones.
El recorrido cambia de escenario cuando el visitante llega a los espacios dedicados a la vida cotidiana. El museo recrea una vivienda tradicional y permite conocer cómo eran algunos de los dormitorios y objetos que acompañaban a las familias. Allí aparecen el tocador, la cómoda, los objetos de aseo, la ropa de cama y distintos elementos vinculados a las costumbres y a la religiosidad. Díez llama especialmente la atención sobre una pieza que puede resultar desconocida para muchos visitantes, la denominada “follera”, un antiguo andador infantil de mimbre. «Tiene un gran diámetro en la parte inferior donde se apoya con una rueda”, explica. Su función estaba relacionada con el cuidado de los niños mientras las mujeres desarrollaban las tareas domésticas.
La recreación permite observar también cómo se organizaba la calefacción de las viviendas y las precauciones que se adoptaban para proteger a los pequeños de los braseros y sistemas de calor utilizados entonces. Junto a los objetos domésticos aparecen también elementos religiosos, como el escapulario de la Virgen del Carmen.

Otra de las estancias reproduce una escuela tradicional, con sus pupitres, mapas, libros y enciclopedias. El objetivo es mostrar cómo eran los espacios en los que estudiaron generaciones de niños y niñas de los pueblos de la comarca. El recorrido por estas salas permite entender que el museo no habla únicamente de agricultura. Habla también de las personas que vivían alrededor de esa actividad, de sus casas, sus escuelas, sus creencias y sus formas de relacionarse.
La indumentaria como testimonio
Las prendas de vestir constituyen otro de los grandes atractivos de la colección. El museo conserva trajes de trabajo y de fiesta, además de piezas relacionadas con celebraciones religiosas y con las tradiciones propias de Autilla del Pino. Entre ellas destaca una falda con un bordado realizado a mano que, según explica Díez, presenta características propias de la localidad. “Cuanto más ancha fuera la franja de bordado, era una distinción social económica mayor”, señala. La prenda permite así conocer algo más que la forma de vestir de las mujeres de la época: también ofrece información sobre la posición económica de quien la llevaba.

La alcaldesa considera que esta pieza es especialmente relevante porque se trata de una prenda cotidiana y no de una vestimenta reservada para las grandes celebraciones. “No hablo de gala de domingo, sino una falda de a diario”, precisa. También destaca una faja masculina de seda que formó parte de una exposición en Soria y que constituye, según explica, una pieza especialmente singular dentro de la colección.
A ello se suma la indumentaria relacionada con el paloteo de Autilla del Pino, una de las manifestaciones culturales más características del municipio. La tradición presenta además una particularidad musical. “El traje doble enaguado de Autilla del Pino” forma parte de la colección, mientras que el paloteo conserva la peculiaridad de que “es cantado, no acompañado con dulzaina”.
Díez explica que esta característica puede relacionarse con una evolución anterior de la música tradicional, cuando estaban presentes la flauta de tres agujeros y el tamboril. “Se conservó en el tiempo”, señala, hasta convertirse en una de las particularidades culturales de la localidad.

Aunque buena parte de las piezas proceden de familias de Autilla del Pino, el museo continúa recibiendo donaciones de otros lugares. La apertura del espacio a un territorio más amplio ha permitido incorporar nuevos fondos. “Hace dos años llegaron unas prendas importantes desde Villada”, explica Díez. También han llegado piezas desde otros puntos y la última donación destacada procede del norte y está relacionada con la indumentaria de un arzobispo. La colección incorpora en este caso “la capa, todo lo que es la indumentaria, con el fajín que está expuesto con el gorro”.
La llegada de nuevas piezas mantiene vivo el proyecto, que cuenta, además de con la exposición, con actividades y talleres. El museo ha acogido, por ejemplo, iniciativas destinadas a recuperar instrumentos y formas musicales tradicionales. Entre ellas, una jornada dedicada a recuperar el pasacalles con castañuela y pito castellano y a trabajar las letras y coplas vinculadas a determinados momentos de la historia local.
De esta manera, las piezas no quedan aisladas en las vitrinas. Sirven como punto de partida para recuperar conocimientos, músicas, tradiciones y formas de hacer que forman parte de la memoria colectiva.
El museo mantiene además una vertiente educativa y recibe visitas de escolares, grupos y personas interesadas en la etnografía y en la indumentaria tradicional. La colección cuenta con diferentes espacios expositivos y también con recursos audiovisuales y materiales destinados a facilitar las visitas.

Díez explica que durante los meses de verano el museo permanece abierto por las tardes, mientras que el resto del año las visitas se realizan previa cita. Por sus salas han pasado grupos escolares de diferentes niveles y también colectivos vinculados a la investigación y al patrimonio.
La alcaldesa destaca además la relación con investigadores interesados especialmente en las prendas de indumentaria. “Las piezas son exquisitas”, afirma, y considera que constituyen “un referente importante de otra manera de contemplar otra visión de Tierra de Campos”.
Un museo paisajístico natural
El museo forma parte, además, de una visita más amplia a Autilla del Pino. A poca distancia se encuentra uno de los principales atractivos paisajísticos del municipio y de la provincia, el mirador desde el que se contempla buena parte de Tierra de Campos. Díez habla de este espacio como un “museo paisajístico natural” y anima a contemplarlo en diferentes momentos del año. “Puesta de sol hay todos los días, pero nunca es la misma”, afirma.

El mirador adquirió una especial relevancia con motivo del eclipse, aunque para la alcaldesa su interés va mucho más allá de aquel acontecimiento. El paisaje y el museo forman así dos partes de una misma propuesta: por un lado, la tierra sobre la que se desarrolló la vida de generaciones de agricultores; por otro, los objetos que permiten conocer cómo vivieron esas personas.
Al hablar del significado del museo, Rosario Díez prefiere dejar a un lado por un momento su condición de alcaldesa y responder como vecina de Autilla del Pino. “Todos somos lugareños y nuestras raíces es lo que todos tenemos y compartimos”, afirma. Y añade que ser alcaldesa supone, en este caso, “ser una embajadora de un sentimiento o de una identidad”.
Esa identidad es precisamente la que atraviesa las diferentes salas del museo. Está en las herramientas con las que se trabajaba la tierra, en las prendas que vestían hombres y mujeres, en los objetos que había en las casas, en los pupitres de la escuela, en las cabezadas de los caballos, en las tradiciones religiosas y en las músicas que acompañaban las fiestas. Para Díez, conservar todo ello significa mantener un vínculo con el origen. “Es como volver a tener ese cordón umbilical de dónde vienes, dónde estás, y no olvidar a dónde te tienes que dirigir”, concluye.





