La historia que habita entre los bloques de adobe en una caseta de era con pozo en Frechilla. Un oficio artesano que se resiste a desaparecer en un pueblo del Cerrato o del Alto Carrión. El sabor que zumba entre los panales de un joven apicultor, que ha dejado la ciudad para montar una marca de miel en la Tierra de Campos. Fotografías de los grupos de mineros en Barruelo de Santullán, auténticas comunidades de apoyo y cultura más allá de la extracción del carbón.
Las páginas de la revista “Al Socayo”, que coordina la Universidad Popular de Palencia y edita la Escuela Provincial de Folclore, Música y Danza de la Diputación de Palencia, llevan al lector de viaje por una Palencia llena de secretos, algunos de ellos en peligro de desaparecer.
Un proyecto tan artesano y entregado como las historias que cuenta entre sus páginas, cuyas investigaciones y textos están coordinados por Ascensión García Montes y Soledad Garrido Barrera.
Cuando rondan las dos décadas desde el relanzamiento de una revista anual de temática relacionada con la etnografía, la antropología y el folclore de la provincia, que al mismo tiempo es la evolución de otro proyecto que nació hace casi cuatro décadas, en los albores de la Universidad Popular de Palencia: la revista “Al Socaire”.
«La expresión Al Socaire, o Al Socayo, es muy palentina, especialmente del norte de la provincia», explica Ascensión García. El objetivo original era «hacer una revista de etnografía, de cultura tradicional que recogiera lo más genuino de Palencia y Castilla y León», una idea ambiciosa que, gracias a la creación de la Escuela de Folclore impulsada por la Diputación y el apoyo decidido del entonces jefe de Servicio de Cultura, Rafael Martínez, encontró un cauce firme para crecer y convertirse en una publicación anual de gran calidad, tanto en sus textos y edición como en la temática que aborda.
El pasado mes de febrero vio la luz el número 17 de esta publicación referente para la etnografía y la cultura tradicional de la provincia y de Castilla y León, con una tirada de entre 300 y 400 ejemplares en papel que se distribuyen por bibliotecas, centros culturales y a través de la Federación Española de Universidades Populares (FEUP), además de colgarse de forma gratuita en la web de la UPP para garantizar su alcance global.
El trabajo que realizan a lo largo del año Ascensión y Soledad, junto con su equipo de colaboradores y alumnos de la UPP, requiere de una dedicación intensa, que se compagina con las clases y, en el caso de Ascensión, con su actividad en la Fundación Díaz-Caneja como responsable de diversas programaciones culturales y divulgativas.
Arqueóloga de profesión y vinculada a la UPP desde su fundación, Ascensión García es consciente de que, a menudo, los artículos que publica “Al Socayo” son la última oportunidad de algunos personajes e historias para escapar del olvido, especialmente en el mundo rural. «Nuestro objetivo es, a menudo, preservar de la desaparición total», subraya.
Una de las labores más emotivas de la revista es el contacto con los últimos guardianes de oficios milenarios, especialmente en zonas aisladas y pequeñas aldeas. Acercarse a estas figuras es un ejercicio de memoria, respeto y, a veces, despedida: «Hemos hablado en la revista sobre el último artesano que hacía esquilas y cencerros, o el último rabelista de la Montaña Palentina…», rememora
De la tradición a la nueva ruralidad
Documentar estas vidas genera un sentimiento agridulce para las editoras. «Llega un momento en que sientes la nostalgia de saber que eres testigo de algo que está terminando», relata. Sin embargo, el valor de dejar un testimonio escrito regala a los protagonistas un documento imborrable para los lectores, salvando un conocimiento, a menudo, transmitido desde la oralidad.
Al Socayo no solo mira con nostalgia al pasado; también es un escaparate de la nueva vida que brota en los pueblos. A sus páginas asoman iniciativas de «nueva planta» y emprendedores que están revitalizando el entorno. «Es interesante observar cómo se fusiona la tradición y la modernidad. Cómo se reciclan edificios antiguos o proyectos antiguos en otros que tienen una nueva función», indica.
Historias de esperanza, como la de esa joven ingeniera de minas que dejó su vida anterior para volver al pueblo de sus abuelos y abrir un obrador de productos de repostería sin gluten, instalando además colmenas y plantas medicinales. Para nutrir sus páginas con estas historias, las editoras tiran de su propio arraigo. «Somos de pueblo, eso es lo primero. A partir de ahí, hablas, escuchas… A veces entrevistas a alguien que te habla de otra persona en otro lugar…», hasta llegar a tejer una red de colaboradores locales y fuentes, siempre alerta a las novedades que surgen en el territorio.
Voces que conectan el presente con un pasado que se resiste a desaparecer, preservando lo más importante: nuestra auténtica identidad.





