En Santa Olaja de la Vega, una casa heredada, el empeño incansable de Dorita Martínez y la alianza con la palabra y la música convierten un pequeño museo en un faro cultural del medio rural
Jesús García-Prieto / ICAL
En Santa Olaja de la Vega, un pequeño enclave rural donde el silencio aún tiene peso y significado, hay un museo que no nació para exhibirse, sino para contar quiénes fuimos. El Museo Etnográfico ‘La Calceta’ no se entiende como un contenedor de objetos, sino como un relato vivo que se transmite de generación en generación. “Aquí no hay piezas muertas”, resume Alicia García Martínez, responsable del museo. “Cada objeto tiene una historia, y muchas veces esa historia la cuentan quienes nos visitan”.
Pero si hay un nombre que explica el origen, la permanencia y el espíritu del museo, ese es el de Helidora ‘Dora’ Martínez. “El motor del Museo Etnográfico es Dorita Martínez, que es mi madre”, insiste Alicia. “Ella es la que se preocupa de mantenerlo, de organizar las visitas, de que esto siga vivo”.
El museo ocupa una vivienda con un fuerte arraigo familiar. “Esta casa pertenecía a mis abuelos maternos”, explica Alicia. “Mis abuelos vivieron allí, y la casa que está al lado, lo que ahora es el museo, era la panera. Mi madre nació allí, en esa misma casa”, explica Alicia con el cariño de quien se resiste a que la historia rural, su historia, caiga en el olvido. Lejos de vender o abandonar el inmueble, Dorita decidió conservarlo y dotarlo de un nuevo significado. “Ha sido ella la que ha conservado todo el legado”, recalca su hija a Ical. “A nivel cultural, fue arreglando la vivienda poco a poco, y fue la que hizo el museo”.
Ese proceso no fue rápido ni fácil. No hubo grandes inversiones ni planes estratégicos. Hubo, sobre todo, constancia. “Mi madre siempre se ha preocupado por que hubiera algo en su pueblo”, cuenta Alicia. “Siempre ha tenido la motivación de dinamizar y organizar algo en el medio rural”.
El recorrido por La Calceta comienza en la casa tradicional, una reproducción fiel de una vivienda campesina. El cuarto de estar, la alcoba y la cocina están equipados con muebles y utensilios originales. “Son tres habitaciones equipadas con abundancia de mobiliario y utensilios propios de la época”, explica Alicia, quien subraya que “todas las piezas expuestas son originales”. No se trata de una escenografía artificial. Cada objeto fue usado, desgastado y conservado. “Muchas cosas eran de la casa de mis abuelos”, relata, “pero también hay adquisiciones, compras y donaciones”.
Ese proceso de recuperación fue, en muchos casos, casi una carrera contrarreloj. “Había pueblos que quitaban las escuelitas y no se daba importancia al material”, recuerda Alicia. “Y mi madre decía: ‘Si lo vais a tirar, yo lo recupero’. Lo restauraba y lo guardaba”. Junto a la vivienda, el museo reproduce oficios tradicionales como el de carpintero, herrero y zapatero. Herramientas auténticas, algunas hoy incomprensibles para las nuevas generaciones, explican una forma de vida basada en el trabajo manual y la autosuficiencia. “Las piezas están repartidas por diferentes rincones”, detalla Alicia. “Hay un rincón de aperos del campo, máquinas y utensilios para la fabricación casera, objetos de cocina, de ganadería, de caza, de pesca…”.
Entre las piezas más singulares, Alicia destaca una heladera antigua. “Es una pieza muy específica”, explica. “Se ponía el hielo y se metía la nata. Como no había congeladores, llama muchísimo la atención”. Se trata de un dispositivo manual compuesto por un cubo de madera y un cilindro metálico ubicado en su interior, en este último se colocan unas palas-agitador y una tapa. En el eje del agitador se acopla una manivela para darle vueltas. Al principio la cuba era de corcho y el recipiente metálico de chapa.
El artilugio que parece simple y lo es, fue en su día una revolución, como tantos y tantos inventos. En el cubo de madera se colocaba hielo picado y sal (para bajar la temperatura del hielo), en el cilindro del interior, fabricado de estaño o peltre, se depositaba la mezcla de helado que se quiere congelar, se introduce el agitador y se colocan la tapa y la manivela, solo queda agitar. La mezcla se enfría por la acción del hielo y el agitador interior consigue que el enfriamiento sea uniforme, renovando constantemente el producto en contacto con el hielo. El helado una vez fabricado se pasaba a otras cubas, también refrigeradas, destinadas a la venta.
El invento fue patentado en los Estados Unidos de América el 9 de septiembre de 1843 por Nancy Mary Donaldson Johnson (1794-1890) de Philadelphia, Pensilvania. La heladera fue comercializada posteriormente por William Young, con el nombre de “Johnson Patent Ice Cream Freezer” en 1848. En España las fabricó en los años 50 del siglo XX, la empresa Elma, radicada en Arrasate, Álava, las hacía de varios tamaños. Elma se constituyó en 1924 como empresa de cerrajería, evolucionando con el tiempo a otros productos como los populares molinillos de café, las máquinas heladeras y las picadoras de carne entre otras. La fábrica sigue en funcionamiento. Otra joya es una trona del siglo XIX. “Es una trona que se convierte en tacatá”, cuenta. “Una pieza de madera, de artesanía, que servía primero para comer y luego para que el bebé aprendiera a andar”.
El museo, que abrió sus puertas en el año 2008, tiene una media de unas 700 visitas al cabo del año y este 2025 recibió la visita de cerca de medio millar de personas que quedaron encantadas con las historias que encierran cada una de las cuatro paredes que lo conforman.
Uno de los espacios más conmovedores del museo es La Escuelita, una reproducción de una escuela rural de aquella España de posguerra de los años 50. Pupitres, pizarras, mapas, globos terráqueos y estufas reconstruyen un aula que despierta reacciones muy distintas según la edad. “Es una reproducción de una clase, con piezas originales”, explica Alicia. “Tiene la mesa de la maestra, el globo del mundo, el timbre, las pizarrinas, las reglas…”, recuerda.
Pero hay un documento que detiene al visitante: el contrato de una maestra. “En él se dice todo lo que tenía que llevar a cabo”, relata Alicia. “Que no se podía pintar los labios, que no podía llevar ropas brillantes, que no podía ir acompañada de hombres en coches”, explica la responsable de este museo, algo que “sorprende mucho a los jóvenes”, reconoce, aunque por otro lado, el recuerdo también emociona a los mayores. «A muchos les trae recuerdos, nostalgia. Hay gente que se emociona de verdad”.
El contexto histórico está presente. Estamos hablando de los años de la dictadura, con lo que el retrato de Franco se encuentra presente en la pared de la escuela, aunque para muchos niños pasa totalmente desapercibido. “No saben quién es”, reconoce Alicia. “Ni preguntan”.
También aparece la memoria de la escasez de aquellos años de posguerra en los que las cartillas de racionamiento estaban tristemente a la orden del día. “Tenemos un bidón de leche en polvo”, explica. “Eso recuerda cuando los americanos daban leche en las escuelas porque los niños estaban desnutridos”.
La dimensión educativa es uno de los pilares del museo. “Uno de nuestros fuertes es la labor socioeducativa”, afirma Alicia. “Tenemos visitas escolares, visitas didácticas adaptadas a cada edad”. La visita se completa con talleres prácticos. “Eso les encanta”, sonríe. “Tenemos el taller de hacer galletas al estilo de la abuela, en el horno de leña”, asegura Alicia. “El de las galletas es el que más gusta”, reconoce. “Porque lo huelen, lo amasan, lo sienten. Es una experiencia sensorial completa”.
Aunque no son los únicos, también hay talleres para realizar jabones naturales, pan, plantas aromáticas o incluso algo muy tradicional en estas tierras como es la fabricación de adobes. “Pisar el barro, mezclarlo con la paja… Eso les encanta a los niños”, asegura. La inclusión es una prioridad. “Adaptamos el taller a cualquier niño que venga, esa es una de nuestras prioridades».
Pero por si fuera poco, el museo no solo cuenta con el recuerdo de una casa tradicional, los oficios más destacados en el mundo rural o una escuela de los años 50, también existe un rincón muy particular dedicado a la música tradicional. Aquí entra en escena Crispín de Olot, juglar, músico y divulgador. “Yo tengo un proyecto virtual que se llama el Museo del Juglar”, explica. “Está dedicado a las artes escénicas en sus orígenes”. De su colección personal surgió el rincón musical de La Calceta. “He reunido instrumentos etnográficos como guitarras del siglo XIX, laúdes, bandurrias, zambombas, onajas, castañuelas…”, enumera. “Y se los he donado al museo porque la música también estaba presente en nuestra vida de hace 70 años”.
Algunos instrumentos tienen un valor especial. “Hay un acordeón del siglo XIX”, destaca Crispín. “Una zambomba de cerámica muy bonita, una dulzaina con solo un par de llaves… cosas muy interesantes”, explica Crispín, que nos hace partícipes de una tradición que se ha ido extendiendo de familia en familia desde épocas antiguas hasta pleno siglo XXI.
Crispín y Alicia comparten una visión, no basta con conservar objetos. “No solo hay que divulgar el patrimonio material”, afirma él. “También el inmaterial, que ahora mismo está desapareciendo con el mundo rural”. De ahí nace el Festival Internacional de Narración Oral, que ya ha celebrado seis ediciones. “Traemos artistas de España y del extranjero”, explica Crispín. “De Argentina, México…”. “Son dos días de festival”, añade Alicia. “Hacemos jornadas de puertas abiertas, vienen familias, niños…”. Las actuaciones se retransmiten en directo. “Todo se sube en live al Facebook”, apunta Crispín. “Así el festival viaja”, reconoce Crispín que sabe perfectamente lo que es eso, puesto que ha recorrido el mundo transmitiendo aquellas poesías y sonidos de nuestros ancestros.

“En noviembre estuvimos en Perú con un espectáculo para la Asociación Cultural Peruano Británica, que es una institución muy prestigiosa dedicada a la enseñanza del inglés, pero que tiene auditorios en todos los distritos de Lima. Estuvimos haciendo ‘Las aventuras de Don Quijote’, divulgando un poquito la figura del caballero de la triste figura», recuerda Crispín, que reconoce que durante sus espectáculos también integran algunos detalles del museo.
Esos viajes, han permitido a Crispín y Alicia hacer contactos con artistas de todo el mundo. “Tengo amistades con artistas de Latinoamérica y de Norteamérica, donde he estado participando en el Festival del Quijote que organizan en Carolina del Norte”, explica Crispin.
El recuerdo de aquellos oficios del mundo rural
En los últimos años, el museo ha organizado jornadas de oficios perdidos. “Hemos hecho tres jornadas ya”, explica Alicia. “Desde hilanderas hasta lavanderas, mosaicos, cosmética natural, escriños…”. El objetivo es claro, dinamizar el mundo rural, “que los pueblos no se vacíen”, explica con cierta tristeza Alicia, que sabe de buena tinta lo que es ver que eso ocurra y es que mantener el museo no es fácil. “El principal desafío es mantenerlo”, reconoce Alicia. “Es un museo privado, con muchos gastos”, asegura. “La Diputación nos ayuda con una subvención anual”, explica, “pero es solo para mantenimiento”. Por eso lanza una reivindicación clara. “Las instituciones públicas tienen que apoyar estos proyectos. Hay mucho trabajo, mucho esfuerzo y se hace por amor a la cultura”.
Sobre el futuro del museo, Alicia reconoce que su idea es ampliarlo y seguir transmitiendo el legado de nuestros ancestros a las nuevas generaciones para que ese mensaje no se pierda. “Queremos ampliarlo con más colecciones”, explica Alicia y sobre todo, continuar con las visitas, que son las que realmente dan vida a este bonito proyecto. ”El museo está abierto a las visitas permanentemente», explica Alicia. “Cuando hay visitas amplias se hace por cita previa, pero está abierto todos los días entre el 15 de junio y el 15 de septiembre, mientras que el resto del año solo los fines de semana”.
En Santa Olaja de la Vega, mientras haya alguien dispuesto a abrir una puerta, encender una estufa y contar una historia, la memoria seguirá viva. Y ese, quizás, sea el mayor logro de Dorita Martínez y su Museo Etnográfico La Calceta.





