«El pueblo es, paradójicamente, el lugar más moderno y con más sentido donde se puede estar ahora mismo»

Cristina Pérez Valdés (Baltanás, 28 años) ha decidido dar el paso de emprender en su propio pueblo con la puesta en marcha de su estudio de arquitectura desde donde ya trabaja en proyectos tanto en la provincia como fuera de ella.
Cristina Pérez Valdés en su estudio de arquitectura en Baltanás
Cristina Pérez Valdés ha emprendido en su pueblo con un estudio de arquitectura.

Los jóvenes de PaCO: por Daniel V.

 

Se define como una persona “predestinada” a la arquitectura y, “apasionada por el patrimonio”, ha encontrado en el medio rural el escenario ideal para desarrollar su profesión, con una clara apuesta por la rehabilitación y el respeto al entorno.

Su proyecto, además, ha contado con el impulso de ADRI Cerrato Palentino. “El pueblo es, paradójicamente, el lugar más moderno y con más sentido donde se puede estar ahora mismo”, afirma.

Para empezar, ¿quién es Cristina Pérez Valdés en pocas palabras?

Baltanasiega, arquitecta y apasionada por el patrimonio.

Eres de Baltanás, estudiaste fuera y ahora vuelves. ¿En qué momento decides que quieres montar tu estudio aquí?

Estudié en la Univesidad de Valladolid y un año en la Universidad Politécnica de Valencia, con el programa SICUE-SENECA, y estoy convencida de que salir es vital para aprender, pero sobre todo para valorar lo propio con perspectiva.

Entregué el Proyecto Fin de Carrera en Septiembre de 2023 y estuve un año colaborando con otros compañeros, pero sin tener un trabajo estable.

En agosto de 2024, en mi casa se enteran de que sale un nuevo programa de Ayudas LEADER a través de ADRI Cerrato Palentino y fui a hablar con ellos sólo para informarme.

Lo que empezó como una consulta informativa derivó en mi participación en el curso de ‘Innovación y Emprendimiento’ del programa de Formación a la Carta de la Diputación de Palencia.

Allí, al rodearme de otros jóvenes que ya transformaban sus pueblos, me hice la pregunta definitiva: ¿Y por qué yo no?

El empujón final fue una antigua vivienda familiar junto al Museo del Cerrato Castellano; mis padres me la cedieron y decidí que mi primer gran proyecto sería mi propio estudio, con la filosofía del mismo, rehabilitando un inmueble para poder dar un servicio.

¿Siempre has querido emprender?

Más que una ambición de mando, lo que siempre me impulsó fue la búsqueda de la libertad creativa.

Tener mi propio estudio me permite decidir sobre cada detalle y, sobre todo, dedicar a cada proyecto el tiempo y el rigor que la arquitectura requiere.

Es cierto que emprender en solitario implica una entrega absoluta y muchas horas de trabajo, porque la responsabilidad última recae en ti; pero esa es la única forma de imprimir un sello personal.

Lograr esa coherencia y ese mimo es algo casi imposible de alcanzar dentro de estructuras corporativas más rígidas.

¿Qué tipo de trabajos llevas a cabo desde tu estudio?

Desarrollamos toda la labor propia de la arquitectura: proyectos de obra nueva —enfocados principalmente en vivienda—, reformas, asesoramiento urbanístico y certificaciones energéticas.

Sin embargo, nuestro valor diferencial es la especialización en catalogación y restauración del Patrimonio. Ofrecemos un servicio 360° que responde a las necesidades actuales del territorio, pero siempre bajo un filtro irrenunciable: la integración paisajística y la sostenibilidad. No entiendo la innovación técnica si no es para ponerla al servicio del respeto por el entorno.

Trabajar en el medio rural tiene sus particularidades. ¿Qué dirías que es lo más diferente respecto a la ciudad? ¿Qué ventajas tiene ejercer desde un pueblo como Baltanás?

La gran diferencia es la escala humana. En el medio rural, las relaciones con clientes y gremios son mucho más estrechas; el cliente es tu vecino, lo que genera una confianza mutua y, sobre todo, una responsabilidad mayor en cada detalle. Estratégicamente, Baltanás es un enclave privilegiado: estamos en el corazón del Cerrato, a un paso de Palencia, Burgos y Valladolid.

Hoy en día, la conectividad digital es excelente, lo que me permite trabajar con la misma agilidad que en una capital, pero con la ventaja de estar a pie de obra. Al final, tanto en la ciudad como aquí el coche es una herramienta de trabajo, pero aquí mi oficina está rodeada de patrimonio vivo.

¿En qué proyectos te encuentras inmersa ahora mismo, a nivel local?

En Baltanás, mi proyecto más personal es la rehabilitación de mi propio estudio, además de una reforma y un garaje.

En la comarca del Cerrato, lidero varias rehabilitaciones que rescatan sistemas constructivos tradicionales —como el adobe, la madera y la piedra— junto a una vivienda de obra nueva.

¿Y tienes proyectos fuera de Palencia?

Sí. La digitalización ha eliminado las fronteras físicas permitiendo que mi radio de acción se extienda más allá de Palencia.

El año pasado redacté junto con otros dos compañeros el proyecto de Restauración del Palacio del Marqués de Albaicín en Noja (Cantabria).

Actualmente, desarrollo una vivienda unifamiliar en León y la catalogación de bienes inmuebles declarados BIC y varias intervenciones de restauración patrimonial en la provincia de Burgos.

¿Qué ha supuesto para ti el apoyo de ADRI Cerrato Palentino en este proyecto?

El apoyo de ADRI Cerrato Palentino ha sido el impulso definitivo para transformar una idea en una realidad. Emprender siempre genera vértigo, pero contar con instituciones que apuestan por el talento joven en el medio rural es determinante. Más allá de la ayuda económica, su equipo técnico está ‘al pie del cañón’, facilitando la siempre compleja carga burocrática y ofreciendo un asesoramiento constante.

Pero, sin duda, lo más valioso es la red de emprendedores que están tejiendo: un ecosistema de colaboración donde, aunque vengamos de sectores distintos, todos sumamos. Te hacen sentir que tu proyecto no es solo un negocio, sino una pieza necesaria para el futuro de la comarca.

A nivel personal, ¿qué significa haber puesto en marcha “Cristina Pérez Valdés Taller de Arquitectura”?

A veces me detengo a mirar el camino recorrido y me invade una mezcla de vértigo y gratitud. Poner en marcha este proyecto es un paso importante, pero lo vivo sobre todo como un compromiso con mi pueblo.

Ver el nombre de ‘Taller’ en la puerta es un recordatorio diario de mi vocación: entender la arquitectura como un oficio artesano, donde el rigor técnico de la cabeza se funde con el respeto y el cariño que ponemos en cada trabajo.

¿Recuerdas cuándo empezaste a querer ser arquitecta?

Creo que estaba predestinada. Mi infancia fue una mezcla de cuadernos de dibujo, ejercicios de matemáticas y una colección de maquetas de monumentos de los lugares que visitaba. Cuando pregunté qué carrera unía ambas cosas, la respuesta fue clara: Arquitectura. Además, vivir con mi abuela viéndola hacer casas para el Belén terminó de dar forma a esa curiosidad por la construcción.

No hubo un ‘clic’ repentino, sino una observación constante de mi entorno: me fascinaba ver cómo un edificio puede cambiar la una calle. Al final, mi trabajo hoy sigue siendo el mismo: intentar entender la capacidad que tiene la arquitectura para mejorar el día a día de las personas y su entorno.

Después de haber vivido fuera, ¿qué es lo que más valoras ahora de volver al pueblo?

Valoro, sobre todo, la calidad de vida, el tiempo y el silencio. Nunca fui consciente de esto último hasta que un compañero, durante una llamada de trabajo, me interrumpió para decirme: ‘¡Pero si puedo oír los pájaros de tu pueblo!’.

En ese momento comprendí el privilegio que tengo. En la ciudad, el ruido constante y la vida acelerada para no llegar tarde es una barrera que no te deja pensar; aquí, el ritmo pausado me permite ver más allá.

Además, volver significa recuperar los vínculos: la satisfacción de saber que mi trabajo ayuda directamente a otras personas y aportar un servicio para que mi pueblo y el entorno siga vivo, cuidado y con futuro.

¿Crees que cada vez hay más oportunidades para jóvenes en el medio rural o sigue siendo complicado?

Sigue siendo un reto, no vamos a engañarnos. No sabría decir si hoy hay más o menos oportunidades que antes, pero lo que tengo claro es que las hay. Existe una brecha de oportunidad enorme para quienes quieran verla.

El medio rural necesita urgentemente profesionales cualificados, ideas frescas y energía joven. Con el impulso del teletrabajo y la creciente sensibilidad por la sostenibilidad, estoy convencida de que el pueblo es, paradójicamente, el lugar más moderno y con más sentido donde se puede estar ahora mismo.

 

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