Jesús García-Prieto / ICAL
Hay regresos que no se miden en kilómetros, sino en memoria. El de Cirilo Tejerina Gatón (primer alcalde republicano de Palencia) no ha sido el de un hombre, sino el de una presencia. El óleo que durante más de cien años colgó en una vivienda familiar en Barcelona ha vuelto por fin a la ciudad que gobernó, y lo ha hecho para quedarse, instalado ya en la sede del Ateneo de Palencia, institución que él mismo ayudó a impulsar en el siglo XIX.
El cuadro, firmado por el pintor Juan Torrabadella, no es solo una obra de arte recuperada. Es un rostro que reaparece, una mirada que vuelve a interpelar a la ciudad, un gesto de restitución histórica que devuelve carne y expresión a un nombre que hasta ahora apenas sobrevivía en una pequeña calle del callejero palentino.
Durante décadas, Cirilo Tejerina fue poco más que una referencia en estudios locales o en actas municipales. Sin embargo, su figura encierra una singularidad que lo convierte en uno de los personajes más relevantes de la historia política palentina. En 1871, en pleno Sexenio Democrático, encabezó un Ayuntamiento íntegramente republicano, con todos los concejales del mismo signo político. “Es un hecho inaudito”, subraya el historiador Javier de la Cruz. “No es habitual en la geografía española que un consistorio tenga una mayoría absoluta tan tremenda. Todos los concejales eran republicanos”, reconoce a Ical.

Aquella mayoría absoluta, explica De la Cruz, otorgaba al gobierno municipal un poder casi ilimitado para aplicar su programa ideológico y, sin embargo, la gestión de Tejerina se caracterizó por la moderación y el sentido institucional. “Lo curioso es que, teniendo esa fuerza, tratan de conciliar su ideología con su condición de representantes del pueblo. Eso es lo que lo convierte en un ejemplo de buen político”.
Uno de los episodios que mejor ilustran esa actitud fue el debate sobre la participación del Ayuntamiento en las ferias y actos religiosos de la ciudad. Los republicanos defendían la separación Iglesia-Estado. Lo coherente, desde una perspectiva ideológica estricta, habría sido no acudir. Sin embargo, Tejerina razonó en sentido contrario. “Él dice en las actas que son representantes de la ciudadanía -explica De la Cruz- y que la ciudadanía palentina es fundamentalmente católica. Y que no entenderían bien que su representante no estuviese. Entonces, como alcalde, afirma que él estará. Que si algún concejal quiere, libremente decida. Pero que la máxima autoridad sí acudirá”.
El gesto no fue una renuncia ideológica, sino una afirmación institucional. La política, para Tejerina, no podía ser un ejercicio de imposición doctrinal, sino un equilibrio entre convicciones y representación. Lo mismo ocurrió cuando el rey Amadeo I visitó Palencia. “Se le recibe con los honores preceptivos, pero se evitan los gastos típicos que en otras ocasiones suponían una ruina para el Ayuntamiento. Es decir, respeto institucional, pero responsabilidad económica”, detalla el historiador palentino.
Ese equilibrio entre firmeza y prudencia es, a juicio de De la Cruz, uno de los rasgos que justifican su valoración como “ejemplo de buen político por su sentido común, coherencia y honradez”. Y añade una comparación inevitable. “Casi por contraste con los políticos actuales, llama la atención esa conciencia de estar gobernando para todos”.

En una España marcada por el caciquismo y el turnismo político, la práctica habitual cuando cambiaba un gobierno municipal era sustituir a buena parte de los trabajadores por personas afines. Tejerina defendió lo contrario. “Hay una propuesta suya en las actas en la que plantea que no se cambien nada más que aquellos trabajadores que no cumplan bien su trabajo. Y además dice algo muy interesante, que ninguno tiene la culpa de haber sido elegido por una corporación anterior, sea o no de nuestro bando ideológico. Lo que hay que mirar es que sean eficientes y buenos en su trabajo”.
Esa defensa de la competencia profesional por encima de la afinidad política introduce una idea que hoy se reivindica como básica en cualquier administración moderna como es la meritocracia. “Esa capacidad de no premiar a los amigos, de priorizar la calidad por encima de la ideología, yo creo que hoy la hemos perdido muchísimo”, lamenta el historiador. “Y también esa conciencia de sentirse representantes del conjunto de la ciudadanía, independientemente del signo político”.
La influencia de Tejerina no se limitó a gestos simbólicos. Durante su etapa como alcalde y concejal se pusieron en marcha medidas que transformaron la cultura política local. “Empieza a exigir puntualidad a los concejales”, explica De la Cruz. “Si no asisten, se registra. Se introducen ordenanzas municipales. Se es muy estricto con las normas urbanísticas, con las alineaciones de las calles”.
Son decisiones aparentemente menores, pero que marcan un cambio de mentalidad con el paso de una gestión improvisada a una administración reglada. “Se ponen las bases de una política más honesta, más responsable, casi profesional”, resume el historiador. “Hay un antes y un después de ese periodo”.
Tejerina formó parte de una generación de líderes urbanos que emergió tras la Revolución de 1868. A diferencia de etapas anteriores, dominadas por élites con intereses rurales, esta nueva burguesía tenía su centro de gravedad en la ciudad. “Sus intereses estaban en Palencia, en sus viviendas, en sus industrias. Por eso impulsan mejoras en el agua, en las calles, en el ferrocarril. Son inseparables la evolución de la ciudad y la buena gestión de sus propios intereses económicos”.

Entre 1875 y 1900, Palencia vivió un periodo de notable desarrollo urbanístico y económico. Tejerina, empresario de éxito y participante activo en instituciones como el Casino o la Sociedad Económica de Amigos del País, formó parte de ese impulso modernizador.
El vínculo con el Ateneo de Palencia añade una dimensión especial al regreso del retrato. Tejerina fue uno de los refundadores del Ateneo y participó en la vida asociativa burguesa que articulaba el debate cultural y político de la época. La institución vivió una nueva refundación en 2016 y recientemente estrenó sede en la calle Don Sancho. Sin embargo, carecía de elementos materiales que la conectaran con su pasado histórico. La llegada del retrato ha cambiado esa situación.
“Cuando se refunda el Ateneo en 2016 no quedan vestigios materiales que nos unan con la institución histórica. Tenemos la memoria, tenemos los nombres, pero no teníamos nada tangible. Ahora, con la presencia de este cuadro, tenemos un vínculo real con ese pasado”, explica el periodista y directivo JuanPa Ausín.
Para este periodista palentino, la recuperación del retrato supone “darle un poco más de cuerpo y contenido a la nueva sede”. Y añade una imagen sugerente. “Tener a don Cirilo observando todas las actividades que organizamos diariamente nos une a esa historia y nos obliga a estar a la altura”.
El proceso que llevó el cuadro hasta Palencia no fue inmediato. La familia ofreció la obra a varias instituciones públicas sin éxito. “Entraron en contacto con el Ayuntamiento, con la Diputación, sin obtener respuesta”, relata Ausín. “Luego con el Museo de Palencia, pero por cuestiones burocráticas no podía hacerse cargo”.
Fue entonces cuando, a través de Javier de la Cruz, se planteó la posibilidad de que el Ateneo asumiera la custodia. “Nos lo comentó este verano y ahí se gestó lo que llamamos la ‘Operación Don Cirilo’», reconoce entre risas Ausín a Ical. «Básicamente, teníamos que desplazarnos a Barcelona, recoger el cuadro y traerlo de vuelta”.
El viaje, realizado por Ausín y De la Cruz, fue casi una misión simbólica. “Era un viaje relámpago, más de mil kilómetros en el día”, cuenta el directivo. “Salimos de madrugada, el tiempo acompañó y fuimos muy bien recibidos por la familia. Y con las mismas, nos volvimos ya Javier, don Cirilo y yo de vuelta a Palencia”. Una escena vestida de novela histórica con un retrato, cuidadosamente embalado, que cruza la península para volver a la ciudad que le retrató.

Para la familia, la donación también ha sido un proceso de redescubrimiento. “Imagínate un cuadro que lleva más de cien años en la pared de casa”, reflexiona Ausín. “Al final es un tatarabuelo que vivía allá por el interior. Pero cuando conoces su historia, cuando alguien te explica su trayectoria, deja de ser solo un antepasado y se convierte en un personaje histórico”. La cesión gratuita es, en ese sentido, un acto de generosidad patrimonial. “Han tenido la sensibilidad de ofrecerlo a Palencia», destaca De la Cruz. «Eso es maravilloso. Porque hay muchas cosas que se pierden, que se tiran o se queman. Hay un momento en que las cosas son viejas, pero no son antiguas, y es en ese tránsito cuando se destruyen”. Que el retrato haya sobrevivido a ese tránsito es, en sí mismo, una fortuna.
Una pedagogía a la memoria
La presentación pública del retrato, acompañada de una semblanza biográfica, congregó a numerosos asistentes. “Fue bonito ver a la gente acercarse a conocer esa historia”, comenta Ausín. “Que alguien diga ‘no sabía quién era esta persona’ y que ahora lo sepa, para nosotros es misión cumplida”. El objetivo del Ateneo, insiste, no es solo custodiar un objeto, sino generar conocimiento. “El Ateneo nace para crear y fomentar la cultura y el conocimiento en Palencia. Conocer algo es la forma de quererlo y saber reconocerlo” y en ese sentido, el regreso del primer alcalde republicano no es una operación nostálgica, sino una intervención cultural. Una invitación a revisar el pasado desde el presente.
Más de un siglo después de su muerte, la figura de Cirilo Tejerina reaparece con una actualidad inesperada. Su defensa de la representación institucional por encima del sectarismo, su apuesta por la competencia profesional frente al amiguismo y su preocupación por la buena gestión económica dialogan con debates contemporáneos. “Esa capacidad de gobernar para todos, incluso con mayoría absoluta, es algo que se ha perdido”, afirma De la Cruz. “Y es un mensaje que podemos quedarnos casi dos siglos después”.
Además de la recuperación del retrato de Tejerina, tanto el historiador Javier de la Cruz como el directivo JuanPa Ausín apuntan a un nuevo frente patrimonial abierto como es la posible incorporación al Ateneo de Palencia de la biblioteca y el archivo personal de Francisco Vighi.
De la Cruz explica que ya existen conversaciones con la descendiente del intelectual palentino para estudiar el depósito de ese fondo documental en la institución cultural. “Estamos hablando con la familia para ver si se puede traer el archivo y la biblioteca”, señala. Al igual que ocurrió con el retrato de Tejerina, la propuesta no encontró inicialmente eco en otras instituciones. Ante ese desinterés, añade, se planteó la posibilidad de que el Ateneo asumiera la custodia “para que ese patrimonio importante esté aquí y, además, a disposición de todo el mundo para investigar y consultar un archivo y una biblioteca de esa importancia”.
En la misma línea, Ausín interpreta esta posible cesión como un paso más en la consolidación del proyecto cultural del Ateneo en el siglo XXI. Recuerda que la recuperación del retrato ha demostrado que la institución puede actuar como puente entre las familias depositarias de patrimonio y la ciudadanía. “Poco a poco vamos dando cuerpo y vínculo al Ateneo actual con el del siglo XIX y el XX”, afirma, convencido de que integrar la biblioteca de Vighi reforzaría ese hilo histórico.
No se trataría únicamente de sumar volúmenes a una estantería, sino de recuperar un legado intelectual completo y convertirlo en herramienta viva de estudio y difusión cultural, coherente con la vocación fundacional del Ateneo.
En ese contexto, JuanPa Ausín insiste en que estas iniciativas no son simples incorporaciones patrimoniales, sino intentos de reconstruir una continuidad histórica que se había diluido. “Cuando se refunda el Ateneo en 2016 no quedan vestigios materiales de aquel Ateneo histórico”, recuerda. “Tenemos la memoria, los nombres y la historia documentada, pero no había nada tangible que nos uniera físicamente con esa etapa”. Por eso, explica, tanto el retrato de Tejerina como la posible llegada de la biblioteca de Vighi suponen algo más que sumar piezas.
Hay ciudades que olvidan a quienes las construyeron. Otras, en cambio, encuentran la manera de volver a mirarlos a los ojos. Con este gesto, Palencia ha elegido lo segundo. El regreso del primer alcalde republicano no es solo la recuperación de un óleo firmado por Juan Torrabadella. Es la restitución de una biografía al espacio público. Es la confirmación de que la memoria puede rescatarse cuando hay voluntad. Y es, sobre todo, una invitación a que el pasado no sea una carga, sino una guía. Mientras la luz de la nueva sede ilumina el lienzo y las actividades culturales se suceden bajo la mirada de Tejerina, la ciudad recupera algo más que un retrato. Recupera un ejemplo. Recupera una historia. Recupera, en definitiva, una parte de sí misma.





