El Auto de Támara de Campos se representó desde el Barroco hasta los años 70, cuando la despoblación terminó con una tradición que los vecinos se habían afanado en proteger, y que requería 40 actores y un coro numeroso
El Auto de Nacimiento de Nuestro Señor, de Gómez Manrique, sitúa al Convento de Nuestra Señora de la Consolación, en Calabazanos, como la cuna del teatro castellano. Y estos días, precisamente, Paredes de Nava revisa también su historia teatral gracias a la representación del Auto de los Reyes Magos que ha recuperado el grupo de teatro Aldagón, y que precisamente se escenificará esta tarde de sábado, 3 de enero, a las 20:00 horas en el Centro de Artes Escénicas Jorge Manrique.
Vuelve el Auto de los Reyes Magos a Paredes de Nava el 3 de enero
Ambos municipios, gracias al trabajo y la voluntad de sus grupos teatrales, ponen en valor la importancia que tuvo el teatro en nuestro territorio en la Edad Media y durante el Barroco.
Y es que los Autos se representaban en numerosos pueblos. Muchos de ellos se perdieron en el olvido, y en algunos casos, su memoria se preservó gracias a los vecinos. Como en Támara de Campos, donde se representaba una obra teatral en estos días, de la que podemos tener datos gracias al investigador Emilio Rey García, que publicó en los años noventa el artículo«El Auto de los Reyes Magos en Támara (Palencia)», en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares. El Auto de los Reyes Magos de Támara de Campos no era una simple función navideña, sino una compleja arquitectura dramática del Barroco que entrelazaba pasajes bíblicos, diálogos cultos y melodías ancestrales. Esta obra representa un valioso ejemplo del teatro popular que, a pesar de su origen refinado, fue moldeado por la voz de los vecinos durante siglos.
Una obra que los vecinos de Támara hicieron suya
Su estructura, dividida en cinco actos, abarca desde la aparición de la estrella hasta la furia desesperada de Herodes, constituyendo un documento vivo de la identidad de la comarca de Tierra de Campos, según escribió el investigador Emilio Rey García, que destacaba que a nivel nacional, estas representaciones no son uniformes, sino que existen diversos modelos textuales y dramáticos. Mientras que en el sur y sureste de España predominan los textos del clérigo Gaspar Fernández Ávila (siglo XVIII), en el noroeste peninsular sobresale el denominado «modelo leonés». Este modelo, al que pertenece el auto de Támara, se extendió históricamente por los pueblos de la antigua diócesis de León, abarcando zonas de Zamora, Valladolid y Palencia.
El análisis literario de la obra revela un indudable origen culto, probablemente redactado por una «pluma culta» a finales del siglo XVII o principios del XVIII. El texto respira una religiosidad barroca profunda, utilizando expresiones elevadas como «bóveda celeste», «impíreo» o «potencias y sentidos». Además, su guion se nutre de una vasta tradición que incluye desde el Evangelio de San Mateo hasta los Evangelios Apócrifos y escritos de los Padres de la Iglesia como San Agustín.
Un Auto que se representó hasta los años 70 en Támara de Campos
La llegada de este texto a Támara es una curiosidad histórica, ya que el pueblo nunca perteneció a la diócesis de León, foco principal de la tradición. Según los testimonios locales, fue un maestro de escuela llamado Baltasar, originario de la montaña palentina, quien introdujo la obra en la localidad. Desde entonces, se representó de forma casi ininterrumpida cada 6 de enero hasta mediados de la década de los setenta, convirtiéndose en el evento social más importante de la zona.
La representación se divide en cinco partes fundamentales que mantienen al espectador en constante tensión dramática. La obra comienza con la aparición de la estrella y la visita al palacio de Herodes, seguida por la adoración del Niño y la advertencia del Ángel. Uno de los momentos más curiosos es un cuadro escénico militar protagonizado por soldados romanos como Octavio y el decurión Cayo, que añade un matiz casi profano al drama sacro.
El desenlace de la obra es de una gran fuerza expresiva, centrándose en la cólera de Herodes al sentirse engañado por los Magos. El monarca, instigado por un personaje llamado «el contradictor», acaba ordenando la matanza de los inocentes en un arrebato de soberbia. El texto concluye de forma moralizante con un Herodes desesperado que ve cómo su cuerpo se pudre mientras su alma desciende a los abismos.
Uno de los aspectos más fascinantes para los historiadores es el deterioro lingüístico del texto debido a su transmisión oral. Los actores, a menudo vecinos con poca instrucción, amoldaban las frases a su gusto, generando vulgarismos y términos inventados que hoy son joyas dialectales. Palabras como «cusquejo» (por bosquejo), «profías» (por porfías) o «conducta» (por salvoconducto) salpican el guion, demostrando cómo el pueblo asimiló y transformó una obra inicialmente culta.
La música es el otro pilar del auto, con piezas que van desde marchas marciales para la entrada de los Reyes hasta cantos narrativos del coro de mujeres. Algunas melodías presentan un gran arcaísmo modal, mientras que otras, como las intervenciones del Ángel, guardan un asombroso parecido con el Gloria de la Missa de Angelis del gregoriano. Esta mezcla de estilos musicales refleja la larga vida de la obra y las capas de historia que se han ido depositando sobre ella.
La recuperación de este material fue posible gracias a la labor de campo realizada en 1991, cuando investigadores como Emilio Rey García entrevistaron a vecinos que aún recordaban las partes cantadas. Informantes como Clemente Castillejo conservaban copias mecanografiadas de manuscritos ya perdidos, permitiendo reconstruir una tradición que de otro modo habría desaparecido con el silencio de los mayores. Lamentablemente, la imparable despoblación rural ha impedido que el auto se siga representando, ya que requiere de casi cuarenta actores y un coro numeroso. Sin embargo, el Auto de Támara permanece como un testimonio del entusiasmo popular que un día fue capaz de mantener viva una joya del Siglo de Oro en un rincón de Castilla.





