La procesión, que asciende al Cristo del Otero, discurrió a un ritmo más elevado que en años anteriores
Clavado con la hora meteorológica. Para que el sol, ocultándose por el horizonte del Páramo palentino, iluminara de forma dorada la cara de Nuestra Señora del Dolor (Anónimo, S. XIX), y a su vez recibiera las sombras de la talla del Santísimo Cristo de la Vera Cruz (Anónimo, 1522) bajo la protección del Cristo del Otero de Victorio Macho.
La procesión del Rosario del Dolor, una de las más peculiares de la Semana Santa de Palencia, por cuanto asciende hasta el Cerro del Otero, encaminó esta tarde-noche a Palencia a la Semana de Pasión, después de la celebración de las palmas esta mañana y con la vista puesta mañana en la Procesión de las Cinco Llagas.
El cortejo, que salió de la Cofradía de la Real, Muy Antigua, Venerable y Dominicana Cofradía Penitencial y Sacramental de la Santa Vera Cruz, de Nuestra Señora Madre de la Iglesia, del Niño Jesús y de la Santa Resurrección de Cristo, en torno a las 18 horas, primero con la talla de la Virgen, para incoporar posteriormente en San Pablo al Cristo, cumplió con los dos primeros misterios del Rosario antes de dejar la Plaza de San Pablo.
Pasado el subterráneo, uno de los puntos claves por la altura de las tallas, y tomando el paseo del Otero, la procesión se enfrentó a un enemigo invisible: el viento que hacía flamear las capas de los cofrades, hacía vela en el manto de la Virgen y llegó a tirar la corona de espinas del Cristo en los aledaños del Campo del Otero, donde casi no había remanso.
Junto a los cofrades de la Vera Cruz, y además de otros representantes de cofradías de la ciudad, hermanos de la cofradías de la Vera Cruz de otras localidades de Palencia. También varios penitentes de los Nazarenos, descalzos y con la cruz a cuestas.
Tercer misterio en la parroquia de María Estela (Ave María) y cuarto en San Ignacio y Santa Inés (Cristo) para tomar la cuesta que asciende al Cerro algo antes de las 20 horas, acompañado de centenares de personas que querían acercarse a uno de los momentos más vistosos de la Semana Santa Palentina.
«¿Hemos ido a buen ritmo, verdad?», comentaban algunos hermanos a los pies del Cristo del Otero.
Todo ello, poco antes de que las dos tallas procesionadas se miraran a la cara, y tras el rezo del quinto Misterio y las Letanías a Nuestra Señora, se cruzaran.
Tras ese instante, el Procesión del Rosario del Dolor, ya sin tener que prestar ninguna parada, inició el descenso del Cerro para regresar a San Pablo y encaminarse a lo más oscuro de la Semana de Pasión.

































































































