«El corazón se viste, el silencio habla. Cada gesto se convierte en oración. Antes del paso, el alma. Antes del hábito, la conversión. Antes de caminar, la escucha».
Con solemnidad, en una ceremonia con aire de poesía, el acto de vestición abría este Lunes Santo la Procesión de las Cinco Llagas, la pirmera de las procesiones más simbólicas de la Semana Santa Palentina, ya con los cofrades ocultos bajo el capirote, caminando despacio al toque del tararú y la caja.
«Detenemos el tiempo y comenzamos el acto», decía el hermano que acompañaba, con su voz, la ceremonia del vestimiento, «que no es costumbre sino encuentro», ya que representantes de todas las cofradías (casi todas, mujeres) se iban poniendo juntas las diferentes prendas que componen el hábito cofrade.
La túnica en primer lugar; después el «címbulo», que simboliza «las cuerdas que ataron a Cristo y las cadenas que nos aprisionan»; la capa, en honor a la Virgen, manto de protección, memoria de cercanía y consuelo; la medalla, que no marca, sino ejemplifica el «el compromiso de cada cofradía, cada una con un signo pero todas con un solo amor»; el capirote, que apunta hacia el cielo para que las almas se eleven; y, por último, los guantes, que cubren las manos que «bendicen, curan, levantan y nunca hieren».
Con el tradicional toque del tararú, y portado a hombros por los hermanos de la Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Crucificado y Nuestra Madre Dolorosa, salió de la iglesia de San Francisco la imagen de N. P. Jesús Crucificado de Alejo de Vahía, una de las joyas de la Semana Santa palentina, acompañado por las melodías y ritmos de la banda de la Agrupación Musical de la Cofradía de la Oración del Huerto y Vera Cruz de Medina del Campo (Valladolid).
La procesión recorrió cinco iglesias del casco histórico, realizando una meditación en cada una de ellas, en recuerdo de cada una de las cinco llagas de Cristo.





















