La fotógrafa palentina afronta una histórica triple nominación a los Premios Goya de Fotografía con la reivindicación de una mirada honesta, íntima y alejada de las modas
Jesús García-Prieto / ICAL
Hay trayectorias profesionales que no se explican solo desde la técnica, los premios o el reconocimiento público, sino desde una forma muy concreta de mirar el mundo. La de la fotógrafa palentina Verónica Muniosguren es una de ellas. Su triple nominación a los Premios Goya de Fotografía y Vídeo Profesional (uno de los certámenes más prestigiosos del sector a nivel nacional e internacional, creados en Aragón en 1983), no es únicamente una noticia destacada en el ámbito cultural o artístico, sino la confirmación de una manera de entender la fotografía como un ejercicio de honestidad emocional, de respeto por las personas y de fidelidad a lo que ocurre delante de la cámara.
Muniosguren ha sido nominada en tres categorías distintas —boda, comunión e infantil—, un hecho poco habitual que la sitúa entre los nombres propios de la edición de este año y que reconoce no solo la calidad de imágenes concretas, sino la coherencia de un discurso visual construido a lo largo de los años. La entrega de premios tendrá lugar el próximo 7 de febrero, a las 18 horas, en el salón de actos del Patio de la Infanta de la Fundación Ibercaja, en Zaragoza. Hasta entonces, la fotógrafa vive un tiempo suspendido entre la ilusión, la sorpresa y el agradecimiento.

“Ha sido muchísima alegría, una sorpresa enorme”, confiesa. Era la primera vez que se presentaba a este certamen y lo hizo, como ella misma explica, “muy tímidamente”, casi sin expectativas. “Cuando participas por primera vez lo haces como diciendo ‘bueno, a ver qué pasa’”. Por eso, recibir la llamada desde Zaragoza fue un auténtico impacto. “Ha sido un bofetón”, reconoce entre risas, todavía incrédula ante lo sucedido. Más aún cuando, al preguntar por la imagen seleccionada, la respuesta fue clara, ya que no era una sola foto, eran tres.
Ese momento resume bien la mezcla de incredulidad y emoción que ha acompañado a Muniosguren desde que se hizo pública la noticia. No se trata solo de estar nominada en un certamen de prestigio internacional, sino de hacerlo después de muchos años de trabajo, cuando surgen dudas, cuando el oficio se pone a prueba frente a las modas y las tendencias. “Cuando llevas muchos años, incluso dudas de ti misma”, admite. “Te preguntas si lo que te gusta, si lo que haces, sigue teniendo sentido cuando ves que hay corrientes que no te apetecen, que no van contigo, pero a las que mucha gente se sube”.
En ese contexto, esta triple nominación actúa como un impulso. “Es como decirte a ti misma que seguir en tus trece no es tan malo”, reflexiona. Un mensaje que cobra aún más fuerza si se tiene en cuenta que la fotógrafa ha defendido siempre una forma de trabajar alejada del artificio, centrada en la emoción, en la naturalidad y en el valor del recuerdo a largo plazo.
El respaldo no ha llegado solo desde el ámbito profesional. Palencia se ha volcado con ella. “Para mí es un honor enorme llevar el nombre de Palencia a un certamen así”, afirma. La respuesta de la gente la ha desbordado. “Voy por la calle y la gente me felicita como si hubiera ganado un Oscar”, comenta con cierta timidez. “Siempre les digo que no he ganado nada todavía, que solo estoy nominada, y me da hasta vergüenza, pensando ‘¿y si luego decepciono?’”.
Sin embargo, las palabras de apoyo se repiten porque para muchos vecinos y amigos, el simple hecho de estar ahí ya es una victoria. “La gente me dice que ya soy ganadora, y la verdad es que así lo siento. Solo el cariño que estoy recibiendo ya es un premio”. Un cariño que se multiplica al saber que no se trata de una sola nominación, sino de tres. “Eso fue algo alucinante. Cuando me dijeron ‘no es con qué foto, es con qué fotos’, no me lo creía”.
Las imágenes seleccionadas comparten un hilo conductor evidente: la emoción. En la categoría de boda, Muniosguren ha sido nominada por una fotografía en la que aparece el hijo de la novia jugando con el velo, una escena espontánea, tierna y cargada de simbolismo. Nada en ella es impostado. “Ese niño era adorable, súper travieso”, recuerda. Desde el primer momento supo que iba a regalarle grandes momentos. “Estoy muy acostumbrada a tratar con niños, y pensé ‘este me va a dar escenas buenísimas’”, reconoce a Ical.
La escena no fue buscada de forma forzada. La fotógrafa preparó el espacio, cuidó la luz, colocó a la novia, y después esperó. “Algo va a pasar aquí”, pensó. Cuando vio al niño acercarse, abrió el encuadre y decidió incluirlo. “Sabía que algo iba a hacer, y efectivamente, lo hizo”. Esa capacidad de anticipación, de leer lo que está a punto de ocurrir, es una de las claves de su trabajo.
En la categoría de comunión, la imagen nominada rompe con los esquemas tradicionales del retrato clásico. La protagonista es una niña con una mirada poderosa, directa, sin rigidez. “Tiene una fuerza increíble”, explica Muniosguren. “A mí me gustan las niñas con el pelo volando, juguetonas, que se lo pasan bien, no las que están simplemente posando”. En esa imagen hay una declaración de principios con mujeres potentes desde la niñez, identidades que no se esconden tras la corrección.
Durante la sesión, la fotógrafa sintió la conexión. El movimiento del pelo, los cambios sutiles en el encuadre, la intensidad de la mirada. “Se comía la cámara”, afirma. Esa conexión es, para ella, esencial. No se trata solo de disparar en el momento justo, sino de establecer un vínculo que permita que la persona fotografiada se muestre tal y como es.

La tercera nominación llega en la categoría infantil, con una fotografía profundamente íntima ya que se trata de una madre amamantando a sus dos hijos pequeños. La escena surgió de forma natural, durante una sesión en la que hubo que parar para dar el pecho al bebé. “Era algo que pasaba habitualmente”, explica. Cuando el otro niño se sumó al momento, Muniosguren no dudó. “En cuanto vi que se metía me dije que esa escena era una fotografía”.
No hay artificio en esa imagen. No hay poses, ni escenografía, ni búsqueda de impacto fácil. Hay vida. Y esa es, precisamente, la seña de identidad de la fotógrafa. “Soy una persona muy emocional”, reconoce. “Para mí lo más importante de la fotografía son las emociones, no las modas, ni las marcas de ropa, ni nada de eso”. Su objetivo es que la imagen siga teniendo sentido dentro de 50 años, que funcione como un recuerdo fiel de lo que fue.
Esa apuesta por la naturalidad atraviesa todo su proceso creativo, tanto en la toma como en el procesado. “No me gusta que sea algo súper forzado ni demasiado retocado”, afirma. “Intento transmitir la naturalidad de la vida, lo bueno y lo malo”. Una filosofía que también se refleja en su forma de trabajar con las personas.
Muniosguren concede una enorme importancia al vínculo humano. “Siempre les digo que no vale con pedirme un PDF con precios”, explica al hablar de su trabajo en bodas. “La diferencia no está ahí, está en la sensibilidad de cada persona, y eso no se ve en un papel”. Para ella, es fundamental que haya conexión, confianza, comodidad. “Os voy a perseguir 12 horas con la cámara el día de vuestra boda”, bromea. “¿De verdad queréis contratar a alguien a quien no soportáis?”.
En un contexto en el que la fotografía social se debate entre la autenticidad y la estética de moda, Muniosguren lo tiene claro. “Estamos muy divididos entre los que luchamos por un estilo más documental y los que se suben a la tendencia de Instagram”, reflexiona. Para ella, una boda no es una editorial de moda. “No somos modelos, somos personas reales. Lo importante es que dentro de muchos años puedas ver esas fotos y recordar a la gente tal y como era”, explica a Ical.
Ese enfoque exige algo más que técnica. “Un fotógrafo tiene que ser muy psicólogo”, asegura. Saber leer las emociones, anticiparse a lo que va a pasar, respetar los silencios. Saber cuándo acercarse y cuándo dar un paso atrás. “Hay momentos de recogimiento en los que hay que estar en silencio”, explica. Y reconoce, sin pudor, que sigue emocionándose. “Me tapo con la cámara porque me emociono, y me da vergüenza, con la de bodas que llevo”.
Primeros recuerdos con la fotografía
Su relación con la fotografía viene de lejos. Desde niña, recuerda, le fascinaban los álbumes de bodas, los escaparates, los fotógrafos a los que admiraba como si fueran estrellas del rock. Empezó trabajando en tiendas de fotografía, revelando, vendiendo cámaras, hasta que montó su propio negocio. Poco a poco, el reportaje social fue ganando peso hasta convertirse en el centro de su actividad.
Cerrar la tienda y centrarse exclusivamente en la fotografía profesional supuso un punto de inflexión. Le permitió viajar, formarse, acudir a congresos y abrir la mente. “Veo cosas mías de hace diez años y me da vergüenza”, admite. Pero reconoce que esa evolución era necesaria. “Todo eso tenía que estar ahí para llegar a donde estoy ahora”.
La fotografía, además, es algo que comparte en familia. Su prima, Sara, también es fotógrafa, en su caso dedicada a la prensa. “Es curioso, porque nunca lo hablamos, pero las dos acabamos en esto”, cuenta. Cada una en su ámbito, pero ambas fieles a lo que querían hacer.
De cara a la gala del 7 de febrero, Muniosguren se muestra prudente. “Es muy difícil. Somos diez nominados por categoría y el nivel es altísimo”. Prefiere no hacerse expectativas para evitar la decepción. Aun así, la ilusión está ahí. Y también el deseo de poder traer algo a Palencia. “Me encantaría ganar algo y decir: Palencia, esto es para vosotros”.
Más allá del resultado, tiene claro que la experiencia ya merece la pena. “Para mí, estar nominada ya es un sueño”. Mientras tanto, sigue trabajando en nuevos proyectos y afrontando una etapa de cambios, como el traslado a su nuevo estudio en la Calle Mayor de Palencia, un espacio con luz natural que le permitirá explorar nuevas formas de iluminación y seguir evolucionando.
Porque, al final, esa es la clave de su trayectoria, no dejar de explorar, no acomodarse, seguir siendo fiel a una mirada que pone a las personas y sus emociones en el centro. Una forma de entender la fotografía que hoy encuentra su reconocimiento en tres nominaciones que hablan, sobre todo, de verdad.





