La Puebla, la eterna transformación de un barrio con alma

La Puebla
Imagen de la Calle Colón en el año 1992. José Luis de Román

“Hoy es el centro de la ciudad, ayer extramuros. Pasado de alma lanera, presente comercial”. Con estas palabras daba comienzo el periodista José Luis Román a su especial sobre este barrio en El Diario Palentino en 1992

Hubo un tiempo en el que el nombre de La Puebla era sinónimo de lana. Sus calles, hoy bulliciosas y cien por cien asfaltadas, fueron antaño un entramado de talleres donde se fabricaban paños milanos, docenos, catorcenos, bayetas y cobertores de varias rayas. Ese fue el origen de este barrio, que nació extramuros y que, como recordaba el periodista José Luis de Román en su especial de fin de semana para El Diario Palentino en 1992, se tejió como un arrabal, adquiriendo fama para la capital.

En 1992, La Puebla era ya el “ombligo trapezoidal de Palencia”, un espacio delimitado por la Calle Mayor, las avenidas José Antonio y Manuel Rivera y las calles Burgos y Don Sancho. Un barrio primitivo que, para entonces, albergaba a 5.021 habitantes, mayoritariamente de clase media, y que se debatía entre su pasado industrial y su presente comercial.

De la lana al asfalto, la gran transformación urbana
La metamorfosis física del barrio, tal y como se documentaba en el reportaje, fue radical. A mediados del siglo XX, cuando los telares de lana ya habían desaparecido, se sentaron las bases para su transformación. El plan de ordenación del arquitecto municipal Alonso de Loma fijó la alineación y el ensanche de las calles, un proceso que se desarrolló durante los años sesenta y setenta. La “buena disposición del vecindario” y un impuesto sobre solares sin edificar impulsado por el alcalde Mena de la Cruz lograron que en una década La Puebla cambiara su aspecto rural por otro más moderno.

Este cambio también llegó a la Plaza de San Lázaro, donde el derribo de la casa de la Cofradía Sacramental permitió despejar la vía hacia la calle Becerro de Bengoa, una gestión compleja que requirió la mediación del entonces obispo de la ciudad, Severo Vizoso.

Los retos de un barrio consolidado
Aquel presente de 1992 mostraba un barrio con una estructura urbana desigual, donde convivían lo antiguo y lo nuevo, y cuyas calles, “siempre repletas de coches aparcados”, carecían de grandes plazas o espacios verdes. El reportaje de De Román destacaba la “envidiable cercanía” del Salón de Isabel II y la Huerta de Guadián como consuelo para un lugar sin “un resquicio para sembrar césped”.

Pero los desafíos eran palpables. El ruido de los bares, la falta de mobiliario urbano, el uso de la Plaza de San Lázaro como aparcamiento de autobuses y el problema de la droga eran las principales preocupaciones. Fue precisamente el ruido lo que impulsó, en agosto de 1991, la creación de la Asociación de Vecinos Barrio de “La Puebla”, que en poco tiempo llegó a contar con 350 familias asociadas. Con un presupuesto de 1.200.000 pesetas para 1992, la asociación no solo canalizaba quejas, sino que promovía actividades culturales y había creado un equipo de atletismo, el Palencia-La Puebla.

Equipamientos y un futuro en la remodelación
El barrio contaba entonces con equipamientos clave: el colegio de los Hermanos de La Salle, el C.P. Modesto Lafuente, un centro de la UNED y la sede de la Universidad Popular. Un edificio de Cruz Roja, que había funcionado como clínica, esperaba su conversión en centro de salud por el Ministerio de Sanidad, mientras seguía en funcionamiento la Casa de Socorro en uno de sus laterales.

Ya entonces, se vislumbraba que el futuro de La Puebla, carente de espacio para expandirse, pasaba por la “remodelación, reconstrucción y transformación de algunos viejos edificios” para lograr “un paulatino mayor bienestar”.

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