Jesús García-Prieto / ICAL
Hay historias que no empiezan con un ‘érase una vez’, sino con una herida. ‘La Quinta’, la nueva obra de Asier Aparicio, nace precisamente ahí, en el trauma de la posguerra, en los silencios heredados, en los niños que crecieron sin respuestas y en los adultos que aprendieron a vivir mirando hacia el odio. Concebida como precuela de la saga ‘Ventolino’, esta pieza teatral no solo amplía el universo fantástico de Pueritia, sino que lo ancla de forma decidida en la historia reciente, en una realidad áspera donde la imaginación se convierte en una herramienta ética.
«La Quinta es un lugar misterioso en la posguerra”, explica el autor. “No digo que sea España, pero casi se percibe. Y en ese lugar hay un refugiado de guerra, huérfanos, cómicos ambulantes… y una elección constante: mirar hacia el odio o mirar hacia la fantasía y el amor”. Esa elección, repetida una y otra vez a lo largo de la obra, es el verdadero motor del texto. Porque La Quinta no es solo el origen de un mundo fantástico, es también una reflexión sobre cómo se construye la identidad cuando el pasado ha sido negado o manipulado.

Tras siete libros que conforman la saga de Ventolino, recogidos en Las aventuras de Ventolino y La era del Oricuerno —esta última galardonada con el III Premio Liliput de Narrativa Joven—, Aparicio sintió la necesidad de mirar atrás. “Ahí están los siete libros, la etología de Ventolino”, cuenta. “Y quería ponerle un inicio a esa etología, un punto de partida. Pero esta vez como obra de teatro”, reconoce a Ical.
La pregunta que se hace el autor es casi biológica. “Ante un río caudaloso, uno no deja de preguntarse: ¿de dónde brota tanta agua?”. La Quinta es, precisamente, ese manantial. El lugar donde se gestan los primeros pasos de Ventolino, de Diana, de Pueritia y también de Raigomut, el antagonista de la saga. Aquí aparece una de las claves más interesantes de la obra: incluso el mal tiene un origen comprensible. “Raigomut también busca evitar el odio”, explica Aparicio, “pero recurre al odio otra vez. Y ahí está la diferencia”.
Lejos de ser un simple telón de fondo, la posguerra es el núcleo emocional de La Quinta. Una elección nada casual, sino profundamente personal. “Es una historia familiar”, reconoce el autor. “Mi padre lo vivió, y mucha gente vivió ese drama de no conocer a sus padres, de no conocer su familia. Es un drama generacional”, explica Aparicio. En la obra aparecen huérfanos, refugiados, figuras que permanecen ocultas en los márgenes. El “hombre de la quinta”, un personaje enigmático que habita una casa apartada del pueblo, encarna a esos invisibles. “Está de fondo esa gente que llamaban topos”, explica Aparicio. “Personas que tuvieron que refugiarse después de la guerra para que no les cogieran. Y también esos niños que fueron llevados a hospicios, adoptados entre comillas por familias que lo que querían era un trabajador gratuito”.
La crudeza del contexto contrasta con la delicadeza con la que la obra lo aborda. No hay discursos explícitos ni moralejas cerradas. Como señala Miguel Ángel de Rus en el prólogo, hay cosas muy reales que no existen porque no queremos verlas, y otras que cobran realidad solo porque nos empeñamos en verlas.
En medio de esa realidad hostil surge Diana, uno de los personajes más queridos del universo Ventolino. En La Quinta, Aparicio le otorga un origen concreto y doloroso. “Diana es una muchacha de posguerra que vive su trauma”, explica. “Pero elige hacer el bien, elige ayudar a los niños”. Su función es clara, tender un puente entre la realidad y la fantasía. “Diana es la encargada de llevar a los niños a ese mundo mágico que es Pueritia”, afirma el autor. “Por eso, de algún modo, es un hada”.
Aunque en esta obra no aparecen directamente seres mitológicos como xanas o trasgos, su presencia se intuye. Los padres de Ventolino, Ábrego y Mistral, aparecen caracterizados como cómicos ambulantes; el mago Pomparón se presenta como un artista errante que ofrece otra forma de mirar el mundo. “Les muestran a los niños otra manera de entender la realidad”, señala Aparicio. “Y eso es la fantasía”.
Pero para Asier Aparicio, la fantasía no es un refugio vacío. Es una herramienta de ida y vuelta. “Existe una fantasía de evasión y otra de solución”, explica. “La que a mí me interesa es la que nos permite volver al mundo con otra perspectiva”. En La Quinta, esa fantasía nace del trauma. “Todo cuento de hadas nace de un drama”, recuerda el autor. “Y necesitamos los cuentos de hadas para resolver los traumas. La narrativa tiene un papel muy importante para curar, para sanar”.
De ahí que la obra conecte con cualquier época, incluso la actual, donde los miedos de aquella España de posguerra parecen estar más vivos que nunca. “Los cuentos de hadas son imperecederos”, afirma. “Siempre van a tratar los grandes temas: el bien, el mal, la justicia, el dolor. Y al final es positivo, porque todo depende de nosotros. Son decisiones”.
A diferencia del resto de la saga, La Quinta adopta la forma teatral. Una decisión que responde tanto a la trayectoria del autor como a la propia naturaleza de la historia. “Los personajes tenían tal potencia dramática que se comprometieron desde el principio a sostener la historia ellos solos”, explica. “Sin narrador, sin descripciones espurias”.
Con más de sesenta obras teatrales escritas, Aparicio defiende el diálogo como motor del relato. “Me gusta que el narrador desaparezca”, afirma. “Que la historia la cuenten quienes la están viviendo”. La influencia de Antonio Buero Vallejo es explícita y asumida. “Para mí es uno de los grandes maestros”, reconoce. “Es el escritor que supo hablar de una España censurada por medio de símbolos y alegorías”. No es casual que La Quinta dialogue con obras como Irene, o el tesoro o Historia de una escalera. “Es casi un homenaje”, admite el autor, “pero sobre todo es mi mundo de fantasía”.
Aunque la saga Ventolino suele etiquetarse como juvenil, La Quinta amplía claramente su horizonte lector. “Esta ya requiere un poquito más de madurez”, señala Aparicio. “Yo diría que a partir de 14 o 15 años se entiende mejor”. Aun así, el autor rechaza las etiquetas cerradas. “A mí me molesta un poco que se diga que Ventolino es infantil”, confiesa. “Son historias como El Principito o La historia interminable a las que de verdad se les saca más jugo con más edad”.
Lejos de cerrar el universo de Pueritia, La Quinta lo expande hacia atrás y hacia adelante. Aparicio no descarta regresar a él. “Las historias quedaron abiertas”, concluye. “Hay una segunda generación que puede seguir teniendo aventuras en Pueritia”. Porque, como demuestra esta obra, los cuentos de hadas no sirven para huir del mundo, sino para entenderlo mejor. Y a veces, para evitar que el odio vuelva a ocupar el lugar de la imaginación.





