Lo que hoy son frondosas laderas cubiertas de pino silvestre fue, no hace tanto, un paisaje de cárcavas, barro y desolación. A comienzos del siglo XX, los terrenos arcillosos que se levantan al este de Saldaña presentaban un aspecto propio de las badlands -las “tierras malas” de los westerns-, desnudos de vegetación, surcados por regueros profundos y sometidos a una erosión imparable que amenazaba la propia supervivencia del municipio.
Fue en la década de los años 20 cuando se comenzó a plantear una solución integral. No se trataba solo de plantar árboles, sino de recuperar la estructura del terreno, retener las escorrentías, mejorar la salubridad del agua, frenar la desertificación y devolver la biodiversidad al entorno urbano. Cien años después, aquella semilla inicial se ha convertido en uno de los proyectos de restauración hidrológico-forestal más destacados de España.
Un modelo que nació hace un siglo
Las primeras actuaciones se desarrollaron durante varias décadas. En los años 30, bajo la dirección técnica de José María de Ayerbe, y posteriormente en los 60 con David de Azcarretazábal al frente, se combinó la reforestación con diversas especies de coníferas y la construcción de diques de gavión para corregir el comportamiento torrencial de las laderas. La Confederación Hidrográfica del Duero (CHD) impulsó desde 1928 un programa de control de erosión que se prolongaría en el tiempo.
Hoy, un equipo de la Universidad de Valladolid, liderado por el profesor Joaquín Navarro Hevia desde la Escuela de Ingenierías Agrarias en el Campus de Palencia, está reconstruyendo todo aquel proceso. El trabajo, que comenzó hace cinco años, se nutre de un documental de los años 30, documentos históricos, imágenes aéreas y fotografías que muestran con crudeza el punto de partida y la espectacular evolución.
“El cambio ha sido espectacular y está considerado como uno de los proyectos más destacados emprendidos en España en la recuperación de espacios degradados y con un gran problema de desertificación”, explica Navarro. Junto al caso de la localidad abulense de Tórtoles, el de Saldaña es, a su juicio, una de las “joyas” de restauración hidrológico-forestal de Castilla y León.
Diques, pinos y 3.000 plantas por hectárea
El proyecto original, en el que participó también el diputado en Cortes saldañés Ricardo Cortes Villasana, desplegó una estrategia de choque. Se construyeron diques de gaviones y se llegaron a plantar hasta 3.000 ejemplares por hectárea. El objetivo era triple: frenar los procesos erosivos, reducir los caudales punta que se generaban tras las lluvias y detener el avance de la desertificación.
El estudio actual, en el que colaboran becarios de máster y doctorado de la Unidad de Hidráulica e Hidrología del Departamento de Ingeniería Agrícola y Forestal, no solo rescata la memoria histórica, sino que cuantifica el éxito. Los datos son rotundos: más de 14.000 metros cúbicos de sedimento han sido retenidos por un centenar de diques gavionados. La emisión de sedimentos al río Carrión se ha reducido en casi tres órdenes de magnitud. Y la permeabilidad del suelo recuperado es 40 veces superior a la de aquel terreno desértico.
De las “tierras malas” al capital natural
Las laderas que bordean Saldaña no siempre fueron así. Desde el siglo XV hasta principios del XX, el sobreaprovechamiento humano convirtió los escarpes del páramo palentino en un foco continuo de arrastres, lodos y sedimentos. Las crecidas súbitas contaminaban las aguas del Carrión, afectaban a los regadíos, dañaban infraestructuras como caminos o lavaderos y provocaban desprendimientos que cortaban las vías de comunicación.
“Lo que puede ser un modelo a seguir en un país como España con un gran problema de erosión y desertificación”, subraya Joaquín Navarro, es que todos esos problemas han desaparecido. El antiguo suelo inerte de las cárcavas está hoy recubierto en más de un 80% por un pinar silvestre que actúa como esponja y anclaje.
El valor de esa transformación también se ha medido en euros. El capital natural generado -sumando el valor del propio bosque, el control de la erosión, la mejora de la calidad del agua y el paisaje- alcanza los 7 millones de euros.
Un paisaje que invita a la comparación
Quien se acerque hoy a Saldaña y se adentre en su entorno podrá comprobar el resultado de aquella apuesta pionera. Las laderas que hace un siglo eran un erial de cárcavas se muestran ahora pobladas de pinos, con una estructura consolidada que ha integrado la obra civil de muretes y gaviones en un entorno natural recuperado.
“Comparando las fotos del primer cuarto del siglo XX con las actuales, resulta evidente el cambio producido”, señalan los investigadores. Donde antes no había más que tierra desnuda y regueros profundos, hoy se alza un bosque que protege el pueblo, regula el agua y mantiene viva una lección de perseverancia técnica y ambiental que cumple ahora un siglo.





