Con ‘P’ de Palencia
Este mes les propongo una adivinanza. Les voy a hablar de una personita que conocí hace ya muchos años, cuando los dos éramos unos pipiolos cargados de inocencia y con la mochila repleta de sueños. Dos amigos eternos, con un sinfín de aventuras que recordar y toneladas de cariño del bueno.
Aprendimos juntos en qué consistía eso que se llama vida.
En aquellos años incluso cruzamos fronteras por primera vez. Nos sentíamos ciudadanos del mundo con presupuesto de bocadillo. El viaje más destacado fue a Italia, donde nos pasó absolutamente de todo. Éramos estudiantes, el dinero no abundaba y recorrimos el país practicando nuestro recién inventado “italiánglish”: una mezcla explosiva de entusiasmo, gestos desmedidos y gramática creativa.
Nunca olvidaré cuando, en Venecia, mi “bro” como diría ahora la chavalada, que como buen palentino es un auténtico adicto a los diminutivos, decidió pedir una pizza de pepperoni.
Dicen que se sabe cuándo alguien habla bien italiano cuando usa correctamente los diminutivos. Pues él, aplicando la teoría con entusiasmo doctoral, insistía feliz en que quería “muchos pepperoncinos”. El camarero, con encomiable prudencia, le preguntó varias veces si estaba seguro. Y él, creciéndose:
—Sí, sí… molto, molto peperoncino…
La mesa ya sospechaba. El camarero también. Solo uno de nosotros no veía el peligro.
Cuando trajeron la pizza llorábamos. Y no precisamente de emoción. Aquello no era una pizza, era una prueba de acceso a los bomberos. Picaba tanto que no había quien le hincara el diente. El famoso peperoncino, por si aún no lo han adivinado, no es pepperoni. Es guindilla. Mucha. Muchísima guindilla.
Aquel día entendimos que el italánglish tiene límites. Y que los diminutivos pueden ser traicioneros.
Pero volvamos al sueño. Fui testigo directo de cómo se fragua uno. Le brillaban los ojos cuando me contaba que iba a montar un periódico en su lugar de nacimiento. Yo, lo confieso, escuchaba aquello como quien oye cantos de sirena o un nuevo episodio de Antoñita la Fantástica. Mi amigo siempre fue un soñador incorregible, y esa cualidad, combinada con mi pragmatismo supino, terminaba casi siempre en pequeña discusión.
Nunca olvidaré cuando, con el ceño fruncido por mi probablemente ofensiva incredulidad, me dijo que él sería como el protagonista de El Conde de Montecristo y que se vengaría de mi falta de fe.
—Algún día me pedirás trabajo. Y entonces… recuerda esta conversación.
Y nos echamos a reír, como siempre hacíamos porque a esa edad todo es susceptible de una risotada.
Recuerdo muchas veces que en casa también nos reíamos cuando compraba un billete de lotería. Durante las tres horas de autobús hasta visitarnos, ya había repartido el premio varias veces, como en el cuento de la lechera, adjudicando millones imaginarios a cada miembro de nuestras familias. Su generosidad era tan desbordante que antes de llegar a la estación ya nos había tocado a todos. Dos veces.
Siempre tuvo claro que quería poner a Palencia en el mapa. Quería luchar por su provincia, contar sus historias, dar voz a su gente y demostrar que los sueños no entienden de códigos postales. Esto siempre me pareció encomiable pero no lograba entenderlo.
Y lo que es el destino. Mi boda se celebró en el Palazzo Parisio, en Malta. Y ahora viene la pregunta: ¿adivinan qué película se rodó allí?
Exacto. El Conde de Montecristo. El mismo Conde.
Mientras tanto el “Conde Palentino” continuaba con su “venganza” y el periódico crecía.
Imagino que a estas alturas ya han adivinado de quién hablo.
Exacto. Don Sergio. El palentino que soñó… y lo consiguió.
Si bien es cierto que, gracias a Dios, al menos hasta ahora, no he tenido que pedirle trabajo -cosa que en nuestra juventud él profetizaba con sonrisa conde-montecristiana-, también es verdad que hoy escribo en su periódico.
Ironías de la vida. Con orgullo le veo celebrar aniversarios de Palencia Invierte o Paco Magazine, proyectos que nacieron de aquella chispa que yo confundí con fantasía juvenil. Porque si hay alguien que se lo merece, ese eres tú, amigo mío.
Has luchado mucho. Siempre con honradez y humildad, como te inculcó tu maravillosa familia -que siempre sentí también como la mía-, porque me cuidaron y me mimaron como a uno más.
Sergio, gracias por enseñarme que el pragmatismo sin sueños no es sensatez, sino un freno silencioso a nuestro afán de vivir y conquistar metas.
Gracias amigo porque a pesar de la distancia y los caminos distintos, tu presencia nunca dejó de acompañarme.
Con P de paciencia. La gran virtud del Conde.
Porque los sueños, cuando se trabajan con constancia y paciencia, dejan de ser fantasías para convertirse en destino.
Así que sueñen alto. Y no dejen que el ruido del pragmatismo pequeño apague la música de sus ilusiones.
Por muchos años más, Coronel.
Y gracias por cumplir tu venganza… con elegancia.





