Llegaron a España hace año y medio y, gracias al Programa de Asilo de Cruz Roja, se instalaron en Palencia, donde por fin han construido un hogar. Desde aquí, celebran la caída de Maduro
“Quédense callados y, por favor, no lloren”. Fue el consejo que Raiza y Jean Carlos le dieron a sus tres hijos en el control del aeropuerto de Caracas, cuando salieron del país, literalmente, “con lo puesto”. Entre sus ropas y su calzado llevaban el poco dinero suelto que les quedaba, después de vender sus pertenencias “a precio regalado” para poder comprar los pasaportes y los billetes de avión.
Porque en la Venezuela de Maduro, los pasaportes se compran: ellos los pagaron a 170 dólares, más los 50 dólares extra que tuvieron que saldar para que un funcionario subsanara su propio error sobre el documento de la hija mayor. «Estuvimos dos años vendiéndolo todo, a precio regalado, para reunir el dinero. Nuestra casa y nuestro coche, un Toyota Corolla, cambiando los electrodomésticos por comida… Porque un mes comíamos bien, y al otro mal, para reducir los gastos y reunir el dinero para los cinco pasajes y pasaportes», explica Raiza, que residía en la ciudad venezolana de Valencia.
Llegaron a España el 27 de abril de 2024 y, gracias al Programa de Asilo de Cruz Roja, recalaron en Palencia. Hoy, año y medio después, y con muchísimo esfuerzo, la pareja ha conseguido un buen piso de alquiler y un trabajo fijo, ella en un supermercado y él en una fábrica del sector alimentario. Su hija mayor, una gran lectora, se prepara para poder hacer el Bachillerato y, tal vez, la universidad. Y los pequeños se sienten felices en la escuela y pasan las tardes deseando ir a la biblioteca.
Un sueño recuperado para una pareja que tuvo que envolver en plástico sus títulos universitarios y esconderlos entre las prendas de los niños en la maleta, para evitar que fueran descubiertos y aprehendidos durante el control de salida del aeropuerto. «Nos hicieron quitar ropa, las gafas, las joyas… Inspeccionaron hasta a los niños. Nos trataron como a animales. Pero conseguimos pasar y, una vez en el avión, dimos gracias a Dios».
Corrupción generalizada
Raiza recuerda cómo era la vida, no hace tanto tiempo, en la Venezuela previa a la llegada de Chávez o durante los primeros años del régimen, en los que la economía todavía funcionaba. «La plata nos alcanzaba para vivir bien, y además del sueldo, nos daban tickets para comprar alimentos. Vivíamos bien, íbamos al centro comercial con la familia, a tomar un café o unas cervezas con nuestros amigos…». Tenían buenos trabajos, un chalet, un coche. Con los años, Raiza, con estudios informáticos, abrió una tienda de alimentación, «una bodega», ya que con un empleo no era suficiente. Pero cada vez sacaba menos. Porque, además, del escaso beneficio que obtenía, «venía la policía, la gente del Gobierno o de la Junta Comunal, que es como una policía civil que vigila a la gente, y te exigía que les dieras los alimentos gratis. Te extorsionaban y te lo quitaban».


Una estructura que, afirma este matrimonio, estaba tan extendida, que penetraba en todos los hogares. «Cuando había elecciones te acompañaban a votar y te esperaban fuera. Te obligaban a votar por ellos y, si no lo hacías, te quitaban la bolsa del CLAP», un lote de abastecimiento que incluye algunos alimentos no perecederos que, a menudo, son el único recurso para mantenerse.
Raiza recuerda, con horror, «viejitos muriendo en las residencias y los hospitales, donde tenías que comprar tus propios medicamentos», como también la generalización de la corrupción. «Cuando vendí la casa, llevé el dinero escondido hasta el banco, con miedo de que me robaran. Porque no solo te roban en la calle: también los propios trabajadores del banco», explica.
Irse para no regresar
Esta familia, que ya se siente asentada en Palencia, siguió los pasos de otros parientes que habían emigrado años atrás a diferentes países. «Mi tío era juez penal en Venezuela y, cuando llegó Chavez, vio venir la corrupción: si no hacías lo que te mandaban, te mandaban preso o te mataban. Así que se marchó a Estados Unidos. Después se fue llevando a su familia. Hoy son ciudadanos americanos y tienen una buena vida».
Jean Carlos y ella tardaron unos años más en tomar la decisión, hasta 2024. Y eso les ha permitido vivir en primera persona la degradación de un país que fue próspero y avanzado. Así que la noticia de la captura de Maduro y su esposa por parte de Estados Unidos es, para ellos, motivo de alegría. «Ayer, trabajando, todo el mundo me daba la enhorabuena. ¡Me sentía feliz!», comenta.
Pero, aunque es optimista, ve difícil regresar. «Venezuela tardará mucho tiempo en recuperarse», ya que «lo primero que hace falta es que saquen a toda esa gente que trabajó con Maduro. Porque él era un títere de los militares». Critica abiertamente un sistema que funciona «como un cártel» y se sustenta en actividades como el narcotráfico. «No les importa que la gente pase hambre, no les importa matar». Así que no puede evitar pensar que pasarán años hasta que se consiga restaurar un sistema de bienestar democrático y seguro. «Y si para entonces nuestra familia está bien aquí, será muy difícil que regresemos».





