Tal día como hoy hace 520 años, Dueñas acogió la boda real de Fernando el Católico y Germana de Foix

El 18 de marzo de 1506, Fernando el Católico contrajo matrimonio en segundas nupcias con la sobrina del rey de Francia, de tan solo 18 años de edad. Dueñas era un lugar especial para el monarca viudo, pues allí había vivido con la reina Isabel. Su matrimonio supuso un terremoto político en la Corte
Retratos de Germana de Foix y Fernando el Católico en su boda real

18 de marzo de 1506: tal día como hoy, hace 520 años, Fernando el Católico se casó en Dueñas en segundas nupcias con Germana de Foix. Este acontecimiento, que a simple vista podría parecer una efeméride real más, esconde tras de sí una de las intrigas políticas más curiosas de nuestra historia, en la cual el destino territorial de toda una península pendió de un hilo biológico.

La elección de la villa palentina de Dueñas para celebrar este trascendental enlace no fue fruto de la casualidad, sino de la confianza y lealtad de la zona hacia la corona. Tal y como recogen publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses (entre ellas el discurso pronunciado por Faustino Narganes en 2007), La localidad era un histórico feudo nobiliario que se encontraba bajo el señorío de la influyente familia de los Acuña, quienes ostentaban el título de condes de Buendía desde el año 1475 y siempre habían apoyado firmemente a los Reyes Católicos.

En aquel momento, Dueñas estaba cargada de un profundo simbolismo emocional para el veterano monarca aragonés. Fue precisamente en los muros de esta villa donde Fernando e Isabel habían fijado su residencia en el año 1470, mucho antes de consolidarse en el trono, y donde nació la primera hija del célebre matrimonio, la infanta Isabel. Regresar a este mismo escenario para contraer segundas nupcias resultaba, cuanto menos, una poética ironía del destino.

Los contrayentes formaban una pareja que no dejaba indiferente a nadie en la corte. Fernando contaba ya con 54 años de edad, mientras que la joven Germana de Foix era una muchacha soltera de tan solo 18 años. Además, la novia aportaba un pedigrí de altísimo nivel estratégico a nivel internacional: era una noble francesa, sobrina directa del monarca galo Luis XII.

Una promesa incumplida

Este apresurado enlace generó un tremendo revuelo en la época, ya que se suponía que Fernando había prometido solemnemente a la difunta Isabel la Católica que no volvería a casarse. Sin embargo, la promesa cayó en saco roto y se rompió cuando no habían pasado ni siquiera dos años desde la muerte de la reina castellana, desatando toda clase de habladurías.

Pero detrás de esta aparente falta de palabra se ocultaba un contexto político y sucesorio sumamente crítico. Al morir Isabel en 1504, Fernando dejó automáticamente de ser rey de Castilla, pasando la legítima herencia a su hija Juana y al esposo de esta, Felipe I el Hermoso, quien era duque de Borgoña e hijo del emperador Maximiliano del Sacro Imperio. Fernando quedó desplazado, y la alta nobleza castellanoleonesa le dio la espalda con frases tan contundentes y despectivas como «Viejo catalanote, vuélvete a tu nación».

El gran temor de Fernando el Católico era la perniciosa influencia de su nuevo yerno. Felipe el Hermoso demostró ser muy proclive a aliarse con los franceses, a pesar de que los Reyes Católicos habían urdido su matrimonio precisamente para intentar aislar a Francia, la gran amenaza secular de sus reinos. Para colmo, Juana, profunda y casi enfermizamente enamorada, aceptaba todas las decisiones de su marido, lo que amenazaba con arruinar la labor de toda una vida de su padre.

Para contrarrestar esta alarmante situación, Fernando recurrió a su maestría diplomática y firmó el Tratado de Blois el 12 de octubre de 1505 con Luis XII de Francia. Este acuerdo de paz, que incluía el enlace matrimonial con Germana de Foix, le aseguraba la no injerencia militar francesa y permitía situar los intereses políticos de la sobrina gala en la corte de Barcelona, marginando de paso las ambiciones de su yerno Felipe.

La obsesión por un heredero y la «viagra» de la época

El objetivo primordial y casi obsesivo de Fernando con este nuevo paso por el altar era engendrar un heredero varón que separara definitivamente la Corona de Aragón del conglomerado hispánico. De este modo, evitaría a toda costa que un miembro de los Habsburgo, linaje al que consideraba enemigo por la actitud de Felipe, terminara gobernando en sus propios reinos y ocupando el trono de Barcelona.

Este arriesgado plan dinástico estuvo a punto de cambiar para siempre la historia de España. El 3 de mayo de 1509, Germana dio a luz al príncipe Juan, quien habría heredado la Corona de Aragón, suplantando a Juana en la línea de sucesión y separando de nuevo ambos territorios. Sin embargo, el destino dictó sentencia y el pequeño infante falleció apenas unas horas después de llegar al mundo.

La obsesión por conseguir a toda costa otro heredero llevó al anciano rey a tomar medidas extremas para la época. Fernando consumía de forma habitual pócimas para revitalizar su mermada potencia sexual, una especie de rudimentaria «viagra», y los rumores históricos apuntan a que murió envenenado por atiborrarse de estos peligrosos bebedizos. Su fallecimiento se produjo, finalmente, el 23 de enero de 1516 en una casa rústica de Madrigalejo, en Cáceres.

Una noble implacable y sanguinaria para los valencianos

En cuanto a la misteriosa viuda, Germana de Foix fue una mujer de extrema frivolidad, lo que contrastaba vivamente con el riguroso clima de austeridad que había imperado en tiempos de Isabel. Tras la muerte de Fernando, escandalizó por completo a la corte al mantener una tórrida relación amorosa con el propio nieto de su difunto marido, el futuro emperador Carlos V, del que la separaban tan solo doce años de edad.

Para intentar sofocar el escándalo de este idilio, Carlos casó rápidamente a su joven «abuelastra» con Juan de Brandeburgo y la nombró virreina de Valencia, donde Germana mostró su faceta más implacable y sanguinaria. Allí reprimió la revuelta popular de las Germanías con una brutalidad aterradora, firmando más de ocho mil sentencias de muerte, y se convirtió en la principal introductora del idioma castellano entre la aristocracia latifundista valenciana, cerrando así la biografía de una de las reinas más fascinantes, decisivas y letales de su tiempo.

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