Un puente musical entre Palencia y Nigeria

Músico tocando la guitarra frente a un cartel de Música para Puentes
José Luis de Román toca la guitarra para recaudar fondos en Palencia. / Brágimo (ICAL)

El músico palentino José Luis de Román convierte la calle Mayor en un escenario solidario en el que logra recaudar más de 2.000 euros para la ONGD Puentes y ayudar a mejorar la vida de 24 personas con discapacidad en África

Jesús García-Prieto / ICAL

Los sábados por la mañana, cuando Palencia despierta sin prisas, la calle Mayor tiene una banda sonora propia, que no sale de ningún altavoz ni responde a una campaña organizada. Es una guitarra, una voz y una funda abierta en el suelo. A veces con frío, otras con el sol acompañando, y no faltan los días en los que la lluvia obliga a aplazar ese encuentro. Pero cuando la música suena, algo cambia. No solo en quienes se detienen unos minutos a escuchar, sino a miles de kilómetros de distancia, donde 24 jóvenes con discapacidad duermen hoy en colchones nuevos gracias a esas canciones.

Detrás de esa escena cotidiana está José Luis De Román, músico, periodista de formación, fotógrafo profesional y vecino de Palencia, colaborador de Palencia Invierte y Palencia en la Red, e impulsor de la iniciativa ‘Música para Puentes’. Un proyecto sencillo en su planteamiento y profundo en su alcance, tocar en la calle y destinar íntegramente lo recaudado a proyectos de la ONGD Puentes, una organización palentina pequeña, discreta y persistente, que trabaja desde hace años en África, América Latina y otros puntos del mundo.

“A mí me encanta la música callejera. Salir a tocar no por nada, sino por el mero placer de hacer música, de interactuar con la gente”, explica de Román, veterano en estas lides musicales, que ahora recala en proyectos como Yedra, de música folk o Masmenos Band, de sonidos más rockeros. Durante años José Luis disfrutaba de mostrar su arte a los viandantes, sin más objetivo que el mero hecho de disfrutar. Hasta que un día decidió unir dos de sus mundos como son la música y la cooperación.

Puentes es una ONG modesta, con poco más de un centenar de socios y un presupuesto anual cercano a los 80.000 euros. “No es mucho dinero, pero con eso financiamos proyectos importantes en el Congo, en Guatemala, en México”, señala este músico a Ical. José Luis colabora con la organización desde hace años, como socio y como voluntario. En una de las asambleas anuales, surgió la chispa. “Pensé que si yo ya salgo a tocar a la calle, ¿por qué no vincularlo a la recaudación de fondos para un proyecto pequeño? Algo concreto, asumible”, recuerda. La idea se puso sobre la mesa, fue bien recibida y se materializó de la forma más simple posible, con un cartel explicativo, unas fotografías de los proyectos y la música como hilo conductor.

En la Calle Mayor

El cartel se colgó en la fachada de la conocida como Casa Junco, en plena calle Mayor, con el permiso de los responsables del edificio. Desde entonces, cada vez que José Luis se colocaba allí con su guitarra, quienes pasaban sabían que este músico veterano, no ofrecía solo un concierto improvisado, sino toda una invitación a colaborar, aunque esa recaudación no llega de golpe.

Como ocurre con cualquier músico que ofrece su talento en las calles de todo el mundo, no suele haber grandes donaciones, ni cifras espectaculares por jornada. “Un día normal solemos recaudar entre 50 y 70 euros”, cuenta. Monedas de 20 o 50 céntimos, algún euro, a veces un billete. “Parece poco, pero lo vas juntando y al final mira hasta dónde llegas”, cuenta con orgullo José Luis.

Durante la última temporada, este proyecto alcanzó los 2.015 euros. Una cifra modesta en apariencia, pero enorme en impacto. El dinero se destinó a un proyecto muy concreto en Nigeria gracias a la mejora de las condiciones de vida de 24 jóvenes con discapacidad que viven y se forman en una casa-escuela vinculada a la ONG. “Dormían sobre colchones viejos, destrozados, sucios, y los baños estaban en muy mal estado”, relata José Luis. Las imágenes que le llegaron desde el terreno no dejaban lugar a dudas. Con esos 2.015 euros se compraron colchones nuevos y se rehabilitaron los baños. “Ahora los chavales duermen en condiciones y tienen unos baños arreglados. Es un proyecto del que me siento especialmente orgulloso”.

Cuando habla de lo conseguido, De Román huye de la épica. No hay euforia, ni sensación de heroicidad. “Lo que sientes es una alegría. Una satisfacción tranquila de saber que algo que puedes hacer, como cantar y tocar la guitarra, sirve para mejorar la vida de otras personas”. Esa sensación se intensifica cuando el resultado tiene rostro. “Tengo fotos de los chavales que van a dormir en esos colchones. Sabes exactamente a dónde va el dinero”, afirma. Y ese conocimiento cambia la percepción del esfuerzo. Cada sábado, cada acorde, cada minuto al frío o al sol adquiere sentido.

Músico con guitarra junto a un cartel de Música para Puentes en Palencia
José Luis de Román toca la guitarra para recaudar fondos para proyectos en África.

Difusión

No es la primera vez que la ONGD destina fondos a estos proyectos, aunque su filosofía general es otra. “Normalmente trabajamos en proyectos de desarrollo, en dar medios para que la gente salga adelante por sí misma. Dar la caña, no el pez”, explica. Máquinas de coser, formación, recursos productivos. En este caso, sin embargo, la urgencia era otra: dignidad básica. Puentes no suele ocupar grandes titulares. Su trabajo es silencioso, constante, casi invisible. “Hacemos más de lo que se conoce”, reconoce José Luis. Por eso, para él, Música para Puentes también es una herramienta de difusión. No solo recauda fondos, da a conocer la existencia de la ONG.

Las chapas verdes con el logotipo —un puente y dos manos unidas— forman parte de esa estrategia. Se regalan a los niños pequeños que se acercan a escuchar. “La chapa entra en casa, se cuelga en una mochila, y la ONG empieza a estar presente”, explica. Es una manera de sembrar curiosidad, de generar conversación. De que la solidaridad no sea algo abstracto, sino cercano, tangible, casi doméstico.

Para José Luis, la música en la calle tiene un valor que va más allá de lo solidario. Es un espacio de encuentro humano. “La gente te da las gracias por alegrarles la mañana. Algunos se paran, otros pasan, pero hay una conexión”. A veces se acerca un grupo de niños y él cambia el repertorio. Canciones infantiles de toda la vida, que despiertan sonrisas y sorpresa. “Se quedan con los ojos abiertos. Muchas ni las conocen”, dice entre risas. No sale todos los días. Ni quiere hacerlo. “No se trata de aburrir a la gente”, aclara. Normalmente toca los fines de semana, cuando el tiempo lo permite. La constancia, no la saturación, es la clave.

De Bilbao a Palencia

La relación de José Luis con la música callejera no es nueva. Se remonta a su juventud, cuando estudiaba Periodismo en el País Vasco. “Con 18 o 19 años bajábamos a las Siete Calles de Bilbao a tocar. Sacábamos para el tabaco, el café y el autobús”, recuerda. De aquella época conserva una anécdota que aún hoy le emociona. Estaban tocando La Saeta, de Serrat, cuando una mujer gitana, acompañada de varios niños, se detuvo a escuchar. Los pequeños pidieron monedas entre el público durante la canción. Al terminar, se las entregaron a la mujer, que hizo algo inesperado, “cogió todas las monedas y nos las echó a nosotros”, señala. “Eso no se me ha olvidado nunca”. Aquella escena le enseñó algo esencial, que siempre hay personas dispuestas a dar, incluso cuando tienen poco y la música puede ser el canal.

José Luis nunca quiso ser famoso. Ni vivir de la música. “Yo solo he querido que me dejen hacer música, expresarme y disfrutar”, dice. Para él, tocar es una necesidad vital. “No puedo pasar un día sin coger la guitarra un rato”. Esa autenticidad se percibe cuando toca en la calle. No hay artificio ni pose. Solo canciones, algunas propias, otras versionadas, pensadas para compartir. “La música es alegría, es terapia. Hace que la gente se mueva, que los niños bailen” y también es una forma de compromiso. “Nosotros somos una vía. La gente quiere colaborar y nosotros canalizamos eso”. Este músico palentino ha visitado países en los que trabaja la cooperación internacional., ha visto de cerca la precariedad, la falta de recursos básicos, la desigualdad brutal.

“He estado en poblados donde los niños iban descalzos”, recuerda. Volver a casa después de esas experiencias no es fácil. “Llegas, ves el armario lleno, la calefacción, el frigorífico lleno de comida… El contraste es tan fuerte que te marca”. Por eso, cuando habla de los 2.015 euros recaudados, insiste en relativizar. “Aquí puede parecer poco dinero, pero allí cambia vidas” y esa conciencia es la que sostiene el proyecto.

Pero este proyecto no se detiene, va más allá. De Román ya prepara una nueva etapa junto a su grupo de rock, Másmenos Band, trabaja en la organización de un concierto solidario para este verano, en colaboración con el Ayuntamiento de Palencia. “Queremos darle una vuelta de tuerca más a la iniciativa”, explica. No hay fechas cerradas ni formato definitivo, pero sí una idea clara: seguir tendiendo puentes desde la música. Porque al final, como él mismo resume, “si la gente supiera lo que se puede hacer con tan poco dinero en otros lugares, probablemente colaboraríamos más”. Mientras tanto, la calle Mayor seguirá teniendo banda sonora y cada acorde seguirá cruzando fronteras invisibles.

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