‘Hable con ella’, por Marta Sastre

Hable con ella’

Hace unos días me encontré con una entrevista a Álex Roca y a su mujer que, sin buscarlo, terminó dejándome pensando durante días.
Álex Roca es conocido por ser un atleta con parálisis cerebral que ha llevado su cuerpo -y la idea de lo posible- mucho más allá de lo que muchos habrían imaginado. Pero reducir su historia a la superación física sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente impactante no es solo lo que ha logrado, sino lo que provoca con su forma de estar en el mundo: una reflexión incómoda sobre lo que entendemos por “normalidad”, sobre cómo miramos a los demás y sobre el peso que pueden tener las palabras cuando se dicen sin pensar.

En la entrevista se plantea una pregunta clave: ¿qué consideramos “normal” y desde dónde lo definimos? Si todos tuviéramos una discapacidad, lo que hoy llamamos “anormal” sería simplemente lo habitual. Esa idea revela lo frágil y relativa que es esa etiqueta que usamos con tanta ligereza. Nos movemos en categorías que parecen firmes, pero que en realidad dependen del contexto, de la costumbre y, muchas veces, de la falta de reflexión.
La historia de Álex está atravesada por el “no” constante. No puedes. No vas a poder. No lo vas a conseguir. No vas a estudiar. No vas a enamorarte. No vas a triunfar. Un “no” repetido tantas veces que podría haber marcado su destino. Sin embargo, él decidió responder con lo contrario: un “sí” persistente, casi obstinado, a una vida que otros ya habían intentado limitar. No fue un gesto puntual, sino una actitud sostenida en el tiempo.

Pero hay una parte de su historia que va más allá del deporte o los logros visibles. Tiene que ver con algo cotidiano y, precisamente por eso, profundamente peligroso: las palabras. Cuenta que, de joven, hubo una chica que le gustaba. Él insistía con humor, “pico pala, pico pala”. Un día, ella dijo una frase que probablemente no pensó demasiado: “Tú vas a ser conductor de autobús y lo vas a llenar todo de saliva”. Para ella pudo ser una broma. Para él, fue una humillación. Una de esas frases que no se olvidan, que no hacen ruido al decirse pero que se quedan resonando durante años.

Esa herida no aparece de la nada. De pequeño, cuando iba al psicólogo, le pedían que dibujara a su familia. Dibujaba a su padre, a su madre, a su hermano… y a sí mismo como un monstruo. No porque así se sintiera en esencia, sino porque así había aprendido a verse a través de la mirada de los demás. Esa imagen muestra hasta qué punto las palabras, los gestos y las actitudes ajenas pueden moldear la identidad desde muy temprano.

Ahí aparece una trampa peligrosa: la de las “bromas”. Parece que todo lo que se etiqueta como tal debe ser aceptado. Pero una broma solo lo es cuando ambas partes se ríen. Si solo se ríe quien la dice, deja de serlo y se convierte en otra cosa: una forma de herir disfrazada de ligereza.
Además, estas situaciones colocan a quien recibe el comentario en una posición incómoda. Tiene que decidir si responde, si calla o si sonríe. Y muchas veces opta por el silencio, no porque no duela, sino para no parecer exagerado. Ahí el daño se duplica: no solo hiere la frase, sino también la imposibilidad de expresarlo.

Por eso hay palabras que duelen más cuando se dicen riendo. Porque no dejan espacio para reconocer el impacto. Son como dagas invisibles que no dejan marca en la piel, pero sí en el interior. Pueden condicionar decisiones o sembrar dudas que acompañan durante años.
En ese sentido, la historia de Álex deja de ser solo suya. Porque todos, en algún momento, hemos sido esa persona que habla sin medir del todo las consecuencias. Vivimos rodeados de palabras, pero no siempre somos conscientes de su peso. Una palabra puede impulsar a alguien… o frenarlo antes siquiera de empezar.

Esto se vuelve aún más delicado en la pareja. A veces, bajo el humor, se esconden dinámicas complejas: comentarios en público que exponen o descolocan al otro. Responder delante de terceros implica un riesgo, así que quien lo recibe muchas veces se contiene. Y ahí se instala un desequilibrio silencioso.
Quizá por eso su mujer vio en él algo que muchos pasan por alto. No vio lo que faltaba ni los límites. Vio lo esencial. En un momento de desencanto, conocerlo supuso un punto de inflexión. No encontró solo una historia de superación, sino una forma distinta de estar en el mundo.

Y ahí cambió algo. No solo se enamoró de una persona, sino también de una forma de mirar la vida. Una forma que le devolvió la esperanza.
A veces no es la vida la que cambia, sino la forma en la que decidimos mirarla. Y cuando eso ocurre, todo encaja de otra manera.
Y yo te pido perdón, Álex.
Y te prometo que voy a aprender a mirar con cariño, sin prejuicios y, sobre todo, sin la arrogancia de decidir qué es normal y qué no.
Con p de palabras. Palabras bonitas, siempre.

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