Se acerca el verano y, con él, esa sensación que en casa ya empieza a notarse: la alegría de volver a España. Este año lo vivimos otra vez en familia, con más ganas si cabe. Mis hijos están especialmente emocionados; para ellos España es juego, libertad, primos, abuelos, playa y calle. Para mí, además de todo eso, es una especie de regreso emocional a algo que, viviendo en el Reino Unido, echo más de menos de lo que suelo admitir.
Porque vivir fuera tiene cosas muy buenas. El orden, la tranquilidad, el respeto por el espacio personal… todo eso es valioso. Pero con el tiempo uno empieza a notar una diferencia muy concreta: la forma de relacionarse. En España todo parece más vivo, más cercano, más espontáneo. Más de “te cuento mi vida en cinco minutos y ya somos casi amigos”. Y eso se nota especialmente cuando vuelves.
Hace poco estuve en Madrid para renovar el DNI. En teoría es un trámite sencillo, pero ese día se convirtió en una pequeña aventura colectiva. Hubo una caída del sistema en toda España y nos quedamos atrapados en una especie de limbo administrativo durante horas.
Lo que podría haber sido desesperante terminó siendo casi una comedia social. Me tocó esperar bastante tiempo y, a mi lado, había un hombre mayor. Al principio cada uno iba a lo suyo: móvil, reloj, algún suspiro… lo habitual en una sala de espera. Pero poco a poco empezamos a hablar. Primero cosas pequeñas, luego historias más personales, y sin darnos cuenta estábamos riéndonos como si nos conociéramos de toda la vida.
Lo más divertido era el sistema de avances. De vez en cuando llamaban a alguien, muy lentamente, porque todo iba fatal. Y cada vez que eso pasaba, él y yo nos mirábamos con una emoción casi infantil y celebrábamos: “¡Bien!”. Como si acabaran de marcar un gol en el último minuto. Luego volvíamos a la espera, pero ya de otra forma, como si aquello fuera algo compartido.Con el tiempo me contó que había tenido tres ictus, consecuencia del estrés, y que desde entonces había decidido tomarse la vida de otra manera, con más calma. Era una persona sencilla, de esas que transmiten mucho sin necesidad de grandes discursos.
Al principio era tímido, le costaba abrirse. Pero yo soy así cuando estoy en casa: necesito hablar con la gente, conectar, sentirme acompañada. No me cuesta nada empezar una conversación, y casi sin darme cuenta las situaciones cotidianas se convierten en encuentros humanos. Ese día no fue diferente. Poco a poco nos fuimos contando cosas, riendo, y haciendo que la espera pesara menos. Cuando por fin llegó el momento de irnos, me dio pena. No solo por él, sino por lo que se había creado allí, en una sala de espera que terminó siendo sorprendentemente humana.
Ese mismo día vinieron algunas amigas a buscarme. Yo suelo organizarme a última hora, con planes improvisados, y aun así siempre aparecen. Aunque sea poco tiempo, siempre encontramos el hueco. Y eso me basta para sentir que recargo energía para muchos días.
En esas horas nos vemos, nos contamos la vida, nos reímos, y lo sencillo se vuelve importante. Porque eso es lo que más me llena. Mi hija pequeña, en cambio, apenas ha vivido España. De hecho, todavía casi no habla español, aunque lo estamos trabajando poco a poco. Pero cada vez que ha estado allí, lo recuerda con una felicidad enorme: la familia, los primos, la sensación de estar siempre rodeada de gente, la escuela de verano.
También es verdad que vivir en Inglaterra nos ha dado cosas muy buenas. El idioma, por ejemplo, que mis hijos están absorbiendo de forma natural, casi sin esfuerzo. Y, sobre todo, la exposición a otra cultura: están creciendo entre dos formas de ver la vida, dos ritmos, dos maneras de comunicarse. Eso, aunque a veces sea un reto, es una riqueza enorme. Les enseña a adaptarse y a entender que no hay una sola manera de hacer las cosas. Es el tercer País en el que viven y han sido felices en todos pero la tierra siempre tira.
En el Reino Unido, mucha gente se independiza muy joven y los vínculos familiares suelen volverse más espaciados con el tiempo. No es mejor ni peor, simplemente distinto. Pero cuando vienes de una cultura donde el contacto diario es lo habitual, se nota. En otros países tengo amigas, sí, buenas amigas. Pero ninguna me da esa sensación que en México llaman “carnal”: una palabra que expresa una confianza tan grande que el abrazo dice “da igual el tiempo que pase, sigo aquí”. Ese tipo de vínculo sin explicaciones, cálido y directo.
A veces, al volver a Londres, hay un momento curioso. Cuando dices que eres española, la reacción suele ser inmediata: te miran con sorpresa y te sueltan algo como: “¿Pero qué estás haciendo aquí, con lo bien que se vive en España?”.Y no siempre hay una respuesta clara. Solo una sensación sencilla: que hay lugares donde la vida se siente más cerca, más humana, más tuya.
Con P de paisano.





