Centenario mariano en la Trapa

El retablo del altar mayor de San Isidro de Dueñas se instaló en los primeros meses de 1926.
Retablo del altar mayor de San Isidro en el monasterio de la Trapa
Centenario mariano en la Trapa.

El monasterio de San Isidro de Dueñas, conocido popularmente como la Trapa, vive un centenario singular, el del retablo mayor de su iglesia, que se instaló en los primeros meses de 1926. Esta monumental obra es un trabajo creativo de Félix Granda, un sacerdote asturiano que además de escultor, pintor y orfebre, creó los Talleres Granda, que en la actualidad continúan produciendo en Alcalá de Henares todo tipo de objetos religiosos y litúrgicos.

El retablo, que está dedicado a la Asunción de María, es una potente y extraordinaria obra en piedra que consta de varias secciones, siendo la más importante la talla que representa a la Virgen, delante de la cual todos los días, a las 20:30 horas, los monjes cistercienses rezan la oración de Completas, que concluye, con su mirada puesta en la imagen, con el canto de la ‘Salve’ en gregoriano –“aquello fue algo sublime”, según describió el Hermano Rafael, futuro San Rafael Arnaiz, a su tío el duque de Maqueda su impresión al escuchar la Salve en su primer viaje a San Isidro el 23 de septiembre de 1930-.

Estatua de San Isidro en el retablo de la iglesia de Dueñas
Detalles del retablo mayor en el monasterio de San Isidro de Dueñas
Detalles del retablo del altar mayor de San Isidro en Dueñas
Relieve dorado de la Asunción de la Virgen en el retablo
Detalle del retablo mayor de la iglesia de San Isidro en Dueñas
Relieve dorado del retablo mayor en la iglesia de San Isidro de Dueñas
Relieve dorado del retablo de la Asunción en la Trapa
Detalle del retablo mayor de la iglesia de San Isidro en Dueñas
Retablo mayor de la iglesia de San Isidro en Dueñas con figuras religiosas.
Detalle del retablo del altar mayor de San Isidro en Dueñas
Detalle del retablo mayor de la iglesia de San Isidro en Dueñas
Detalle del retablo del altar mayor en San Isidro de Dueñas
Retablo del altar mayor de San Isidro en Dueñas con detalles dorados
Retablo del altar mayor en el monasterio de San Isidro de Dueñas
Retablo del altar mayor de San Isidro en Dueñas con detalles dorados y figuras
Escultura del retablo mayor en el monasterio de San Isidro de Dueñas
Retablo del altar mayor de San Isidro en Dueñas con la Virgen Asunta

Con el retablo, los religiosos de la estricta observancia dieron un paso más en las obras de rehabilitación del antiguo monasterio benedictino que ocupan desde 1891 -las leyes desamortizadoras del ministro Mendizábal expulsaron del monasterio a los anteriores moradores en 1935-. No existe una constancia fehaciente de las fechas de instalación del retablo, aunque es seguro de que se produjo hace un siglo.

En la Crónica del monasterio, que recoge los principales acontecimientos que se producen en la comunidad cisterciense, se reseña en el mes de enero de 1925, sin día concreto, el siguiente texto: “Bellísima iba quedando la iglesia, pero el altar mayor no respondía ni con mucho a las mejoras introducidas, y para llevarlas a cabo hasta el último ápice, se ha pensado en dotarla de un altar mayor que responda a las exigencias que ella pide”, como expresa el texto facilitado por el actual cronista y archivero de la Abadía eldanense, el hermano Joaquín López Serra. Seguidamente, se señala que se ha llamado al presbítero don Félix Granda para que ejecutara el retablo. “Se le ha dado el diseño y pedido presupuestos sobre el altar que se desea”. En la Crónica se justifica la elección de Granda porque los talleres que fundó han creado “obras colosales y de muy subido mérito artístico”.

Un año después, el 13 de enero de 1926 la Crónica especifica que este día comenzaron las obras de estucado y pintado de la iglesia porque el monasterio pensaba ya en su consagración, solemne acto litúrgico que no se celebraría hasta el 22 de julio de 1928 -la prensa local recogió en sus crónicas este segundo acto, pero nada escribió de la inauguración del retablo-. Ya en el mes de abril, en plena Semana Santa, en concreto el día 1, se informa que “después de haber estado trabajando constantemente durante casi un año, hoy, Jueves Santo, se ha inaugurado el altar mayor”. La palabra recogida en la Crónica es ambigua, según reconoce López Serra, ya que lo que se celebraría ese primer día de abril de 1926 sería la bendición del retablo, no inauguración, aunque la dedicación y consagración realmente de la iglesia no tuvo lugar hasta dos años después, un acontecimiento que todavía se recuerda y conmemora cada 22 de julio con una eucaristía solemne.

El 13 de abril de 1926, la Crónica da noticia de nuevas obras en el altar. “El antiguo presbiterio de la iglesia era de madera y tenía tres escalones, pero con la reforma que se está llevando a cabo en la iglesia se ha quitado el superior para dar más amplitud al dicho presbiterio”, se señala textualmente. Seguidamente, el cronista informa que ese día, el 13, habían comenzado a ponerse las losas de mármol sustituyendo el piso de madera.

Como curiosidad, en esta misma crónica se señala, a modo de advertencia, que “las losas no proceden de la Casa Granda, constructora del altar mayor y tríptico, sino del industrial marmolista de Palencia, Victorio Macho”. Sin duda, el cronista se confundió de proveedor, pues el gran escultor palentino no fue nunca industrial marmolista, y en esa época que se reseña ya era un reconocido escultor. De hecho, el 28 de mayo de ese 1926, el periódico El Diario Palentino recogía en un breve, dirigido a los “incontables admiradores que nuestro paisano tiene en Palencia”, que “el ilustre artista irá en breve a Santander y allí pasará una temporada haciendo la escultura de un Santo Cristo para la nueva iglesia construida en Los Corrales por la distinguida dama viuda de Quijano”. Conocida ahora como el Cristo de Los Corrales de Buelna, es la que sería una de sus grandes esculturas de temática religiosa de Victorio Macho (Palencia, 23 de diciembre de 1887-Toledo, 13 de julio de 1966) junto con el popular Cristo del Otero, que corona el cerro del mismo nombre en la capital palentina, erigido a instancias del Obispado en 1930.

En diciembre de 1926, el día 18, llegaron al monasterio, procedentes del taller de Félix Granda, “las imágenes del altar mayor, y como todo estaba preparado no hubo que esperar a su colocación, sino que se pusieron de inmediato”, según la Crónica de San Isidro. Estas imágenes pudieron ser, según el Hermano Joaquín López, las tallas de San Bernardo y San Esteban, que inicialmente se colocaron en las paredes laterales del presbiterio y con la reforma del mismo a raíz del Concilio Vaticano II se trasladaron a las cabeceras de las naves laterales, donde se encuentran en la actualidad.

El retablo tiene una doble dirección: vertical y horizontal, según el análisis que realizó el religioso de San Isidro Tomás Gallego publicado en el número 48 de la revista de la Institución Tello Téllez de Meneses. El motivo principal es una majestuosa imagen mariana: la ascensión de la Virgen, a cuyos pies dos ángeles la arropan sobre una ligera nube. En la parte superior, otros dos ángeles, que portan instrumentos musicales, la reciben con gozo en el cielo, y coronando este conjunto escultórico aparece la Santísima Trinidad, según el relato de Gallego.

La calle horizontal está compuesta por dos conjuntos de figuras que representan al pueblo cristiano que mira y peregrina hacia el centro, donde se encuentra un espacio vertical que es interpretado como la tumba de la Virgen, a la vez que sirve de trono para la exposición del Santísimo Sacramento. “La Iglesia se dirige hacia el sepulcro vacío de María; acepta con fe el misterio, lo venera y celebra con gozo, y reflexiona teológicamente sobre el mismo”, según la explicación del monje cisterciense.

Tomás Gallego interpreta el conjunto del retablo como la representación de una cruz, un tema que aparece en varias ocasiones de forma explícita, así como en la misma estructura. “El retablo constituye un todo: la celebración del misterio de la Asunción de María. Esta unidad queda fuertemente resaltada artística y teológicamente sobre la base de la cruz”, escribe Tomás Gallego.

El autor de esta interpretación considera que Félix Granda “ha querido resaltar la relación y a la vez distinción de los dos mundos: el divino o el cielo, a donde ha sido asunta María, y este mundo donde vive la Iglesia peregrina”. La obra que preside el altar mayor del templo abacial de San Isidro “expresa una dimensión teológica y eclesial muy profunda: la Asunción de María no es un hecho individual que le interese solo a ella. Es un hecho eclesial que interesa a toda la Iglesia, de la que María es tipo, y en la que ve un anticipo, primicias de su futura exaltación”, escribe Gallego.

Uno de los elementos más simbólicos del retablo es el túmulo de la Virgen, elaborada en madera.  Para Tomás Gallego, “el artista ha sabido unir la tumba de la Virgen, en su dimensión figurativa, y el trono ostentorio para la exposición del Santísimo en su dimensión de servicio litúrgico”. Para el religioso cisterciense, las puertas significan la entrada al “paraíso”, custodiado por dos “ángeles guerreros”. En el interior de la tumba de la Virgen aparecen “signos paradisíacos”: ramajes, flores y animales. Las seis figuras, elaboradas en bronce, que decoran el interior corresponden a la serpiente y al sacrificio de Melquiades, “alusiones claramente eucarísticas” -las centrales- y a los símbolos de los cuatro evangelistas -los superiores y los inferiores-.

El autor del retablo, Félix Granda, nació en Mieres en 1868, aunque sus padres se trasladaron a Pola de Lena recién nacido Granda, y falleció en Madrid en 1954 -dos días antes había cumplido 86 años-. A los diez años ingresó en el Seminario de Oviedo y fue ordenado sacerdote en 1891. A esta condición eclesiástica se unió sus conocimientos de escultura, dibujo, pintura y orfebrería por sus contactos con Joaquín Sorolla y Cecilio Pla, pero también de promotor artístico, ya que ese mismo año de su ordenación sacerdotal funda en Madrid los Talleres de Arte Granda, donde él trabajó en sus creaciones, a la vez que abastecía de objetos religiosos a las parroquias y conventos.

La empresa llegó a tener contratados a 250 artistas y obreros que diseñaron esculturas, pinturas y objetos de orfebrería. El éxito de los Talleres fue creciendo. En 1911 recibe la medalla de oro en la Exposición de Arte Decorativo de Madrid. Los Talleres de Arte Granda aportaron una renovación del arte sacro según criterios clásicos, pero adaptados a la estética contemporánea. La Custodia que portó León XIV en la procesión del Corpus Christi en Madrid el pasado 7 de junio se elaboró en 1943 en estos talleres en plata dorada, esmalte, amatista y diamante.

La Abadía de San Isidro de Dueñas encargó a Granda el retablo de la iglesia en un momento en el que había creado para el palacio arzobispal de Madrid uno dedicado a la Virgen de la Almudena, que en la actualidad se encuentra en la catedral de la capital española, y otro para la iglesia del Sagrado Corazón de La Habana, templo jesuítico que es uno de los pocos edificios de arquitectura neogótica de Cuba. El monasterio de San Isidro posee otras piezas procedentes de los Talleres Granda, como el Monumento que expone el Jueves Santo.

No hay constancia documental de que Félix Granda visitara el monasterio, aunque se puede intuir que sí lo conoció personalmente, pues se entiende que tuvo que desplazarse hasta San Isidro para tomar medidas del espacio que ocuparía el retablo en el presbiterio e incluso acompañaría a los empleados de los talleres para su instalación. Lo cierto es que no hay documentos en el archivo monacal que lo acredite.

En este sentido, el periodista e historiador Julián García Torrellas reveló en un artículo publicado en Diario Palentino el 19 de febrero de 2023 que Félix Granda fue quien denominó por primera vez a la catedral de Palencia la Bella Desconocida, expresión que luego se atribuyó el canónico Eugenio Madrigal. Granda, durante su estancia o estancias en San Isidro para instalar el retablo, visitó la seo de San Antolín y expresó al canónico capitular Eugenio Madrigal Villada (Gatón de Campos, 1874-Palencia, 1933) la sensación que recibió del templo como bella desconocida, palabras de las que se apropió el sacerdote palentino.

No obstante, García Torrellas añade que fue otro relevante eclesiástico palentino, Ramón Revilla Vielva (Salinas de Pisuerga, 1882-Palencia, 1988), quien en una monografía sobre la catedral publicada en 1945 reveló que la expresión Bella Desconocida fue pronunciada por el autor del retablo de San Isidro, lo que confirmaría que el escultor, al menos, sí visitó Palencia.

El retablo de Granda, con la imponente imagen de la Asunción, inspiró a uno de los grandes místicos del siglo XX, San Rafael Arnaiz, monje trapense, (Burgos, 1911-Dueñas, 1938), cuyos escritos expresan una intensa devoción por la Virgen de la Trapa, a la que se refiere como Santísima Virgen, Señora, Ella, Madre, María y Reina. Las referencias marianas constituyen la entrada más amplia del glosario ‘Escritos por Temas’, que complementa las ‘Obras Completas’ del Hermano Rafael: “Habré sido bueno, malo, de todo, pero cuando me unía al Coro de mis Hermanos (…) y le rezaba la Salve parece que me consolaba el pensar que estaba unido a la Trapa por la Virgen. Ella nos ampara a todos, a todos nos miraba, a los trapenses en su Trapa y a mí donde estuviera. ¿Qué sería de nosotros si no fuera por ella?”, escribió el 9 de octubre de 1935 al abad, Dom Félix Alonso, para solicitarle el reingreso en el monasterio.

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