Enrique Méndez – Jean Philippe Kikolas, recoge esta tarde dela Escalera de Honor de ARCA Aguilar, el festival en el que comenzó hace décadas como voluntario
Lleva décadas haciendo del espacio público su escenario. ¿Qué tiene la calle que nunca ha podido ofrecerle un teatro y qué ha aprendido de ella como artista y como persona?
La calle fue mi puerta de entrada a las artes escénicas. Primero como espectador: descubrí un mundo que me fascinó desde el primer instante. Después, como profesional, me permitió conocer y explorar muchas ramas de las artes escénicas. Lo que más me gusta de la calle es la cercanía con el público. No hay escenario que nos separe; estamos todos en el mismo plano y eso genera una complicidad muy especial.
La calle siempre te recuerda que todo sucede aquí y ahora: pasa un avión, suenan las campanas de una iglesia, aparece un perro… y todo puede formar parte del espectáculo. Esa verdad y esa capacidad de jugar con lo inesperado son mágicas.
Muchas veces el público ni siquiera tenía pensado ver una función y, de repente, compartimos una experiencia única e irrepetible. La calle me ha enseñado a escuchar, a adaptarme y a confiar en el momento presente.
Sus espectáculos mezclan humor, poesía y una gran carga emocional. ¿Cómo ha evolucionado su manera de entender el clown desde que empezó hasta hoy? ¿Qué cree que permanece inalterable?
Cuando creo un espectáculo lo hago para contar algo. El humor sigue siendo una herramienta maravillosa porque compartir la risa es profundamente sanador, pero cada vez siento más la necesidad de que el público se lleve también una emoción, una pregunta o una reflexión que le acompañe después de salir.
Lo que no ha cambiado es la curiosidad, la pasión y las ganas de seguir aprendiendo. Con los años he adquirido más herramientas, tanto creativas como de gestión, pero la ilusión sigue siendo la misma. También la edad transforma la forma de mirar el mundo y, por tanto, la manera de contarlo sobre el escenario. Hoy me interesa que el espectáculo no termine con el aplauso, sino que continúe un tiempo más en la cabeza y en el corazón del público.
Recibe la Escalera de Honor de ARCA, un festival al que ha estado vinculado desde sus primeras ediciones e incluso como voluntario antes de desarrollar su carrera profesional. ¿Qué significa recibir este reconocimiento precisamente en Aguilar de Campoo?
Es un reconocimiento muy bonito. Hace casi treinta años entrenaba malabares cada tarde en el mismo espacio donde ahora compartiré inquieto con mis vecinos y vecinas y recibiré este premio. Pensarlo ya me emociona.
Volver a ARCA siempre ha sido especial para mí. Es donde más siento el nervio y la tensión antes de comenzar, pero también donde mejor se me recibe, siento mucho el cariño de la gente de Aguilar, es mi casa, mi familia, amigos… recibir el premio por lo tanto tiene un valor emocional enorme para mi. Estoy muy agradecido.
Si pudiera dar un consejo al Enrique Méndez que empezaba hace treinta años, o a cualquier joven que quiera dedicarse hoy a las artes de calle, ¿cuál sería y por qué?
Le diría que confié en él, que trabaje duro, que se forme, que vea mucho teatro, mucho circo y mucha calle. Que sea curioso, honesto consigo mismo y que no tenga prisa.
Vivimos en una época en la que todo parece tener que ocurrir muy rápido, pero este oficio necesita tiempo, experiencia y muchas horas de escenario. Y, sobre todo, que disfrute del camino. Porque los espectáculos pasan, pero lo que realmente te construye como artista y como persona es todo lo que aprendes mientras los haces.





