Cuando viaja, cuando entra en un edificio histórico y cuando admira un cuadro. Cuando, caminando por la calle, cruza su mirada con otra persona. En todos esos momentos, y en muchos más, Asier Aparicio ve historias. «Muchas veces, mi mujer me observa y dice… ¡Ya estás imaginando algo!». Esas historias a veces se quedan en el arcón de las ideas (de ser físico, el suyo ocuparía una habitación entera). Y otras se convierten en un proyecto literario de entidad… La mayoría de las veces, una obra teatral. De hecho, lleva 65 obras de teatro publicadas.
«Vendrán más novelas, sí. Pero es verdad que a mí, el teatro… ¿Sabes qué pasa? Que veo historias. Y veo la potencia de los personajes, los veo en las tablas. Así que pienso: ¿para qué voy a describir todo el ambiente, si lo que me interesa es el arco del personaje, cómo evoluciona?».
Esta vez, llega con dos historias bajo el brazo, que ha presentado en un mismo volumen, en el Salón del Libro Teatral de Madrid, el pasado 25 de octubre. Un libro editado por Ediciones Irreverentes que nos trae dos historias: ‘‘Anaiak’’, ambientada en la Guerra Civil española, y ‘‘Un buen español’’, que imagina las reflexiones de un Jovellanos cautivo. Tras esa presentación oficial en el Teatro Valle-Inclán de la capital madrileña, Aparicio compartirá tiempo con los lectores en Palencia, en la Librería Ateneo, el próximo 5 de noviembre.
Originario del País Vasco y palentino de adopción, el escritor tira de sus recuerdos familiares para inspirar Anaiak, una palabra que, en euskera, significa “hermanos”. «Mi abuelo peleó en el cinturón de hierro de Bilbao y su hermano estaba en el otro bando. Es un conflicto que se vivió en muchas familias», explica. Recordando las historias que escuchó en casa, compone el relato emocional de esa guerra fratricida en un entorno muy concreto. «En el frente vasco se dieron circunstancias muy especiales. Porque, además de los dos bandos, había otro conglomerado de personas que luchaban por otras causas».
Carlistas, franquistas, comunistas, anarquistas, brigadistas e incluso «gudaris, los guerreros vascos, que están del lado de la República y, al mismo tiempo, son católicos». Ese contexto envuelve el drama humano del protagonista, Javier, que busca vengar la muerte de su hermano, en un entorno bélico marcado por episodios como el bombardeo de Durango, que le llevarán a un aprendizaje inesperado.Anaiak llevaba escrita más de 5 años. «Hay obras que necesitan reposo. Y hay obras que se me adelantan a la publicación».
La segunda parte del libro, Un buen español, es un diálogo entre Jovellanos y una voz en off que representa a su conciencia. Un personaje histórico que «lo da todo por España en el siglo XVIII, que quiere cambiar su país, modernizarlo y llevarlo al progreso». Pero termina en prisión, a raíz de la conspiración del gobierno de Godoy. En la obra, aprovecha el cautiverio para hacer retrospectiva y cuestionarse si, a pesar de todo, ha sido un buen español, que «ha hecho lo que debía hacer». Una idea que, hoy en día, tiene plena vigencia.
La perspectiva
«Me gusta hacer teatro histórico porque realmente hay una lectura presente. La historia se repite». A sus alumnos de Lengua y Literatura, en el IES Trinidad Arroyo, les explica que leer a los griegos, a los romanos o a los clásicos da perspectiva de la realidad contemporánea. «Siempre sacas enseñanzas para el presente.
En el caso de Anaiak, qué más quisiéramos todos que haber cerrado heridas después de 90 años. Pero hay ciertas personas, o políticas, que parecen estar empeñados en que no lo hagamos. La obra va de lo contrario: de que es posible olvidar el rencor».
A pesar de llevar 65 obras teatrales publicadas (además de otras tantas novelas y relatos) y de ser uno de los escritores más prolijos y reconocidos de la región, la dificultad continúa siendo llegar a la representación en escena.
«Hay una inflación tremenda de títulos y muchas compañías prefieren tirar de los clásicos, porque vivir del teatro es muy difícil». Gracias al apoyo de su editorial, acude a ferias y está en contacto con directores y productores. Pero «conseguir que escojan tu obra es complicado».
De vez en cuando, lo logra. Como con Pan Duro, que la compañía La Teatrería llevó por distintos escenarios de España hace tres años. Esta obra, que obtuvo el primer premio en el Certamen de Dramaturgias sobre el mundo rural Campo de Calatrava, narraba el episodio del Motín del Pan, en la Palencia de 1856. «Fue maravilloso», evoca el autor, que considera un privilegio poder ver cómo su creación va dejando de ser suya, para pertenecer a la compañía que la produce. «La cambian los actores y la cambia el director de escena. Son muy respetuosos con el texto, pero el que lee y el que interpreta están haciendo algo nuevo a partir de ella».
Mientras confía en que Anaiak y Un buen español se lleven a las tablas (o incluso al cine), Asier Aparicio trabaja en su próxima publicación, que será –para regocijo de sus fieles lectores- una novela histórica ambientada en la Venecia de Vivaldi. Una nueva aventura para un autor que nos ha llevado de la Antigua Roma a la época contemporánea, de Alonso Berruguete al Canal de Castilla o, incluso, a través de los mundos de fantasía del simpático Ventolino, héroe de una trilogía juvenil. Un universo al que ha llegado «viajando y leyendo mucho. Porque uno se nutre de lo que vive».









