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Sergio Lozano Blanco


Llevamos días atónitos oyendo, leyendo y viendo noticias sobre la invasión rusa en Ucrania.
Nada ni nadie puede justificar una invasión armada de un país legítimamente establecido. He de reconocer que esto me tiene francamente preocupado, he intentado tener una visión clara y objetiva de lo que allí está realmente ocurriendo y para ello he dedicado varias horas, en el silencio de las frías madrugadas palentinas, a documentarme sobre el tema y ver los diferentes enfoques y realidades.

Ya se sabe que ante un conflicto entre dos partes siempre hay tres versiones: la que dice una parte, la que cuenta la otra y, por último, lo que realmente ocurre… Pues bien, tras intensas horas detecto, una vez más, que ninguna parte nos cuenta toda la verdad. Veo claramente que hay muchos intereses económicos en juego y muchos agentes de diversos países implicados y detecto inequívocamente que las duras consecuencias de la invasión las vamos a pagar absolutamente todos los ciudadanos de a pie a corto y medio plazo, todo esto en el mejor de los casos y visto desde la seguridad y tranquilidad que nos ofrecen los 3.000 kilómetros de distancia que nos separan del epicentro y el estar en un país a salvo, o al menos, eso quiero pensar.

En estos días, mientras realizo esas pequeñas tareas cotidianas que hacemos todos, pienso en lo que tienen que estar pasando miles y miles de inocentes civiles que, en contra de su voluntad, se ven arrastrados a una absurda y sangrienta guerra.

Pienso en lo afortunados que seguimos siendo en Europa al poder “vivir” de manera segura. Por el contrario, pienso en los civiles ucranianos inocentes, especialmente los más pequeños y los ancianos, sin duda, los más vulnerables. Intento imaginar lo que puede pensar y sentir un pequeño ucraniano de 7 años al ver cómo todo su mundo y realidad se desmorona, qué pensará al ver destruirse los edificios, puentes y carreteras por esta sinrazón, que pensará al ver los rostros de preocupación y desesperación de sus madres y hermanas, qué pensará al ver cómo su padre y hermanos mayores tienen que alistarse obligatoriamente para defender su país invadido, sin ser soldados en la mayoría de los casos, qué sentirá al oír las sirenas de aviso de ataque aéreo inminente, qué pasará por su mente al tener que huir y refugiarse en sótanos oscuros y fríos sin saber que ocurrirá al salir, qué puede sentir al oír las explosiones y al ver esos edificios en llamas.

Hace escasos días ese niño estaba en su clase aprendiendo y jugando con sus amigos y hermanos y ahora… Pienso en sus madres, que no sabrán ni qué contar, ni cómo tranquilizar a sus hijos. Escucho relatos de madres que, para que sus hijos no sufran, hacen como el protagonista de la película La vida es bella, pero la dura realidad les hace casi imposible seguir con esas mentiras piadosas…

Cómo es posible que en pleno siglo XXI no hayamos aprendido nada del horror y sufrimiento vivido en las deplorables guerras del pasado, del caos económico que genera y más cuando aún sigue coleando la Covid, las fracturas sociales y heridas que tanto hemos tardado en curar y cicatrizar.

No entiendo qué puede ocurrir en las mentes de algunas personas para provocar tanta desgracia y dolor gratuito, quizá sea porque “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian pero no se matan…” A veces uno empieza a perder la fe en el ser humano, y le dan ganas de parar y bajarse de esta locura llamado mundo (si ello fuera posible).

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