El profesor de la Universidad de Alcalá y especialista en helioesfera, viento solar y clima espacial Javier Rodríguez Pacheco calificó al sol como un “instrumento musical de dimensiones cósmicas”, al comparar con una guitarra y sus cuerdas en relación a las oscilaciones que se producen en un interior, apuntó durante el transcurso de su conferencia ‘El Sol: del núcleo a la fotosfera’.
El investigador principal del instrumento EPD de la misión ‘Solar Orbiter’, que formó parte del elenco de expertos y científicos del Simposio Internacional del Sol y los Eclipses (SOLPÉ), organizado por la Diputación de Palencia, explicó el fenómeno de la fusión termonuclear, que ocurre cuando dos protones se acercan hasta una distancia comparable a un radio protónico, la repulsión eléctrica equivale al peso de una “persona adulta”, lo que se traduce en una “barbaridad para dos partículas subatómicas”, dijo.
Rodríguez subrayó que la tierra se conforma desde su núcleo hasta la corteza terrestre, por lo que el símil más adecuado para entenderlo, en el caso del sol, sería ir desde su núcleo hasta la fotosfera, aspectos que dan nombre a su ponencia, que tuvo lugar durante la mañana del SOLPÉ.
Así, explicó que desde el núcleo hasta la fotosfera se encuentran otras fases intermedias, como son la zona radiactiva, la tacoclina y la zona convectiva. Con grades matices entre unas y otras, dado que en el caso del núcleo, su densidad es ocho veces superior a la del oro, puntualizó, con una temperatura superior a los diez millones de grados y un espesor de unos 140.000 kilómetros.
Aspectos que varían una rápidamente según la parte de cada estructura, porque la zona radiactiva, donde la energía se transporta a la superficie por radiación y aquí la temperatura oscila desde los dos a los 13 millones de grados, además de aumentar considerablemente su espesor (356.000 kilómetros).
No obstante, el profesor hizo énfasis en la denominada como tacoclina, al ser la “zona clave para la transición tanto para el mecanismo de transporte energético como de rotación sólida a diferencial”, trasladó para, comentar, que su espesor se disminuye considerablemente hasta los 7.000 kilómetros.
Las últimas dos fases se centran en la zona convectiva, que se caracteriza por una “alta opacidad”, donde la energía se transporta por convección y cuya temperatura disminuye hasta los 5.800 kelvin y su espesor sube hasta los 200.000 kilómetros.
Finalmente, la fotosfera, la cual Rodríguez calificó de “capa muy fina”, pero quiso dejar claro que “no se trata de una superficie”, un concepto que se suele escuchar, dijo. En esta fotosfera, en pocos cientos de kilómetros el interior deja de ser visible, cuya temperatura llega hasta los 5778 kelvin y su espesor varía entre los 400 y 500 kilómetros.
Además de poner sobre la mesa a los neutrinos solares, Rodríguez reseñó las manchas solares y la implicación en ellas de Galileo Galilei, quien las observó en 1610 gracias a la utilización de un telescopio, aunque no miró directamente al solo, por lo que para evitar daños oculares optó por proyectar su imagen en una pantalla.
Así, tras sus visualizaciones, comenzó a dibujar esas manchas que apreciaba, lo que tras el tiempo sirvió para demostrar el movimiento de las mismas y, por tanto, la rotación solar. En ese sentido, el ponente señaló que dichas manchas solares son originadas por intensos campos magnéticos.
La explicación se enmarca en que el número de manchas observadas aumenta y decrece de forma sucesiva con un periodo de unos once años, lo que se traduce en el llamado como ciclo solar. En él, los grupos bipolares del hemisferio norte solar muestran una orientación magnética opuesta a la de los grupos del hemisferio sur, donde se invierten en el respectivo periodo de otros once años, lo que, por tanto, el ciclo se conforma por 22 años, apostilló.




