El próximo 8 de abril llega a las librerías un “artefacto literario y emocional” de Laura Sanz Corada que reconstruye, desde la intimidad y la memoria colectiva, la historia de las trabajadoras de la mítica fábrica aguilarense
Jesús García-Prieto / ICAL
Hay historias que no desaparecen, que parece que se repliegan, que acaban por esconderse en las grietas de la memoria, en los gestos heredados, en las palabras que se repiten sin comprender del todo su origen. En los pueblos, esas historias se vuelven muchas veces paisaje. Están en el aire, en las conversaciones a media voz, en los silencios que nadie se atreve a romper del todo.
Durante décadas, en Aguilar de Campoo, la historia de las galleteras (aquellas mujeres que sostuvieron con sus manos la producción de una de las galletas más reconocibles del país) ha sido una de esas historias suspendidas, que quedó presente pero incompleta, recordada pero fragmentada, viva pero sin relato.
El próximo 8 de abril, esa memoria encuentra una forma nueva de existir. ‘Galleteras. La otra memoria de la galleta maría’, de Laura Sanz Corada (La Caja Books), llega a las librerías como algo difícil de clasificar, ya que no es exactamente ensayo, ni novela, ni crónica. Es, como la propia autora afirma, “un artefacto”. Y en esa palabra (artefacto) cabe todo. Desde lo literario, lo documental, lo íntimo a lo colectivo.

Laura Sanz Corada (Aguilar de Campoo, 1993) es escritora, poeta y antropóloga social. Su formación académica y vital la ha llevado a Granada, Montevideo, Friburgo, Buenos Aires y Nueva Delhi, ciudades en las que aprendió a mirar su tierra con otros ojos. Ha publicado los poemarios Matar la geografía de los cuerpos de piedra (Premio en el mar, 2022) y bruma calima (RIL, 2024), así como el ensayo La nostalgia del pastor es la mía en la revista digital Wimblu. En 2024 fue ganadora del I Premio de Poesía al Natural de Huétor Santillán, y su obra aparece en antologías y revistas como Anáfora, Caracol Nocturno y Zéjel.
“Considero el libro como un artefacto, no como una crónica, ni memorias sino como una suerte de novela documental, o autosociobiografía colectiva. Y que más allá del grado de veracidad de lo narrado, se trata de una construcción”, explica a Ical Laura Sanz. Esa declaración de intenciones no es solo formal, es una manera de posicionarse ante la memoria, de asumir que toda reconstrucción implica elección, mirada, incluso invención.

Pero también implica, sobre todo, una necesidad. La historia que estaba delante. Durante años, la historia estuvo ahí, frente a ella literalmente, en su casa, en su madre, en las conversaciones cotidianas, pero no siempre es fácil ver lo que se tiene demasiado cerca. “La verdad es que tardé en darme cuenta de que era una historia que tenía que ser contada o que tenía que contar. La tenía en frente de mis ojos, pero he tardado muchos años en darme cuenta”, reconoce. Y añade algo que atraviesa todo el libro. “Soy hija de galletera, lo he vivido, lo he mamado desde bien pequeña”.
Esa cercanía, lejos de facilitar el relato, lo dificultó durante mucho tiempo. La falta de distancia, el exceso de familiaridad, actuaban como una especie de niebla. Solo después de marcharse, de vivir fuera, de tomar perspectiva, las imágenes comenzaron a regresar con insistencia. “Cuando empiezo a escribir poesía o intento también empezar con la ficción, vuelve a mí esta imagen todo el rato de una fábrica de dulces, una fábrica de galletas y este trabajo de las mujeres. Y digo, claro, es que aquí están las galleteras”.
Así empieza todo, con una imagen que no deja de volver. Durante décadas, la fábrica fue mucho más que una estructura industrial. Fue un ecosistema, un centro neurálgico que articulaba la vida económica, social y emocional de Aguilar de Campoo. Allí no solo se producían galletas, se producían relaciones, rutinas, identidades. “El texto fue muy impulsado por la invitación de Alberto Corada, historiador local de Aguilar de Campoo. Él fue quien me invitó a que hiciera una pequeña investigación sobre Fontaneda y cómo eso impactó a las mujeres o a la sociología de las mujeres en Aguilar”.
La galleta maría (ese icono aparentemente sencillo, presente en desayunos, meriendas y recuerdos de infancia en todo el país) tenía detrás una complejidad invisible. Una cadena de trabajo sostenida, en gran medida, por mujeres. Mujeres que entraban a trabajar siendo casi niñas. “Mucha gente empezó con catorce años, muy, muy jovencitas”, recuerda la autora. Una realidad que hoy parece lejana, pero que apenas dista una generación. Su propia madre forma parte de esa historia.
El trabajo era duro, repetitivo, exigente. Las manos no descansaban. “Ellas reivindican también su constante trabajo… estaban todo el rato tira a tira”, explica. Mientras tanto, los hombres ocupaban en mayor medida puestos de responsabilidad o tareas distintas dentro de la fábrica. Sin embargo, lo que emerge en el libro no es un relato unidimensional del esfuerzo. Hay algo más.

Cuando Sanz comienza a conversar con las galleteras, espera encontrar, sobre todo, relatos de trabajo, de esfuerzo, de dureza y los encuentra, pero junto a ellos aparece algo que no había previsto con tanta intensidad, el disfrute. “De repente ellas recuerdan sobre todo los momentos de ocio y de disfrute. Entonces un libro que parecía que iba a hablar de trabajo… de repente deriva hacia el disfrute, la alegría y el compartir entre amigas”.
Esa deriva no es casual. Tiene que ver con la forma en que funciona la memoria, especialmente cuando es colectiva. “Por tratar de evitar quizás la herida… de repente ellas recuerdan sobre todo los momentos de ocio”, explica. No es un olvido, sino una elección. Una forma de habitar el pasado sin quedar atrapadas en él.
Y hay algo profundamente revelador en ese gesto: la fábrica no fue solo un espacio de explotación, sino también de comunidad, de vínculos y de vida compartida. “Cuando se juntaban… una empezaba a relatar un recuerdo, la otra sumaba y enriquecía el recuerdo, se reían”, cuenta la autora. En esa construcción coral del recuerdo, la memoria se vuelve más llevadera. Más habitable.
Pero no todo se dice. Uno de los elementos más poderosos del libro es la presencia del silencio. No como ausencia, sino como signo. Como huella de algo que no puede o no quiere nombrarse del todo. “Cuando empiezo a investigar con estas mujeres, veo que hay muchísimos silencios, muchas respuestas que esquivan también como el corazón”, explica Laura.
Esos silencios se vuelven especialmente densos cuando se aborda el conflicto laboral. El expediente de regulación, las protestas, los despidos, el cierre. Momentos que dejaron una marca profunda. “Muchas de ellas no podían hablar de ello sin echarse a llorar”, recuerda con tristeza.
Y, sin embargo, ese dolor no siempre se traduce en relato, a veces se transforma en otra cosa como en evasión, en cambio de tema, en risa inesperada. La autora ofrece una interpretación sugerente. “El silencio que ellas han podido tener… quizás es un reflejo del silencio que hubo cuando ellas se sintieron tan solas”. Es decir, que el silencio no nace solo del dolor, sino también del abandono.

A lo largo del libro aparece una idea recurrente, casi insistente como es la deuda. “Aguilar tiene una deuda con las galleteras”, afirma la autora. Una deuda que no se limita a lo institucional, sino que tiene que ver con la memoria colectiva. Con la forma en que se ha contado (o no) esa historia.
Porque Aguilar sigue siendo, en el imaginario, el “pueblo de las galletas”. Ese relato sigue vigente. Pero, ¿qué ocurre si se elimina la galleta de la narración? “Me gustaría hacer el ejercicio de intentar narrarnos sin mencionar a la galleta. Y claro, queda un pueblo completamente distinto”, reflexiona.
Esa dependencia simbólica revela hasta qué punto la identidad se ha construido en torno a un producto. Y, al mismo tiempo, hasta qué punto se ha simplificado una historia mucho más compleja. Galleteras pone en valor la cadena de trabajo silencioso y feminizado que se hallaba tras la galleta maría de Fontaneda, un dulce anclado firmemente en el imaginario colectivo de todo el país.

Uno de los aspectos más interesantes de Galleteras es su conciencia de sí mismo como relato construido. No hay una pretensión de objetividad total. Al contrario. “Más allá del grado de veracidad de lo narrado, se trata de una construcción”, insiste Laura.
Esa idea se refleja en la estructura del libro, en la convivencia de voces, en la mezcla de registros. Hay testimonios directos, pero también hay una voz narrativa que agrupa, interpreta, conecta. “No es la autora, es una narradora que alberga también una multitud de hijas de galleteras”, explica. Ese “yo” múltiple permite ampliar el foco. Convertir una experiencia individual en algo compartido. Mostrar que la memoria no pertenece a una sola persona, sino a una comunidad.
En el centro de todo, inevitablemente, está la familia. La madre de la autora ocupa un lugar destacado en el libro. No solo como testigo, sino como símbolo. Como representante de muchas otras. “Se sorprendió de ser tan protagonista, pero ha sido muy generosa”, cuenta Laura. Y es que la figura de la madre se entrelaza con otras, con las de las compañeras, las amigas, las otras Marías. Porque hay algo casi simbólico en ese nombre repetido. “Todas eran María y eso también conecta de lleno con la María Fontaneda”, señala. Esa coincidencia no es anecdótica. Refuerza la idea de colectividad. De identidad compartida.

Más allá de lo humano, el libro abre una mirada hacia el entorno. Hacia aquello que suele quedar fuera de los relatos industriales. “Para que la galleta exista, al final tiene que haber una fuerza de un río que baja de una montaña para moler el grano”, explica la autora. Ese gesto (mirar hacia el origen material de las cosas) añade una dimensión nueva. Conecta la fábrica con el paisaje, la industria con la naturaleza. “Creo que recoge significados que no son muy visibles, pero que están ahí”, afirma.
En ese sentido, Galleteras no solo reconstruye una memoria social, sino también una memoria territorial, integrando el archivo industrial con el familiar y los testimonios de la generación de trabajadoras que entró siendo niña, combinando la ciencia antropológica con la poesía.
El cierre de la fábrica, del que ahora se cumplen 24 años, sigue siendo una presencia incómoda. No tanto por lo que fue, sino por lo que no ha terminado de elaborarse. “Fue algo traumático y no se ha hecho realmente nada con ello”, afirma la autora.
La desaparición física del edificio “muy impresionante de ver” simboliza también una pérdida simbólica. Un vacío. De ahí surge una propuesta implícita como es la necesidad de crear espacios de memoria. De reconocer lo ocurrido no solo como un episodio económico, sino como un hecho emocional.

Al final, todo el libro puede leerse como un intento de regreso. “Creo que escribo para acercarme a Aguilar”, dice Laura, que abandonó el pueblo, su pueblo con la mayoría de edad recién cumplida. Una frase sencilla que contiene toda la carga del proyecto. Escribir como forma de volver. De entender. De reconciliarse. “¿Quién soy? ¿De dónde vengo?”, se pregunta y en esas preguntas, “que todo ser humano se ha hecho alguna vez” se condensa el sentido último del libro.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que sintieran los lectores, la autora no habla de grandes conceptos. No menciona la justicia ni la reparación. Va a algo más íntimo. “Que bonito ver a Aguilar escrito”, dice. “Creo que esto es algo que a mí como lectora me ha faltado siempre, de alguna forma, de repente me conformaba con una novela que estaba escrita o ambientada en Montaña Leonesa o en Cantabria”, concluye Laura con la esperanza de no solo recuperar una historia, sino de transformarla, de convertirla en algo que ya no puede desaparecer.





