Jesús García-Prieto / ICAL
Hay personas que acumulan años y personas que acumulan historias. Bernardo Negueruela pertenece claramente al segundo grupo. A sus espaldas lleva una vida marcada por desafíos que para muchos serían suficientes para llenar varias existencias: ha corrido la Maratón de Nueva York, ha completado el reto del millón de pasos del Camino de Santiago, ha cruzado el Atlántico y el Pacífico a vela, ha ascendido el Kilimanjaro, se ha internado en la Amazonía en busca de tribus primitivas, ha convivido con gorilas en Uganda y ha recorrido cerca de un centenar de países.
Ahora suma un nuevo capítulo a esa colección de experiencias. El documental ‘Donde el tiempo se congela. 80º Norte’, disponible en Amazon Prime Video, recoge la expedición que llevó al aventurero palentino hasta uno de los territorios más extremos y remotos del planeta: el Ártico. Sin embargo, para Negueruela la verdadera historia no está en los kilómetros recorridos, ni en las temperaturas bajo cero, ni siquiera en la dificultad de alcanzar parajes que apenas han pisado unas pocas personas en el mundo. El mensaje que quiere transmitir es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: la edad no debe convertirse en una frontera.
Su discurso se aleja de cualquier intento de desafiar el paso del tiempo. No habla de eterna juventud ni de fórmulas milagrosas. Habla de curiosidad, de proyectos y de la necesidad de seguir sintiendo ilusión por aprender. «La verdadera juventud no está en la fecha de nacimiento, sino en el espíritu, en la actitud y en la capacidad de seguir ilusionándose con nuevos proyectos», explica a la agencia Ical.
Esa filosofía ha guiado una trayectoria que hoy le convierte en un referente para muchas personas que observan cómo la jubilación suele ir acompañada de un mensaje implícito de retirada. Negueruela se rebela precisamente contra esa idea. Detrás de cada expedición existe una preparación exigente. No basta con estar en forma ni con reunir recursos económicos. Para él, la aventura comienza mucho antes de emprender el viaje. «En principio la preparación tiene tres partes fundamentales. Una es las ganas de prepararte. La capacidad de decir: empiezo un nuevo proyecto, tengo mucha ilusión, mucha inquietud y mucha curiosidad».
A partir de ahí llega el trabajo físico, pero también el mental. Y en esa combinación encuentra una de las claves que explican cómo sigue afrontando retos que muchos considerarían imposibles. «Es más fácil que lo logres con una mala preparación física y una buena preparación mental que con una preparación física muy buena y sin preparación mental».
La experiencia, sostiene, le ha enseñado que la cabeza acaba siendo tan importante como las piernas. Especialmente cuando los desafíos exigen convivir con el cansancio, la incertidumbre o el miedo. Cada aventura deja además una especie de vacío. Tras alcanzar una meta llega un periodo de reposo, incluso de agotamiento emocional. Pero siempre aparece un nuevo proyecto capaz de volver a ponerlo en marcha: «Cada vez que termino un proyecto me entra una especie de cansancio que me deja muy parado. Luego me hace falta un nuevo proyecto que me da ilusión y ya empiezo a entrenarme otra vez».
Entre todos los escenarios que ha conocido, el Ártico ocupa ya un lugar especial. La expedición reflejada en ‘Donde el tiempo se congela. 80º Norte’ le llevó hasta Svalbard, el archipiélago noruego situado en el océano Glacial Ártico, una de las regiones más inhóspitas del planeta. Allí, el frío, el hielo, la soledad y la inmensidad del paisaje transforman cualquier desplazamiento en un desafío físico y psicológico. «Es de las cosas más duras que puedas echarte a la cara», asegura.
La dureza no se explica únicamente por las condiciones meteorológicas. También influye la sensación de aislamiento permanente. «Es un paraje muy poco habitable. Desde ese punto de vista es muy duro. Y luego está la convivencia, la capacidad mental para soportar el cansancio físico y las horas. Todo se nos hizo muy duro». Sin embargo, hubo algo que le impresionó todavía más que las bajas temperaturas. «Pensar que estábamos en un lugar donde muy pocas personas del mundo habían llegado a pisar». La imagen permanece grabada en su memoria. «Tú miras a tu alrededor y es que no había nada. Entonces eso te daba una sensación muy especial».
El sonido del silencio
Quienes han viajado a lugares extremos suelen hablar de paisajes espectaculares o de fenómenos naturales difíciles de describir. Negueruela recuerda sobre todo el silencio. Un silencio absoluto, casi inquietante. «De repente oyes solo algún graznido de algún ave, un leve viento y no escuchas nada más».
Acostumbrado, como cualquier habitante del mundo moderno, a convivir con un ruido constante, aquella ausencia de sonidos llegó a producirle vértigo. «Te das cuenta de que es silencio total y a veces te crea cierto vértigo». La experiencia le permitió comprender hasta qué punto la sociedad actual vive rodeada de estímulos permanentes. Allí, en cambio, la naturaleza imponía otro ritmo. No había tráfico, conversaciones, teléfonos ni pantallas. Solo hielo, viento y una inmensa sensación de pequeñez.
Si hay una palabra que aparece una y otra vez en el relato de Negueruela es miedo. No lo esconde ni lo considera una debilidad. Al contrario. Lo entiende como una compañía inevitable. «El miedo te acompaña siempre. En todos estos proyectos el miedo está desde que empiezas a pensarlo».
Ese temor adopta muchas formas: miedo a no estar preparado, a no ser capaz de completar el reto, a sufrir un accidente o simplemente a fracasar. Pero lejos de paralizarle, se ha convertido en un elemento más de la aventura. «El miedo no desaparece hasta que estás en casa y empiezas a revisar todo lo que ha ocurrido».
Por eso rechaza la idea de quienes presumen de no tenerlo. «El que no tenga miedo es un irresponsable. Hay que convivir con él».
Esa filosofía volvió a ponerse a prueba durante la expedición ártica. Las travesías en barco se desarrollaron con el mar muy agitado y los desplazamientos sobre glaciares obligaron a avanzar entre grietas y cortados. «Había momentos en que pensábamos que no llegábamos al paralelo 80». Recuerda especialmente la imagen de un bastón que cayó por una grieta y desapareció en cuestión de segundos. «Pensabas que si en vez del bastón soy yo, aquí se acabó mi vida».
La participación de Negueruela en el documental llegó después de un complejo proceso de selección. Una convocatoria nacional reunió a centenares de aspirantes. Tras varias fases de entrevistas y pruebas físicas, únicamente cinco personas fueron elegidas para la expedición. Pero más allá de la aventura, el proyecto tenía otro objetivo. Todos los participantes superaban los 65 años. «Lo importante es transmitir que la edad solo es un número y no es un límite».
Ese mensaje atraviesa toda la película y también buena parte de las reflexiones que el aventurero palentino comparte cuando habla de su trayectoria. A su juicio, la sociedad sigue imponiendo barreras invisibles a quienes alcanzan determinadas edades. «Hay un edadismo ambiental que te hace sentir que ya has acabado».
La jubilación, lamenta, suele interpretarse como una retirada general de la vida activa. «A ti te jubilan del trabajo, pero parece que también te has jubilado de la vida». Y ahí es donde sitúa su principal batalla. «Me puedes jubilar del trabajo, pero no de la vida».
Negueruela insiste en distinguir dos conceptos que con frecuencia se confunden. Por un lado está la edad biológica. Por otro, la actitud. «Yo siempre digo que distingo entre viejo y persona mayor». Él se considera una persona mayor. Alguien que acumula experiencia, pero que sigue manteniendo intacta la curiosidad. Lo que critica es la tendencia social a asumir que, a partir de cierta edad, los sueños deben archivarse. «El ambiente es muy propenso a que te digan: ya eres mayor, ya no tienes edad».
Frente a esa visión reivindica la necesidad de mantener proyectos. No tienen por qué ser expediciones al Ártico ni ascensiones al Kilimanjaro. Pueden ser actividades mucho más sencillas. «Hacer el Camino de Santiago tranquilamente ya es un proyecto». Lo importante, sostiene, es seguir teniendo metas. «La clave de todo esto para no envejecer es tener proyectos».
Entre las experiencias que recuerda con más intensidad figura la convivencia con una familia de gorilas en Uganda. No se trató de una visita rápida, sino de varios días compartiendo espacio con los animales y observando su comportamiento. Aquella experiencia cambió su manera de mirar. «Lo de los gorilas tiene un componente humano tremendo».
La observación cercana le permitió descubrir gestos, miradas y comportamientos sorprendentemente familiares. «Te hipnotizabas viendo esos gestos tan humanos, esa forma de mirar». También allí apareció el miedo. Recuerda especialmente a uno de los machos jóvenes observándole a apenas dos metros de distancia mientras sostenía un palo. «Yo pensaba: como me dé, aquí se acabó todo». Finalmente el animal dejó caer el palo y se alejó. Pero la escena permanece grabada en su memoria como uno de esos instantes que resumen la intensidad de un viaje.
Paradójicamente, una de las partes favoritas de cualquier aventura llega cuando termina. Cuando regresa a Palencia. Negueruela reconoce que necesita la tranquilidad de su tierra para procesar todo lo vivido. «Palencia te permite preparar estos proyectos y luego revisarlos y revivirlos». Después de semanas o meses de actividad intensa, encuentra en su ciudad el lugar perfecto para reflexionar.
Allí analiza experiencias, extrae enseñanzas y empieza a imaginar el siguiente desafío. También recupera algunos pequeños placeres cotidianos. Entre ellos, uno muy concreto. «La comida es de las cosas que más echas de menos». Por exóticos que sean los destinos, siempre hay algo que tira de vuelta hacia casa. «He llegado agotado de algunos viajes y antes de nada quería una tortilla de patata», reconoce entre risas.
Aunque acumula experiencias suficientes para llenar varios libros, Bernardo Negueruela todavía no habla en pasado. Tiene proyectos en cartera, destinos que sigue investigando y nuevas ideas rondándole la cabeza. Confiesa que en los últimos años sus viajes han incorporado un componente más humano. Menos centrado en alcanzar un lugar concreto y más interesado en las personas que encuentra por el camino. Prefiere no revelar demasiados detalles para no «gafarlos», como bromea. Pero deja claro que la aventura continúa.
Mientras tanto, sigue recopilando diarios, reflexiones y notas de viaje con la idea de transformarlas algún día en publicaciones. Será otro proyecto más. Porque si algo ha aprendido después de cruzar océanos, caminar sobre glaciares y convivir con gorilas es que la vida nunca deja de ofrecer caminos. «Nunca es tarde», asegura.
Y para quienes creen que ya han dejado pasar su oportunidad, tiene una receta sencilla. «Todo gran viaje empieza con un paso pequeño. Lo primero que tienes que hacer es levantarte del sofá y dar un primer paso».
Quizá esa sea la verdadera enseñanza que deja el aventurero palentino tras décadas recorriendo el mundo. No que todos deban viajar al Ártico ni buscar experiencias extremas, sino que la ilusión sigue siendo una fuerza poderosa a cualquier edad. Que los límites son muchas veces más culturales que reales. “Cuanto más ves por ahí, más reflexionas, más te das cuenta de que la vida es mucho más sencilla y te das cuenta que las personas somos iguales en muchos países, salvando muy poquitas diferencias”, concluye.




