Reportaje publicado en la revista D-Castilla y León, editada por iMediaCyL, grupo al que pertenece Palencia en la Red
23 de septiembre de 1940. Un tren procedente de Madrid se detiene en la estación de Palencia, tras 16 horas de viaje en las que un grupo de reclusos, hacinados en vagones de mercancías sobre yacijas de paja, son trasladados desde la cárcel de Conde de Toreno, en pleno centro de la capital. Uno de ellos es el poeta Miguel Hernández, cuya pena de muerte, sentenciada por sus ideas contrarias al Régimen, ha sido conmutada a 30 años de prisión, gracias a la intervención de algunos amigos con buenos contactos.
Miguel Hernández deja en Cox, Alicante, a su esposa Josefina Manresa y su hijo Manolillo, a los que lleva un año sin ver. “Como ves, estoy hecho un turista de cárcel a cárcel”, le escribe el poeta a Josefina en la primera misiva enviada al día siguiente de su viaje en tren, hacia la que sería la sexta prisión de su peregrinaje. Llega a la capital castellana junto con otros 244 presos políticos -según el dato que aportan algunos testimonios-, que serán trasladados a las dos prisiones habilitadas en la ciudad al término de la Guerra Civil.
Una de ellas es la Prisión Provincial, un edificio construido a finales del siglo XIX, de planta radial y con capacidad para un centenar de internos en unas 80 celdas y tres patios, en los que se hacinan más de mil hombres.
Su primer día en la cárcel, los presos políticos viven la falsa ilusión de haber llegado a un lugar un poco más amable que las cárceles anteriores. El 24 de septiembre se celebra la fiesta de la Merced, por lo que la Prisión Provincial está engalanada con guirnaldas, se sirve una comida decente e incluso se deja a los internos pasear de la mano con sus hijos menores de 7 años, a quienes se da una limosna.
Pero, pasada la fiesta, la realidad desvela su verdadera cara: hambre, frío y hacinamiento. El poeta de Orihuela compartirá la celda 23 con otras nueve personas en apenas 6 metros cuadrados. Duermen sobre sencillos petates y tienen un orinal en el centro, con tan poco espacio, que tienen que tener cuidado de no volcarlo y manchar de orín las mantas de sus compañeros.

“Las alpargatas no valen para esta tierra”
El poeta oriolano llega al otoño palentino vestido con prendas levantinas. Pero, tal y como le escribe a Josefina, “las alpargatas no valen para esta tierra”. La comida es escasa, como en toda la España de posguerra, aunque pronto se da cuenta de que hay “buen pan”. Dado que Miguel no conoce a nadie en Palencia, no goza del apoyo que había tenido en las cárceles madrileñas, donde amigos como la familia de Luis Rodríguez Isern –a quienes escribe desde Palencia– le pueden lavar la ropa y llevar algo de embutido o fruta. Sin embargo, pronto entabla amistad con un recluso palentino, Mariano de la Vega, cuya madre se hace cargo de lavar su ropa y ayudarle en lo posible.
La vida es dura en la cárcel palentina. No solo por la escasez de alimentos y el hacinamiento, sino también por unas temperaturas a las que el poeta no está acostumbrado.
De las 9 postales que le envía a su esposa –no le está permitido escribir cartas largas–, en muchas de ellas insiste en que le envíe botas y ropa de abrigo. Uno de los testimonios más valiosos, recogidos por el periodista Julián García Torrellas en el libro “Miguel Hernández en la Cárcel de Palencia”, es el de Melquesidez Rodríguez, un preso trasladado desde Madrid junto a Miguel Hernández e internado en la misma celda número 23.

“En invierno las temperaturas eran muy bajas y el aire azotaba por todas partes en aquellos patios tan pequeños. No podíamos pasear normalmente. Se hacían dos «ruedas»: una circulaba dentro de la otra. La menor era formada por los de mayor edad, porque andaban lentamente; la mayor, por los más jóvenes. Si nos parábamos nos quedábamos helados, y si andábamos nos moríamos de cansancio a causa de la deficiente alimentación y debilidad», relató a García Torrellas.
“Hace frío de verdad aquí. Al que le da por reírse le queda cuajada la risa en la boca, y al que le da por llorar, le queda el llanto hecho hielo en los ojos”, describe Miguel Hernández a Josefina.
Un frío, sin embargo, que el autor comienza a sentir como beneficioso, pues alivia las fuertes jaquecas que sufre. Desde su llegada, y sobre todo al entablar amistad con la familia De la Vega, Hernández trata de convencer a su esposa, en cada postal, de que lo mejor es que se traslade con el niño a vivir a Palencia.
Josefina y Manolillo apenas tienen bocado que llevarse a la boca –han pasado unos pocos meses desde aquellas “Nanas de la cebolla” que marcarían la historia de la literatura universal–, a pesar de la ayuda que amigos como el diplomático de Chile Germán Vergara –del entorno de Pablo Neruda– o el poeta Vicente Aleixandre le prestan a la joven y al bebé.
Así que, en Palencia y con la instrucción de quedarse en esta cárcel hasta el final de su condena, el poeta, que cumple aquí su 30 cumpleaños, se da cuenta de que lo mejor es que Josefina y Manolillo se instalen en la ciudad castellana. El 9 de octubre, le escribe: “Es muy posible que encuentre pronto una casa donde puedas venir a vivir. Aquí hay mucho trabajo de modista, mucho pan, y podremos vernos, que ya es hora (…). Además, nuestro hijo se criará más fuerte porque esto es muy sano”.
La negativa de Josefina a venir, por falta de recursos y por miedo a alejarse de los familiares que tiene en Cox y en Orihuela, es motivo de desvelo para el poeta, preocupado por la salud de su esposa y su hijo y deprimido por no poder verlos. Tan solo tiene una foto del niño, “a la que le doy mi repaso diario”, tal y como escribe el 14 de noviembre.
El tiempo en la cárcel
Durante su ingreso en la Prisión Provincial de Palencia, el poeta llevaba “vida de fraile”. Con una actividad limitada a los paseos por el patio y a la biblioteca, se entregó al estudio de idiomas (inglés y francés) y colaboró activamente en los programas espontáneos que los presos más intelectuales, llegados de Madrid, ponían en marcha para impartir clases a los presos campesinos, la mayoría del Cerrato.

Hernández les hablaba de poesía y literatura, pero también de su viaje a la Unión Soviética o Inglaterra, o incluso de topografía y otros conocimientos de cultura general. Una de las incógnitas era el posible –y secreto– apoyo que pudo recibir por parte de algún funcionario, según recoge la investigación de García Torrellas. Y es que, cuando fue trasladado a Ocaña desde Palencia, Miguel Hernández le contaría a Buero Vallejo que en Palencia podía trabajar y a veces le daban una botella de leche.
Las cartas a Josefina son, según lo definiría el biógrafo Juan Guerrero Zamora, “una serie de encubrimientos consoladores”. El poeta suaviza los detalles sobre su vida en prisión para tranquilizarla, mientras, a su vez, ella le oculta información sobre las penurias que atraviesa para alimentar a su hijo. Sin embargo, ambos son conscientes de dichos encubrimientos.
“Cuando vengas te diré toda la verdad”, confiesa él en su postal del 16 de octubre. Y es que, según describe García Torrellas en su investigación, “antes de ser trasladado a Palencia, en ningún momento le había dicho a Josefina que había sido condenado a treinta años ni que antes había estado condenado a muerte. Hasta seis meses después de la celebración del consejo de guerra, Miguel Hernández no le dijo a su mujer que había sido juzgado”. Mientras el tiempo pasaba, el poeta ponía todas sus esperanzas en las gestiones de sus amigos.

Traslado a Madrid
Fueron esas gestiones, precisamente, las que posibilitaron su traslado a la prisión madrileña de Ocaña, el 24 de noviembre: el encargado de la Embajada de Chile, Germán Vergara, acababa de regresar a Madrid. Con la intención de acercar a su amigo a Alicante, medió para su traslado a Ocaña, al tiempo que comenzó a pasarle dinero a Josefina para la manutención del pequeño.
Una de las incógnitas que dejan los testimonios y las cartas de Miguel Hernández es si salió enfermo de la prisión palentina. Si bien el poeta confesó que aquí había sufrido una hemorragia, varios testigos aseguraron que había llegado fuerte a Ocaña. No obstante, la deficiente alimentación y el hacinamiento de su “turismo carcelario”, como él lo definía, terminó sesgando su salud, hasta perder la vida el 28 de marzo de 1942 en la prisión de Alicante, víctima de tuberculosis.

Un espacio homenaje
Las antiguas celdas y patios de la Prisión Provincial de Palencia, escenario de esta historia, hoy son un espacio totalmente diferente. El Centro Cultural Antigua Cárcel – Lecrác (cárcel, al revés) entró en funcionamiento en 2014, una vez concluidas las obras de reforma que han preservado los muros de estilo neomudéjar, integrándolos con espacios modernos y luminosos que hoy albergan salas de estudio, exposiciones, un auditorio, dependencias municipales o una gran biblioteca.
Un homenaje a la cultura y a las letras que, lejos de olvidar, es capaz de darle la vuelta a la memoria.





