Jesus García-Prieto / ICAL
La Guerra Civil española, las trincheras enfrentadas y una familia dividida por las ideologías sirven a Asier Aparicio para construir una historia que trasciende el conflicto bélico y se adentra en las consecuencias humanas del odio. El escritor, palentino de adopción, recupera en ‘Anaiak’ (hermanos, en euskera) el frente norte de la contienda para plantear una reflexión sobre el rencor, la venganza y la dificultad de mirar al pasado sin trasladar al presente los enfrentamientos de hace nueve décadas. La obra, que concibió hace cinco años y acaba de publicar, se presenta este domingo en el Salón del Libro Teatral, en el Teatro Valle-Inclán de Madrid, dentro de un volumen que incluye también ‘Un buen español’, un monólogo dedicado a la figura del ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos. Ambas obras se presentarán en Palencia el próximo 5 de noviembre, en la Librería Ateneo.
La historia de ‘Anaiak’ nace de la confluencia de tres elementos: las raíces vascas del autor, la memoria familiar de la Guerra Civil y el lenguaje narrativo del western. Aparicio nació en Barakaldo, pasó su primer año de vida en Durango y conserva vínculos familiares con Bilbao, donde transcurrió buena parte de la vida de su familia materna. Sin embargo, fue durante una visita al monte Archanda, en las inmediaciones de la capital vizcaína, cuando aquellas raíces adquirieron una dimensión literaria y se convirtieron en el punto de partida de una obra teatral.
Allí, mientras recorría un escenario vinculado a la resistencia republicana durante la caída de Bilbao, el escritor profundizó en la historia de su abuelo materno, que había combatido en el frente vasco y participado en la defensa del conocido como Cinturón de Hierro. Tras la toma de la ciudad, tuvo que retirarse y tratar de escapar hacia Castilla, donde finalmente fue capturado.
A esa historia se sumaba un detalle familiar que, para Aparicio, resume la fractura que provocó la contienda ya que el hermano de su abuelo había combatido en el bando contrario. Los dos estuvieron, por tanto, en trincheras enfrentadas durante la guerra, en un país donde las diferencias políticas llegaron a separar a personas unidas por lazos de sangre.
“Me pareció muy significativo de lo que fue España y de un peligro que todavía tenemos que exorcizar como el del odio y el de romper familias por causa de las ideologías”, explica el autor a la agencia Ical. Asier encuentra en aquella experiencia una de las claves de la obra. La historia de su abuelo y la de su tío abuelo no se trasladan literalmente a los personajes de la pieza, pero constituyen el trasfondo emocional desde el que aborda una guerra que dividió comunidades, amistades y familias.
La distancia entre las posiciones ideológicas y la experiencia concreta de quienes sufrieron la contienda es, precisamente, uno de los ejes de ‘Anaiak’. Aparicio no pretende construir una obra de tesis ni ofrecer una interpretación cerrada de la Guerra Civil, sino situar a sus personajes en circunstancias extremas para observar cómo reaccionan ante ellas. “La guerra es un pretexto”, resume, en referencia al conflicto personal que mueve al protagonista.
Javier, el personaje central, está obsesionado con encontrar al responsable de la muerte de su hermano. Su búsqueda de justicia se transforma progresivamente en una necesidad de venganza que amenaza con desplazar cualquier otro principio. En un escenario dominado por la violencia, las ideas que inicialmente justificaban la lucha pierden terreno frente al resentimiento y la voluntad de imponerse al adversario.
El autor sitúa la acción en el País Vasco, en un frente norte donde confluyeron motivaciones políticas, religiosas, sociales y territoriales muy diversas. Republicanos, revolucionarios o nacionalistas vascos participaron en un conflicto que no puede reducirse, a su juicio, a una división sencilla entre dos posiciones homogéneas. Las contradicciones de aquel escenario le permiten mostrar cómo personas con convicciones diferentes quedaron atrapadas en una espiral de violencia.
Aparicio recuerda, entre otras particularidades, la presencia de gudaris de tradición católica y de sacerdotes vascos comprometidos con la República. También alude al papel de la aviación alemana e italiana en el desarrollo de la guerra en el norte. La complejidad de aquel contexto histórico constituye el marco de una historia que, sin renunciar a la documentación, se centra en las decisiones individuales y en las consecuencias que estas tienen sobre los demás.
“Al final, todos los motivos se disuelven en el rencor, porque ya nadie se acuerda realmente de por qué ideal lucha”, señala. La progresión del conflicto lleva a los personajes a abandonar, o al menos relegar, los principios con los que comenzaron a combatir. En ese punto, la guerra deja de ser una disputa entre proyectos políticos y se convierte en una lucha por sobrevivir, vengarse o destruir al contrario.
La frase “la guerra la ganará el lobo más feroz”, que aparece en la obra, condensa esa evolución. Para el escritor, la violencia termina imponiendo sus propias reglas cuando el odio se convierte en el motor de las acciones. La identidad del personaje o el bando al que pertenece pasan entonces a un segundo plano frente a una experiencia humana que puede reproducirse en escenarios distintos.
Por eso, Aparicio insiste en que ‘Anaiak’ no busca justificar a unos protagonistas frente a otros ni establecer una equivalencia ideológica entre las posiciones enfrentadas. Su intención es explorar las reacciones humanas que surgen en una situación límite y mostrar cómo el resentimiento puede imponerse sobre las convicciones iniciales. “No importa que el protagonista sea de un bando o sea de otro. Esto pasó en ambos bandos”, afirma.
La elección del western responde a esa misma búsqueda. El escritor considera que las guerras son territorios de frontera, espacios de soledad y supervivencia en los que las pasiones humanas se manifiestan con especial intensidad. El género cinematográfico le ofrece un lenguaje adecuado para abordar ese paisaje moral, donde la camaradería, la violencia y el rencor pueden desencadenar acciones inmediatas y consecuencias irreversibles.
“En los territorios de frontera es donde se juega el todo por el todo o donde las historias personales encuentran su marco”, explica. El referente no es únicamente estético. El western permite concentrar la atención en individuos enfrentados a decisiones extremas y en los dilemas que aparecen cuando las normas habituales dejan de funcionar.
Esa dimensión humana también está presente en el recuerdo que Aparicio conserva de su abuelo. Pese a haber sufrido la cárcel, la amenaza de muerte y las dificultades de regresar a la vida civil después de la contienda, nunca le vio hablar de aquella etapa con odio. Su testimonio, transmitido sin ira y sin ánimo de revancha, se convirtió en una referencia personal para el escritor.
“Cuanto más se vivió aquello, menos se quiere repetir”, reflexiona. Frente a las posiciones irreconciliables, recuerda a un hombre que mantuvo amistades de distintas procedencias y fue capaz de hablar de la guerra con serenidad. El autor interpreta esa actitud como una forma de superar el trauma y de evitar que la memoria se convierta en una prolongación de la lucha.
En su opinión, esa disposición a escuchar al otro constituye una de las enseñanzas que pueden extraerse de la experiencia de quienes vivieron la Guerra Civil. “Podemos sentarnos en una mesa a hablar de ideas, aunque sean totalmente contrarias”, sostiene e incluso, añade, es posible dejar las diferencias ideológicas a un lado para buscar soluciones a los problemas concretos.
La reflexión conecta con su preocupación por el modo en que se aborda actualmente la memoria histórica. Aparicio considera que el pasado debe estudiarse con rigor y sin seleccionar únicamente aquellos episodios que confirman las convicciones de cada cual. A su juicio, una memoria condicionada por los prejuicios corre el riesgo de alimentar nuevos enfrentamientos en lugar de ayudar a comprender lo sucedido.
“Para hacer memoria hay que dejar a un lado el resentimiento”, afirma. El escritor defiende que se escuche a los historiadores y que los acontecimientos se analicen atendiendo a las circunstancias de quienes los protagonizaron, sin proyectar automáticamente sobre ellos las categorías y los debates del presente.
Su propósito es que el espectador se acerque a ‘Anaiak’ sin una predisposición a reconocer un relato favorable a sus propias ideas. La obra está ambientada en un periodo histórico concreto, con personajes que actúan de acuerdo con las condiciones de su tiempo. Lo que pretende trasladar al público es, sobre todo, una radiografía del rencor y de sus consecuencias, un retrato que considera vigente porque las sociedades continúan encontrando motivos para subrayar sus diferencias en lugar de reconocer el sufrimiento compartido.
Adaptación al teatro
La adaptación de una guerra de grandes dimensiones a las posibilidades del escenario ha sido otro de los retos de la escritura. El proyecto podría haber adoptado la forma de una novela, reconoce Aparicio, especialmente por la amplitud de escenarios, movimientos militares y personajes que implica el conflicto. Sin embargo, su interés por los protagonistas terminó inclinando la balanza hacia el teatro.
“Cuando veo personajes muy potentes, me caen los escenarios y me quedan los personajes”, explica. La obra concentra la acción en espacios reducidos, como un búnker o un nido de ametralladoras, desde los que el público puede reconstruir el alcance de la batalla a través de las vivencias de quienes la padecen.
El procedimiento le permite recurrir a los diálogos y a las decisiones de los personajes para transmitir la intensidad de los acontecimientos sin necesidad de reproducirlos a gran escala. Aparicio relaciona esta forma de abordar la historia con la idea de la intrahistoria, centrada en cómo los grandes procesos afectan a las vidas particulares. Más que las estrategias militares o los movimientos de los ejércitos, le interesa mostrar qué ocurre con las personas cuando quedan atrapadas en ellos.
No es la primera vez que recurre a este enfoque. El autor cita también ‘Juan II’, una obra ambientada en un conflicto medieval con enfrentamientos entre nobles y batallas en tierras castellanas. En ese caso, como en ‘Anaiak’, optó por concentrarse en los personajes para acercar al público a las consecuencias humanas de un enfrentamiento histórico.
La segunda pieza que acompaña al volumen, ‘Un buen español’, traslada esa reflexión a otro periodo y a otro tipo de conflicto. El protagonista es Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de los principales representantes de la Ilustración española, que durante su prolongado encierro en el castillo de Bellver, en Mallorca, repasa su trayectoria y reivindica el sentido de su compromiso con el país.
El monólogo parte de la experiencia de un hombre que, pese a su trabajo y a sus propuestas reformistas, terminó encarcelado por intrigas políticas. Desde esa situación, Jovellanos reflexiona sobre el patriotismo, la responsabilidad pública y el significado de contribuir al progreso de la nación. Para Aparicio, su figura permite abordar cuestiones que van más allá de su contexto histórico y que siguen presentes en el debate político.
“Me gustó mucho esa rebeldía calmada”, explica el escritor, que encuentra en los ilustrados una combinación de inconformismo intelectual y voluntad de transformación gradual. Frente a la ruptura abrupta, Jovellanos representa, en su interpretación, una forma de reformismo que busca mejorar las condiciones del país mediante cambios progresivos y acuerdos.
Aparicio considera que esa aspiración a alcanzar consensos mantiene su interés en la actualidad. A su juicio, las diferencias ideológicas dificultan cada vez más el entendimiento entre las fuerzas políticas, que deberían ser capaces de apartar sus posiciones de partida para centrarse en el bien común. “Tienen que aparcar sus trincheras y sus ideologías y sentarse en una mesa y pensar en el bien de los españoles y llegar a consensos”, sostiene.
Las dos obras comparten así una preocupación por la convivencia, aunque se desarrollan en escenarios y circunstancias diferentes. En ‘Anaiak’, la división familiar y la violencia de la Guerra Civil permiten observar los efectos de un enfrentamiento llevado al extremo. En ‘Un buen español’, el encierro de Jovellanos sirve para examinar el compromiso con el país y la dificultad de impulsar reformas en un entorno marcado por las rivalidades políticas.
La literatura constituye para Aparicio una herramienta para comprender tanto la experiencia individual como la sociedad. El autor encuentra en la escritura una forma de interrogar la realidad y de acercarse a cuestiones que, en ocasiones, resultan incómodas o difíciles de afrontar. “La literatura es una manera de entenderte. Primero de entenderme a mí mismo y luego de entendernos como sociedad”, señala.
Esa concepción explica también la presencia de conflictos sociales y de asuntos vinculados al medio rural en buena parte de su producción. Aunque ‘Anaiak’ se desplaza hasta el País Vasco por motivos familiares e históricos, el escritor reconoce que la mayor parte de su obra tiene su escenario en Castilla y León, territorio con el que mantiene una estrecha relación y que ha influido de manera determinante en su trayectoria.
El volumen se dará a conocer este domingo en Madrid, en una presentación editorial que tendrá lugar en el marco del Salón del Libro Teatral, en el Teatro Valle-Inclán. La cita permitirá acercar al público las dos piezas, concebidas para ser leídas y, en el caso de ‘Anaiak’, también llevadas a escena. Aparicio reconoce que su aspiración con los textos teatrales es que encuentren finalmente su lugar sobre las tablas, donde los diálogos y los personajes pueden desplegar toda su fuerza.
La presentación en Palencia está prevista para el 5 de noviembre en la Librería Ateneo, una oportunidad para compartir el trabajo con los lectores de la provincia en la que el autor ha desarrollado buena parte de su vida y de su obra. Más allá de las fechas y los escenarios, Aparicio confía en que sus textos interpelen al público y no lo dejen indiferente.
Su propósito, explica, es que la literatura pueda provocar una transformación en quien se acerca a ella, del mismo modo que determinadas lecturas han cambiado su propia manera de entender el mundo. En ‘Anaiak’, esa aspiración pasa por mirar de frente las heridas de la Guerra Civil sin convertirlas en un instrumento de revancha. En ‘Un buen español’, por recuperar la figura de un ilustrado que defendió la mejora del país desde el reformismo y la búsqueda de acuerdos.









