La Guiri de PaCO

Contagiaos y atended la llamada

Columna de Naide Nóbrega, periodista, divulgadora y guía turística de Palencia
Una persona señala un sendero de tierra rodeado de árboles y vegetación.
Naide Nóbrega, durante su etapa otoñal en el Camino de Santiago

Esta columna está escrita a mano. Hoy es 23 de octubre y estoy en Mansilla de las Mulas, a 20 kilómetros de la capital leonesa. Estoy en el Camino de Santiago, disfrutando de una semana de vacaciones en esta ruta santa que ya tuve la oportunidad de vivir en el año 2000 (800 km, de Saint-Jean-Pied-de-Port a Santiago), en 2003 (de Somport a Santiago) y en 2007 (de Le Puy-en-Velay a Finisterre).

Después de cruzar el Atlántico para recorrer estos caminos tan grandes e, irónicamente, después de venir a vivir aquí, a España, nunca había hecho más que un par de etapas con amigos y familiares que venían de Brasil. Si no eran las niñas, era el trabajo, los estudios… Siempre había una excusa perfecta para no ponerme la mochila, atarme las botas y volver. Aunque os lo prometo: las ganas siempre estuvieron ahí, dormidas. Más que dormidas, soñando. Hasta el jueves de la semana pasada, cuando tomé la decisión de partir tres días después. Estaba hasta arriba de trabajo, así que tuve, literalmente, cinco horas el domingo para preparar una mochila con cuatro cosillas y dormir un poco antes de emprender mi nueva aventura.

A primera hora del lunes 19 de octubre —casualmente el mismísimo día en que empecé el Camino en el año 2000— salí de la Oficina de Turismo de Frómista. A partir de ahí, paso tras paso. Lágrima tras lágrima. Emoción tras emoción.

La idea era hacer justo ese tramo que tanta gente se salta, de Frómista a León, corazón de la Meseta Castellana. Esa era la meta. Y aquí estoy, a 20 kilómetros de cumplirla, en el jardín idílico de un albergue sencillo, después de ducharme, lavar y tender la ropa, disfrutando de una ensaladita del súper del pueblo y de un solete otoñal que ya quisieran para sí muchos veranos.

En la mesa tengo este cuadernito y un boli. Decidí desconectar por completo de internet: nada de WhatsApp, Instagram ni Facebook. Todo lo que sabe el chat GPT pesaba demasiado en mi propuesta de caminar ligera.

En la mochila, tan solo una lista de los pueblos de la ruta elegida, los kilómetros entre ellos y los teléfonos de los albergues. Ah, también una cámara vintage (no por el modelo sino por la mala calidad de las imágenes que hace) y que llevo casi siempre dentro de la mochila, porque la idea es ver mucho y preocuparme de fotografiar poco. También un móvil básico para llamar y recibir llamadas, porque sin eso el corazón de una madre no camina en paz. También llevo un libro maravilloso, regalado por un amigo muy querido, y que cuenta la inspiradora historia del joven salmantino fray Pablo María de la Cruz. Así que aquí estoy, compartiendo con vosotros este ratito de sol en Mansilla.

Lo cierto es que lo que he vivido estos días da para muchísimo más que una columna. Esta Meseta me ha regalado momentos únicos e inolvidables, además de una única ampolla, majestuosa, que se llama Margarita. Sentada en este jardín, ahora mismo asumo la promesa de que os contaré todo. Pero no aquí. No ahora. En el Camino.

Y no, no esperéis que os diga que la Meseta me ha regalado San Martín de Tours, San Zoilo o dormir en un patrimonio cluniacense en Sahagún.

La Meseta, queridos míos, me regaló caminos de introspección y silencio. Días y días caminando sin apenas encontrarme con otros peregrinos. Un fabuloso encuentro con Jesús y su Madre, nuestra madre. Un paisaje que a veces cambia y no cambia… y que, sin embargo, nos cambia por dentro.

Me hizo reflexionar sobre los casi 3.500 kilómetros que llevo caminados en esta ruta santa. Me ha hecho recordar muchísimo y me apartó del cansancio y del ruido que llevaba dentro. Os garantizo que, en otoño más que nunca, la Meseta es un portal divino hacia dentro de ti, hacia tus pensamientos más profundos, hacia esos caminos interiores a los que a veces cuesta asomarse. Pero aquí, en silencio, es casi imposible no encontrarte con ellos.

Sé que es un poco nefasto comparar experiencias vividas en épocas tan distintas, pero me arriesgo a decir que esta ha sido la experiencia jacobea más bonita de mi vida. Y me encantaría que también la vivieras tú.

Anímate. Abrígate bien, llévate una lista de los albergues abiertos en esta época y… métete en el lío. Parece una locura. Pero lo… cura. Lo que tengas que curar.

No te saltes tu Meseta. Salta hacia ella.

P.D. Transcribí esta columna de mi cuadernillo del Camino el sábado 24 de octubre, cuando volví a Palencia después de completar mi etapilla hasta León y celebrar la bendición que había sido todo aquello frente a la Catedral leonesa. Intenté celebrarlo en la iglesia de Santa María del Camino. Había boda. También en la Catedral. Había boda. Vamos, que el sábado estaba para bodas, eso está claro. Pero esa historia os la cuento también otro día. Ya está: ahora os toca preparar la mochila. Vamos, peregrinos. Contagiaos y atended a la llamada.

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