Hace escasos días un fatal accidente de trabajo arrebató trágicamente la vida de un familiar muy querido y cercano, Ramonín, permitidme que os hable de él. Un hombre hecho a sí mismo, trabajador incansable y muy disciplinado, noble y amigo de sus amigos. Un hombre de pocas palabras, pero sí grandes gestos, sin duda, una buena persona que siempre llevaré en mi corazón y memoria.

Ha sido la pérdida del gran Ramonín, la que me ha hecho reflexionar sobre lo frágiles que somos, cómo en un instante puede cambiar toda nuestra vida y dar al traste todo por lo que uno lleva luchando. El vacío que puede provocar en una familia que ve salir temprano, para trabajar, a un marido o a un padre, sin pensar por un momento, que será la última vez que lo volverán a ver, escuchar y sentir. Ver cómo todas las ilusiones y proyectos se destruyen injustamente en un instante sin poder hacer absolutamente nada. Pensar en todas las cosas que quisiste decirle pero por no encontrar el momento o por vergüenza nunca le dijiste. El destino es así de cruel e insensible y nada ni nadie te puede preparar para este terrible dolor.

Es por ello que el mejor homenaje que podemos hacer a Ramonín y a todas aquellas personas tan queridas que hemos ido perdiendo en nuestra vida, es seguir luchando. Vivir honestamente, haciendo el bien e intentando hacer más fácil la vida a quienes nos acompañan. Hacerles cómplices de lo que pensamos y mostrarles nuestros sentimientos y afecto, sin miedo o vergüenza, porque nunca sabemos si será la última vez… Darnos y entregarnos más a la gente que realmente importa, vivir más el presente y disfrutar de las pequeñas cosas que, sin duda, nos llenan y dan sentido a nuestra vida.

Rodearnos de buenas personas, gente positiva y activa que es feliz cada mañana realizando su trabajo. Aprovechar e invertir el tiempo en lo que verdaderamente nos llena e importa, no dejar nunca de soñar, no tener miedo a fracasar, luchar por conseguir nuestros retos. Es ahora, en tiempo de dificultades, cuando más oportunidades surgen y por ello debemos fijarnos y aprender de los que trabajan y disfrutan trabajando, de los valientes y comprometidos que creen en el esfuerzo. Las personas con buenos ideales y metas, aquellas que siempre ven el vaso medio lleno y saben sacar lo mejor de sí mismos contagiando de su ilusión allí donde van. Todos conocemos gente así, gente plenamente feliz, por los que al menos yo, siento envidia sana e intento parecerme. El mejor legado que podemos dejar al abandonar este loco mundo es inundar de emociones positivas a los que nos rodean.

A menudo, más de lo que quisiéramos, discutimos con nuestros seres queridos por auténticas nimiedades, cosas sin importancia, convirtiéndonos en verdaderos egoístas absurdos. La pérdida de Ramonín me recuerda, una vez más, que la vida es demasiado corta y merece la pena exprimirla al máximo y, sobre todo, intentar ser muy muy feliz con nuestros seres queridos.

Ánimo, fuerza y cuidaos mucho queridos amigos.

Feliz mes de Mayo.

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