Juventud divino tesoro… o eso decían

En las últimas horas leo noticias tales como: “Los menores españoles pasan el mismo tiempo en TikTok que en WhatsApp y YouTube juntos”, o como: “La tasa de desempleo juvenil (31%) vuelve a multiplicar por 2,5 el promedio de paro de nuestro país (12,7%)”, o tales como: “El revisor de un tren apea en Palencia a 22 escolares y dos monitores de un Alvia con destino a León por las molestias al resto de pasajeros y desata la indignación de sus padres”.
Una vez más esto me hace reflexionar. ¿Qué está pasando con nuestros adolescentes y jóvenes?, ¿qué están haciendo con su vida?, ¿cómo ha cambiado tanto con respecto a las generaciones pasadas su escala de valores y no precisamente a mejor?, ¿a qué aspiran? ¿qué futuro les espera?
Todos hemos sido jóvenes y casi todos hemos tenido la rebeldía propia de la adolescencia, e incluso algo de anarquía o ganas de ir contra el sistema establecido, pero en mi generación, en las anteriores y en las inmediatamente posteriores, creo que siempre ha habido ciertas líneas rojas que muy pocos traspasaban… y había un mínimo de saber estar y respeto a la autoridad, a los mayores y a las normas básicas de comportamiento. Había amor propio y afán de superación, teníamos ganas de aprender y ser autosuficientes por nosotros mismos.
Es grande el vacío que veo en los jóvenes de hoy en día, es cuando menos preocupante y pienso si parte de la culpa la tenemos nosotros como padres y, sobre todo, como sociedad.
Los estereotipos que nos proyectan como ejemplos idílicos a seguir o imitar en las televisiones comerciales, las redes sociales y en la publicidad, en general, no son precisamente unos jóvenes forjados a base de esfuerzo, estudio y superación sino más bien hacen apología de la cultura de lo trivial, lo absurdo, y las tonterías o gracietas sin sentido tras una cámara que muchas veces nos muestra intimidades en una cama, líos de faldas, cuernos o discusiones rozando lo esperpéntico en los reality shows.
Incluso la música actual veo que ha cambiado mucho, por no decir demasiado. Lejos quedan esas grandes bandas lideradas por potentes voces arropadas por virtuosos guitarristas, bajistas e increíbles baterías. Ahora cualquiera puede triunfar en la música, absolutamente cualquiera, incluso sin saber tocar un instrumento musical y, lo que es peor, sin saber ni componer ni siquiera cantar. Fijaros ahora existen unas maquinitas llamadas vocoder y auto-tune que hace hasta cantar a un “grajo”.
En fin, todo es respetable, y para gustos están los colores pero antes había algo de “oficio y rigor” en eso de cantar, actuar y componer… y sobre todo en la música en directo donde ahora todo vale…
Por otra parte, ese afán pseudo protector de los padres hacia sus hijos los convierten aún más en inútiles integrales sin capacidad de resolución ante los problemas más simples de la vida.
Vivimos la era del “pegados al móvil” haciendo scroll, deslizando a diario nuestro dedo de manera rápida para ver cientos y cientos de imágenes, videos cortos, titulares de dudosa procedencia, de las fake news y sobre todo de mucho postureo vacío de sentimiento y realidad. Vivimos la época del fisgar la vida de los demás, de los perfiles falsos para lanzar ataques dañinos sin piedad, la época del acoso digital y del ciberataque, donde os aseguro que casi nadie está seguro al 100%. Vivimos la época de la digitalización total, de la inmediatez donde debemos saber buscar “agua potable” en medio de una riada.
Soy un gran defensor de las nuevas tecnologías, de las bondades que nos aportan, pero para ello debemos siempre usar el sentido común, a veces es el sentido menos usado.

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