Plantación de lavandin en una finca de la provinica de Palencia
Plantación de lavandin en una finca de la provinica de Palencia

C. Tabernero / ICAL

El cultivo de lavanda en Castilla y León continúa aumentando año a año pese al ‘frenazo’ en su rentabilidad como consecuencia de la disminución del precio de los aceites y la perfumería de este producto, derivada de los cambios en los hábitos de consumo a nivel mundial por la pandemia de COVID-19. Así, y según los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, de las 560 hectáreas totales de superficie de lavanda y lavandín con las que contaba Castilla y León en 2011, con una producción de 1.576 toneladas, se ha pasado a las 912 hectáreas de 2019, con una producción de 2.350 toneladas, y a las 1.260 hectáreas que cifra en 2020 la organización profesional agraria COAG, con una producción total de 2.934 toneladas.

Se trata de una subida del 125 por ciento en una década en relación a la superficie, y del 38,15 por ciento en tan solo un año, así como un aumento del 86 por ciento en la producción en los últimos diez años que también supone un crecimiento del 25 por ciento en tan solo doce meses. Datos que demuestran la pujanza del cultivo de la lavanda y el lavandín en la Comunidad durante los últimos años.

Como explica a Ical el director técnico y gerente de la empresa Aromáticas del Duero, Antonio Fonseca, en representación de un amplio número de lavandicultores de la zona de Tiedra (Valladolid) como la mayor productora de Castilla y León con entre 400 y 450 hectáreas de cultivo, este “auge importante” se debe a que la lavanda y el lavandín “se adaptan bien a los páramos calizos” de la Comunidad y se postulan así como “cultivos alternativos a lo que hay ya”.

En la misma línea se manifiesta el secretario técnico de COAG en Castilla y León, Luis Antolín, que apunta que la Comunidad tiene “condiciones óptimas” para el cultivo de esta planta porque “se adapta muy bien a las características del suelo y la altitud, entre 700 y 800 metros, es donde mejor crecen estas plantas”. Además “aguantan tanto las sequías del verano como las heladas del invierno”, por lo que zonas como Torozos y Peñafiel en la provincia de Valladolid, o Lerma en Burgos, son “propicias”.

No obstante, de las 1.260 hectáreas cultivadas en 2020, 536 pertenecen a la provincia de Valladolid y 269 a Burgos, que agrupan casi dos tercios con cerca del 64 por ciento del terreno dedicado a la lavanda y el lavandín en la Comunidad, situándose a continuación Palencia (192 hectáreas), Soria (115 hectáreas) y Ávila, la nueva incorporación con más de 50 hectáreas cultivadas.

Aumenta la producción pero baja la demanda

Sin embargo, no todo es positivo en relación al cultivo de lavanda y lavandín. En primer lugar, porque se trata de un producto cuya rentabilidad se fija en el medio y el largo plazo, puesto que “el primer año se planta pero no se recoge prácticamente nada, y no es hasta el tercero cuando se empieza a tener rentabilidad”, tal y como explica Antonio Fonseca a Ical. Una monetización del cultivo que alcanza su nivel “óptimo” a partir del cuarto año, como apunta Luis Antolín, y cuyos rendimientos se mantienen en niveles altos hasta los entre 12 y 15 años desde el inicio del cultivo.

El propio secretario técnico de COAG recuerda que la inversión inicial no es pequeña, dado que requiere de “unos 3.000 euros”, con un coste a partir de entonces de entre 150 y 200 euros por hectárea, y con “la eliminación de las malas hierbas como principal inconveniente” además de la necesidad de disponer de la tierra, al menos, durante una década, puesto que después de los dos primeros años, la lavanda y el lavandín “garantizan entre 10 y 12 años en plena producción”.

El segundo factor no tan positivo tiene que ver con la coyuntura actual. Y es que, tal y como expone Fonseca, tras unos años en que “ha sido una auténtica alternativa” a los cultivos tradicionales de secano en Castilla y León, la aparición del COVID “ha bajado la demanda de aceites esenciales” en el mercado como consecuencia de “los cambios en los hábitos de consumo a nivel mundial”. Si a eso se le añade que, por su rentabilidad, aumentaron “mucho” la cantidad de hectáreas plantadas en España y países como Francia, Bulgaria o Croacia en los años previos a la pandemia, creciendo con ello la producción mundial, el precio de la lavanda y el lavandín desde 2020 “ha bajado considerablemente”.

Además, se trata de una planta que, para su cosecha, requiere de “máquinas específicas” y una destilería próxima para transformar las flores en el aceite esencial de lavanda, que desde Aromáticas del Duero recomiendan que esté en un radio de acción de menos de 20 kilómetros con respecto a la zona donde se encuentra el cultivo. Mismo consejo que da Luis Antolín, al no ser “una planta para el agricultor individual sino para el asociado”, dado que requiere “repartir costes o crecer en un territorio donde ya está implantado”.

Todo ello unido ha provocado un “estancamiento” del sector de la lavanda y el lavandín que, no obstante, y tal y como defiende Antonio Fonseca, no evita mirar el futuro “con cautela pero con optimismo”, dado que “el cultivo hoy por hoy sigue siendo competitivo y rentable” y sus tasas de rendimiento son “superiores a la media del cereal”.

Imagen. Brágimo-ICAL

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