Los mundos soñados de Colin Arthur cobran vida en Valoria la Buena

En menos de un mes abrirá sus puertas en la localidad vallisoletana un Museo del Cine dedicado al artista británico, que materializó criaturas del imaginario colectivo cinéfilo en obras como ‘La historia interminable’, ‘Alien’ o ‘2001'
Colin Arthur junto a una criatura de cine en el museo
Colin Arthur presenta una de sus icónicas creaciones en el nuevo museo. E. MARGARETO, ICAL

César Combarros / ICAL

“El cine no solo se hace delante de una cámara. También se construye con unas manos, un poco de barro… y mucha imaginación”. La frase es del artista británico Colin Arthur, de cuyo taller salieron criaturas inolvidables para generaciones y generaciones de amantes del cine, que convirtieron en realidad tangible los sueños y pesadillas de algunos de los más grandes directores de la historia del cine.

Por sus manos pasaron la espada de Conan el Bárbaro y la colosal serpiente a la que se enfrentaba en aquel film Schwarzenegger; él encontró la clave para hacer creíble el trágico final de Ash, el androide encarnado por Ian Holm que se erige como el auténtico villano de la primera entrega de ‘Alien’; también fue el encargado de crear los rostros de los simios que protagonizan ‘El amanecer del hombre’, el colosal prólogo de ‘2001: una odisea en el espacio’; y de encontrar “la sangre perfecta” que desbordaba el ascensor de ‘El resplandor’ cuando las gemelas Grady atormentaban la psique de Jack Nicholson caracterizado como Jack Torrance.

Son más de 140 películas las que han contado con su talento, pero la más simbólica y la que supuso un antes y un después para él fue sin duda ‘La historia interminable’, la adaptación a la gran pantalla de la novela de Michael Ende, dirigida en 1984 por Wolfgang Petersen. Allí, Arthur desplegó su arsenal creativo para dar rostro y cuerpo a las criaturas del mágico mundo de Fantasía, desde Fújur, el dragón blanco de la suerte a cuyos lomos se suben Bastian y Atreyu, hasta el Comepiedras o el caracol de carreras que montaba el diminuto Glugluk.

Ahora, a sus 83 años, y a mil millas de distancia de su Guilford natal, todo ese trabajo vuelve a la vida, reunido a escasos 30 kilómetros de Valladolid, en Valoria la Buena, en el que será el Museo del Cine Colin Arthur, que abrirá sus puertas al gran público dentro de apenas un mes. El proyecto responde al “sueño” del escultor vallisoletano Juan Villa, promotor de otros espacios cercanos como El Castillo Encantado (en Trigueros del Valle) o Puerto Espacial (también en Valoria), para rendir “un acto de justicia” no solo para con Colin Arthur, sino con la gran cantidad de artistas, artesanos y profesionales que desarrollan una labor callada en “la trastienda del cine”.

Para encontrar el origen del proyecto hay que viajar en el tiempo hasta la infancia de Juan, en Luarca, cuando con seis años descubrió en el cine ‘La historia interminable’, una película que le dejó “marcado” a fuego para siempre: “A partir de aquello, yo ya no quería hacer otra cosa que monstruos o criaturas”, recuerda ahora para Ical. Ese ansia creativa fue el impulso para matricularse, años después, en la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid, donde Carlos, uno de sus profesores, le contó que el mítico Colin Arthur se había trasladado a España, para abrir en Paracuellos del Jarama Dream Factory, un taller de efectos especiales, animatrónica y escenografía donde impartía cursos. “Allí me planté, con 18 años y una mochila, para asistir a uno de los cursos de Colin, y esos días fueron decisivos porque me abrió la mente a utilizar todo tipo de materiales y en cuanto a posibilidades de hacer las cosas fuera del carril académico”, recuerda sobre el primer contacto directo entre ambos, hace justo tres décadas.

Colin Arthur y un artista en el taller del Museo del Cine
Museo del Cine Colin Arthur en Valoria la Buena, Valladolid. En la imagen Colin Arthur (I), junta a Juan Villa, promotor del Museo y exalumno de Colin, en uno de los espacios del Museo. E. MARGARETO, ICAL

El destino siguió su curso y fue hace tres años, con la puesta en marcha del festival Pucela Fantástica, cuando el destino les volvió a unir. Los directores del certamen pidieron a Villa que creara los trofeos, una reproducción de una de las gárgolas del Museo de San Gregorio, y el Pufa de Honor de aquella primera edición recayó precisamente en Colin Arthur, que al tener la estatuilla en sus manos quiso conocer al creador. Fue entonces cuando Villa le llevó a visitar su taller, El Castillo Encantado y Puerto Espacial, y pocas semanas después recibió una llamada de Arthur, que junto con su socio y amigo David C. Cooper le lanzó el envite de crear su propio museo, que ahora está a punto de cobrar vida en plena Campiña del Pisuerga.

Cerrar el círculo

Tras dos años de intenso trabajo, recuperando materiales, diseños, bocetos y todo tipo de creaciones, la emoción embarga ahora al artista británico Colin Arthur al recorrer, con paso lento y mirada profunda, los 1.000 metros cuadrados de una de las dos naves que albergará el Museo. Inquirido por las sensaciones que le asaltan al ver reunido y ‘resucitado’ el trabajo de toda una vida, el británico se detiene y es posible percibir cómo viaja en el tiempo hasta el momento en que estaba enfrascado en la creación de cada uno de los objetos o diseños ahora expuestos. “La sensación es de regresar sesenta o setenta años atrás, y volver a estar ahí”, acierta a decir. “Para mí es un descubrimiento, en cierto modo es cerrar el círculo”, describe en un guiño involuntario al uróboro que presidía Áuryn, el medallón mágico de la Emperatriz Infantil en el relato mágico de Ende.

Colin Arthur junto a una escultura en el Museo del Cine en Valoria la Buena
E. MARGARETO, ICAL

En el Museo, los espectadores podrán disfrutar no solo del colosal viaje creativo emprendido por Colin Arthur, sino de la propia historia del cine. Al modo de sets de rodaje, recorrerán escenarios de ‘Conan, el Bárbaro’, ‘Alien, el octavo pasajero’, ‘2001: una odisea en el espacio’ o ‘La historia interminable’, con un espacio inicial que recuerda sus comienzos en el oficio, e incluso podrán perderse en el propio taller del artista, rodeado de infinidad de bustos, diseños de dragones o del maletín de maquillaje que utilizó en el rodaje de ‘Barry Lyndon’ para salvar las dificultades imposibles que planteaba la decisión de Kubrick de usar estrictamente luz natural en aquella película. La visita culmina con una minisala de cine donde se exhibe de forma continuada un montaje de media hora del documental ‘Life after the NeverEnding Story’, dirigido por Lisa Downs, donde se puede ver a Colin Arthur trabajando sin descanso en aquel proyecto, y se completa con otros vídeos creados para la ocasión por David C. Cooper, que junto a Villa y el propio Arthur crearon la asociación cultural El Hombre Interminable para salvaguardar el legado del artista británico.

El viaje de toda una vida

Sentados a los pies de un colosal Fújur, Colin Arthur recuerda para Ical sus inicios en un oficio de artesanos, donde todo lo tuvo que ir aprendiendo e inventando él mismo sobre la marcha. Su vida está marcada por Dorothy, su madre, omnipresente en muchas de las fotografías que pueblan ahora el Museo. A mediados de los años 30 del pasado siglo ella trabajaba ayudando a su padre como dibujante en el área de publicidad de un periódico, y cuando su esposo murió, ella tuvo que reinventarse y buscar una nueva forma de ganarse la vida.

Escultura de un alienígena en el Museo del Cine de Colin Arthur
E. MARGARETO, ICAL

Fue entonces cuando decidió abrir su propio taller de cerámica e iniciar una carrera como escultora, y el barro sobrante que quedaba “rondando por casa” con cada trabajo que emprendía, acababa en manos de Colin Arthur, que empezó así a dar forma a sus primeros modelados. Uno de esos primeros trabajos es ahora una pieza central en su Museo del Cine. Se trata del busto de Tessa, un setter irlandés con el que compartió su infancia, y que décadas después se convertiría en la principal inspiración para abordar el diseño de Fújur, el que reconoce como uno de los mayores desafíos a los que ha tenido que enfrentarse en toda su trayectoria.

Cuando su madre se apuntó a clases de escultura para aficionados en Guilford, Arthur siguió su estela y gracias al profesor de ambos comenzó a trabajar en Londres para Madame Tussauds, el museo de cera más famoso del mundo. Allí realizó bustos, entre otros, de personalidades como Winston Churchil que despertaron la atención del mismísimo Stanley Kubrick, hasta el punto de encargarle al joven escultor el diseño de las máscaras de los homínidos que protagonizan el prólogo de la película más ambiciosa de la historia del cine: ‘2001’. Esos primates, junto con el monolito que dota de sentido a todo el relato, pueden visitarse también en Valoria, al lado de tres de los diseños de los trajes espaciales de los astronautas del Discovery One, o de una evocadora recreación del Niño de las Estrellas que marca el colofón del film, concebido a partir de un boceto de la propia madre de Colin Arthur, Dorothy.

En la exposición, que más adelante se ampliará a la nave aneja a la que en breve abrirá sus puertas, aparece una selección de películas en las que el británico ha trabajado todos estos años, desde el Bond de ‘Casino Royale’ en 1967 hasta ‘Hable con ella’ de Almodóvar, donde se encargó del animatrónico que se utiliza el cineasta manchego para narrar el fatal desenlace de Lydia González, la mujer torero que encarnó Rosario Flores. “Cada una de las películas en las que trabajé me enseñó algo nuevo. Lo que aprendía en una me acompañaba a la siguiente y así, poco a poco, fui construyendo mi propia forma de trabajar”, relata en una conversación donde no faltan las alusiones a mentores como Ray Harryhausen o Stuart Freeborn, de los que también aprendió el oficio.

Cuestionado sobre cuál ha sido su película más difícil, confiesa con una sonrisa que “siempre la próxima”, ya que “en cada trabajo artístico te empujas, te exiges y exprimes tus conocimientos para intentar llegar un poco más allá”. Además, reivindica la fisicidad y lo artesano frente a la frialdad de las pantallas de croma verde, que en su opinión dejan muchas veces desamparados a los actores a la hora de intentar transmitir emociones al espectador: “Se ven obligados a intentar jugar al tenis solos, frente a una pared donde la bola no rebota”, resume sobre una tecnología que considera “demasiado antiséptica”.

Fuente inagotable de anécdotas, Colin Arthur explica cómo una y mil veces, a partir siempre del método de prueba y error, tuvo que inventar sus propias máquinas de humo o de nieve en pleno rodaje, o incluso crear sus propios materiales, como la textura (recubierta de pelo auténtico de yak) que utilizó para las máscaras de los homínidos de ‘2001’, creada al modo de un foam casero elaborado con robots de cocina domésticos de la marca británica Kenwood. “Tuvimos que desarrollar nuevas técnicas y encontrar soluciones donde nadie las había encontrado antes. Esa fue una de las partes más apasionantes de este oficio”, resume con la ilusión por este nuevo proyecto iluminando su rostro.

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