Era una señora abuela. Acababa de recoger a su nieto en el colegio. Tras cruzar la calle se detuvo y sacó del bolso un bulto con forma de bocadillo. En efecto, cuando le retiró el papel plateado se pudo comprobar que en verdad lo que había dentro era lo que parecía ser. Sin más se lo entregó al niño, que la miraba impaciente mientras terminaba de desenvolver la merienda. Acto seguido, la buena mujer hizo una pelotita con el aluminio arrugado y la lanzó al suelo como si jugara a la petanca.
Reconozco que siempre he sido un bocachanclas, y que me meto donde no me llaman muchas veces. Y aquella fue una de ellas. Como caminaba en dirección a la escena en cuestión pude observar toda la secuencia al completo, así que cuando llegué a la altura de la presunta le comenté en tono conciliador si le parecía bien lo que acababa de hacer, mientras miraba hacia la canicota de “albal”. Me contempló contrariada y lo primero que me dijo es si yo era del Ayuntamiento. Me hizo gracia y sonreí. “Qué va, solo soy un ciudadano más, pero si vamos tirando todos la basura por el suelo…”. Entonces ella, algo ruborizada, se agachó y recogió la bolita mientras asentía… tiene usted razón.
Pues he de decir que a pesar de mi incontinencia verbal ante situaciones similares durante años, esa fue la única vez que alguien reaccionó así. El resto, que no han sido pocas, el interpelado me ha mirado con desdén y ha seguido su camino como si nada. Eso en el mejor de los casos. En otras ocasiones me han mandado a tomar vientos. Recuerdo una en la que la susodicha se enfadó hasta el extremo de asegurar que ella tiraba la cajetilla de tabaco al suelo si le daba la gana, y que para eso pagaba impuestos, para que otros la recogieran. Los que estaban alrededor le increparon por su actitud, pero nos insultó a todos y se marchó tan tranquila, a pesar de que justo a su lado había una papelera.
De todo esto, lo que siempre me ha llamado la atención es la respuesta airada y fuera de tono de quien tira un papel al suelo y se siente agredido porque le recuerdas amablemente que esas no son maneras de colaborar con la limpieza de la ciudad. Y si en algo tan nimio reaccionamos tan mal, porque se hace cuesta arriba que nos llamen la atención, imaginen por cuestiones mucho más serias.
Estas microguerras cotidianas van completando un puzzle repleto de mal rollo diario… en la oficina, en las colas del mercado, en la circulación vial, en las gradas del estadio, en las reuniones de vecinos, en los claustros educativos… y qué decir en el ámbito político, ideológico… Cuando perdemos los papeles, me incluyo, claro está, no hay papeleras suficientes para solucionar el caos. Por cierto… es tan fácil pasar de una guerra menor a otra de más envergadura que miedo me da invocar al respeto, la tolerancia y la educación. Por si se revuelve el personal y al final nadie quiere recoger la basura que lanza contra los demás. ¿Alguien lo hará? O no.





