Vivimos obsesionados con medirlo casi todo. Medimos los pasos que damos, las horas que dormimos, las audiencias, los seguidores, las ventas, la ocupación hotelera, la facturación de un negocio o el número de personas que asisten a un concierto. Yo también lo hago. Forma parte de mi trabajo y, seguramente, de la forma en la que hemos aprendido a entender el mundo.
Por eso tiene cierta gracia escribir esto precisamente en Palencia Invierte, una publicación que lleva más de dos décadas hablando de empresas, economía, empleo, inversiones y resultados. Pero este septiembre me apetece hablar de lo contrario, de las cosas importantes que no sabemos medir. Llegan San Antolín en Palencia, las fiestas de Saldaña -mi pueblo-, y las de Baltanás, Magaz, Antigüedad, Paredes de Nava, Torquemada, Herrera de Pisuerga, y tantos otros municipios de nuestra provincia.
Habrá conciertos, peñas, verbenas, comidas familiares, procesiones, reencuentros y alguna noche de esas en las que uno sabe que al día siguiente se va a arrepentir un poco de haberse acostado tan tarde. Y hablaremos de cifras. De cuánta gente ha venido, cuánto han vendido los bares, qué ocupación han tenido los hoteles, cuánto ha costado la programación o cuánto dinero han dejado las fiestas. Está bien saberlo. Es importante. Pero hay otra contabilidad que nunca aparece en los balances.
Nadie sabe cuánto vale volver a sentarse junto a alguien a quien llevábamos meses sin ver, una conversación que empieza tomando un vino y termina dos horas después hablando de la vida, o una sobremesa sin mirar el reloj. Tampoco sabemos calcular el valor de escuchar una canción que nos lleva a otro momento, encontrarnos por casualidad con alguien que formó parte de nuestra vida o ver juntos a padres, hijos y nietos alrededor de una mesa. Y seguramente sea mejor así.
Tengo la sensación de que nos hemos vuelto demasiado eficaces. Contestamos mensajes mientras hablamos con alguien, miramos el teléfono durante una comida y aprovechamos cualquier minuto libre para hacer otra cosa. Nos cuesta incluso estar sin hacer nada sin sentir que estamos perdiendo el tiempo. Y precisamente esa expresión, perder el tiempo, cada vez me gusta más. Durante años nos han enseñado que perderlo era casi un pecado. Había que aprovecharlo, exprimirlo, ser productivos, llegar a todo.
Ahora empiezo a pensar que saber perderlo bien es una de las cosas más inteligentes que podemos aprender. Perderlo con nuestros amigos. Con nuestros padres mientras todavía estén. Con nuestros hijos antes de que crezcan. Con esa gente a la que vemos menos de lo que querríamos. En una terraza, en una plaza, en una sobremesa o bailando una canción que ni siquiera nos guste demasiado. Puede que para eso sirvan también las fiestas, para romper durante unos días esa absurda sensación de que siempre tenemos algo más importante que hacer.
Septiembre irá cerrando el verano. Volverán los colegios, las reuniones, las agendas, los despertadores y esa velocidad que tantas veces confundimos con vivir. Antes tendremos unos cuantos días para hacer exactamente lo contrario. Estar, hablar, reírnos, encontrarnos. Sin necesidad de justificarlo ni de convertirlo en otra obligación más.
Las fiestas generan actividad económica, llenan establecimientos y ayudan a muchos negocios. Quienes hacemos Palencia Invierte sabemos bien la importancia que tiene todo eso.
Pero este septiembre me quedo con otra cuenta, con la de las horas que compartimos con quienes queremos. No aparecerán en ninguna estadística y posiblemente sean las que más valgan.
Si este septiembre conseguimos perder unas cuantas de esas horas, habrá sido una buena inversión.





