Viajamos hasta Villaescusa de las Torres de la mano de la Universidad Popular de Palencia y su equipo de investigación etnográfica. Al abrigo del paraje natural de Las Tuerces, este pequeño enclave palentino atesora más de cinco milenios de historia. Ubicado a unos cinco kilómetros de Aguilar de Campoo y junto al río Pisuerga, Villaescusa de las Torres hunde sus raíces entre el 3000 y el 2600 a.C. en la Cueva Rubia. Allí, las excavaciones sacaron a la luz un taller calcolítico con crisoles para fundir metal, puntas de flecha y hoces de piedra.
Sus pobladores convivían con una fauna de lo más variada: junto al ganado doméstico aparecieron restos de osos, corzos, jabalíes y cabras monteses. Siglos después, en la Edad del Bronce, sus artesanos decoraban vasijas mediante la técnica del boquique (impresiones oblicuas con punzón) y la excisión, creando vistosos motivos geométricos.
El nombre del pueblo irrumpe por primera vez en los documentos en el año 1068, en el deslinde del Obispado de Osma bajo el reinado de Sancho II. Más adelante, en el Becerro de las Behetrías (1352), la aldea figura bajo el señorío de Don Tello.
Sin embargo, el retrato más curioso de la vida cotidiana lo ofrece el Catastro de la Ensenada de 1752. Por entonces, la población sumaba 21 vecinos y 24 casas, pero no contaba con un tabernero contratado: era la propia junta local la que gestionaba la taberna del pueblo y cargaba los impuestos Reales directamente sobre el precio del vino. El documento también revela los jornales de la época: el carpintero ganaba 4 reales por día trabajado, el sastre 3 reales, y los pastores recibían 8 ducados al año más varias cargas de trigo y centeno. Aquel mismo catastro de 1752 destapa la sorprendente ingeniería hidráulica de la localidad: para tan solo 21 familias funcionaban cuatro molinos harineros —uno de tres ruedas en la confluencia de los ríos Camesa y Pisuerga y tres en el arroyo de San Pedro, dos de ellos de propiedad comunal—.
La vida cotidiana dentro de las torres defensivas escondía costumbres muy singulares: las estancias no tenían paredes de obra, sino cortinas recias o tabiques bajos de madera para separar a la familia, mientras que sus ventanas de piedra contaban con poyos laterales tallados —asientos integrados en el muro— para trabajar o coser con luz natural.
Su arquitectura custodia elementos interesantes, como como una casona de 1590 luce un blasón con un enigmático grabado en el dintel de su ventana, mientras que el «Cortijo de los Monjes» (1612) y otra casona de 1748 exhiben fechas y nombres esculpidos por sus constructores. Pero el monumento más singular es el torreón del Barrio de Arriba. Levantado en el siglo XVI o XVII como vivienda defensiva, perdió su uso militar tras las guerras de bandos y acabó transformado en su parte superior en un curioso palomar. Poco a poco, su población, como en tantos otros lugares, fue mermando: a mediados del siglo XIX, sus 44 escolares solo iban a la escuela «por temporada» y el correo llegaba desde Aguilar solo los días de mercado.










