La huella azul de los lavaderos olvidados llega a Palencia con ‘Azulete’

Inés García Ruiz rescata, mediante la cianotipia, la memoria colectiva y femenina de estos espacios rurales en una propuesta contemporánea.
Artista junto a obras de cianotipia en exposición sobre lavaderos
ICAL. Exposición 'Azulete' ; la fotógrafa Inés García Ruiz, en la imagen, expone el proyecto ganador del Pallantia photo joven 2026 en la sala el Laboratorio de Palencia

Por Jesús García-Prieto / ICAL

En un tiempo en el que la inmediatez domina la creación y el consumo cultural, detenerse a mirar con calma puede convertirse en un acto casi subversivo. La exposición ‘Azulete’, de Inés García Ruiz, invita precisamente a eso, a observar, a recordar, a sentir. A través de un delicado proceso artesanal y de una mirada profundamente vinculada a lo rural, la artista construye un relato visual que trasciende la fotografía para convertirse en memoria viva.

Inés García Ruiz presenta su obra cianotípica en la exposición Azulete.
Exposición de cianotipia sobre lavaderos en Palencia
Exposición Azulete con cianotipias colgadas en la pared
Mujer junto a obras de cianotipia en exposición sobre lavaderos
Mujer observando obras de cianotipia en exposición sobre lavaderos
Exposición de cianotipias sobre lavaderos olvidados en Palencia
Cianotipia que representa un lavadero tradicional en Palencia.
Exposición Azulete de Inés García Ruiz sobre lavaderos olvidados

El proyecto, que puede visitarse en El Laboratorio hasta el 28 de marzo, se articula en torno a un elemento aparentemente cotidiano pero cargado de significado: los lavaderos de los pueblos. Lejos de abordarlos únicamente como infraestructuras funcionales, García Ruiz los reivindica como espacios de encuentro, de resistencia silenciosa y de construcción colectiva de identidad femenina.

“Los lavaderos no eran solo lugares donde se limpiaba la ropa”, explica a Ical la autora. “Eran espacios donde las mujeres compartían historias, preocupaciones, consejos. Donde se tejía comunidad”. En ese gesto de rescate, ‘Azulete’ se convierte en un puente entre generaciones, una evocación de una memoria que, con el paso del tiempo, ha ido diluyéndose en el olvido.

Durante siglos, los lavaderos fueron uno de los pocos espacios públicos en los que las mujeres podían reunirse sin intermediación masculina. Allí, entre agua, jabón y conversaciones entrecortadas por el sonido de las telas golpeando la piedra, se desarrollaba una forma de socialización propia, íntima y colectiva al mismo tiempo.

En estos lugares se hablaba de todo, de la vida cotidiana, de los conflictos familiares, de los sueños y las frustraciones. Era, en muchos casos, un espacio de apoyo emocional y de transmisión oral de conocimientos. Un lugar donde lo doméstico se transformaba en comunidad.

García Ruiz sitúa el foco en esta dimensión invisible de los lavaderos, alejándose de la mirada puramente documental para construir un discurso más amplio. Su trabajo no solo muestra un espacio físico, sino que sugiere todo aquello que ocurrió en él: las voces, los silencios, las complicidades. Este enfoque responde también a una necesidad contemporánea de revisar la historia desde otras perspectivas. De rescatar los relatos que no siempre han ocupado un lugar central en la memoria oficial.

El corazón del proyecto late en Arconada, el pueblo natal de la madre de la artista y un lugar al que ella misma ha estado vinculada desde la infancia. Allí, entre veranos, fiestas y encuentros familiares, se encuentra el germen de ‘Azulete’.

Los lavaderos de Arconada, de origen romano, conservan todavía hoy su estructura original con pilones y pilas que han resistido el paso del tiempo. Más allá de su valor histórico, estos espacios han permanecido como testigos silenciosos de generaciones de mujeres. “Siempre han sido un punto emblemático del pueblo”, recuerda la autora. “Hace unos años se hizo una recreación de cómo se lavaba antiguamente, y aquello me hizo replantearme todo lo que había detrás de ese gesto”.

Ese recuerdo, latente durante años, encontró finalmente su forma en el marco de una formación artística. Fue entonces cuando la idea comenzó a tomar cuerpo como proyecto fotográfico.

El vínculo emocional con Arconada no es un elemento secundario, sino una pieza clave en la construcción de la obra. No se trata de una mirada externa, sino de una aproximación íntima, atravesada por la memoria personal y familiar.

El título de la exposición no es casual. El azulete era un producto tradicionalmente utilizado para blanquear la ropa, aportándole un tono ligeramente azulado que contrarrestaba el amarilleo de los tejidos. Ese gesto cotidiano, aparentemente técnico, adquiere en el proyecto una dimensión simbólica. El azul se convierte en el hilo conductor de la obra, tanto en lo conceptual como en lo visual.

“Me interesaba mucho esa conexión entre el azulete y la cianotipia”, explica García Ruiz. “Ambos procesos están vinculados al agua, al sol, a la transformación de los materiales”. El título, por tanto, no solo remite a una práctica doméstica, sino que establece un diálogo directo con la técnica utilizada en las imágenes.

Uno de los elementos más distintivos de ‘Azulete’ es el uso de la cianotipia, un proceso fotográfico analógico que se caracteriza por sus tonos azules intensos. Esta técnica, inventada en el siglo XIX, consiste en aplicar una emulsión fotosensible sobre una superficie (en este caso, tela) y exponerla a la luz ultravioleta. Posteriormente, la imagen se revela mediante el uso de agua.

El resultado es una imagen única, con una textura y una profundidad que difícilmente pueden reproducirse en procesos digitales. Pero en ‘Azulete’, la cianotipia no es solo una elección estética. Es, sobre todo, una decisión conceptual. “El proceso es muy similar al que realizaban las mujeres en los lavaderos”, señala la artista. “Se trabaja con agua, con luz solar, con telas. Hay una conexión directa entre la técnica y el contenido”.

Esa fusión convierte cada pieza en algo más que una fotografía: en un objeto cargado de significado, donde forma y fondo se entrelazan de manera inseparable.

En una época marcada por la velocidad, la cianotipia exige algo que escasea como el tiempo y la paciencia. Cada imagen es el resultado de un proceso lento, en el que intervienen múltiples variables. García Ruiz reconoce que el aprendizaje de la técnica ha sido complejo. “Ha sido un proceso de ensayo y error constante. Probar diferentes telas, tiempos de exposición, condiciones de luz… muchas horas de trabajo”.

Sin embargo, esa dificultad forma parte del sentido del proyecto. La lentitud del proceso dialoga con la temporalidad de los lavaderos, con una forma de vida que no estaba regida por la prisa. El error, lejos de ser un obstáculo, se convierte en una herramienta de descubrimiento. Cada fallo abre nuevas posibilidades, nuevas texturas, nuevas interpretaciones.

Una exposición que se recorre como un recuerdo

La muestra está compuesta por 20 imágenes que capturan la esencia de los lavaderos y el proceso de la cianotipia. Pero más allá de las imágenes, lo que define la exposición es su puesta en escena. Las telas se presentan como si estuvieran tendidas, sujetas con pinzas, evocando directamente el gesto cotidiano de colgar la ropa tras el lavado.

Este montaje no es un mero recurso estético. Es una invitación a sumergirse en la experiencia, a recorrer el espacio como si se tratara de un lavadero real. “El objetivo es que el espectador se sienta allí”, explica la autora. “Que pueda imaginar cómo era ese proceso, cómo se vivía”.

La exposición, por tanto, no se limita a mostrar imágenes, sino que construye una atmósfera, un entorno sensorial que activa la memoria.

Las primeras reacciones del público han sido, según García Ruiz, muy positivas. Pero hay una que destaca especialmente: la de una mujer de Arconada que aún utiliza el lavadero. “Estaba muy emocionada”, recuerda la artista. “Nos contó cómo era ese espacio, qué pasaba allí. Fue muy especial”.

Ese encuentro resume, en cierto modo, el sentido del proyecto. No se trata solo de mirar al pasado, sino de reconocer que esa memoria sigue viva, aunque sea de forma residual. El diálogo entre generaciones, entre experiencia vivida y representación artística, es uno de los aspectos más valiosos de ‘Azulete’.

Aunque actualmente desarrolla su práctica artística en el ámbito de la fotografía, García Ruiz tiene formación como arquitecta. Un detalle que, aunque ella misma no enfatiza, parece resonar en su forma de mirar. La atención al espacio, a las estructuras, a la relación entre cuerpo y entorno, está presente en el proyecto. Pero no de manera explícita, sino integrada en una sensibilidad más amplia. “Puede que influya sin darme cuenta”, admite. “Al final, todo lo que has aprendido forma parte de tu manera de ver”.

Esa mirada híbrida, que combina lo técnico y lo emocional, aporta al proyecto una profundidad particular. La relación de la artista con la fotografía comenzó de manera intuitiva, casi casual, a partir de una cámara que recibió en la adolescencia. Con el tiempo, esa práctica se fue consolidando hasta convertirse en una necesidad expresiva. Tras realizar diversas formaciones, incluyendo un máster en Madrid, García Ruiz comenzó a desarrollar proyectos más estructurados, orientados a convocatorias y exposiciones. Sin embargo, su enfoque sigue siendo profundamente personal. La fotografía no es solo un medio, sino un espacio de exploración. “Es una vía de escape”, señala. “Una forma de expresar cosas que quizá de otra manera no sabría”.

Uno de los rasgos distintivos del trabajo de García Ruiz es su interés por los procesos manuales y la intervención sobre la imagen. En proyectos como Arraigo, por ejemplo, ha trabajado con fotografía bordada, incorporando el gesto textil como parte del lenguaje visual. Este interés tiene que ver, en parte, con una reacción frente a lo digital. En un contexto dominado por pantallas, lo táctil adquiere un valor especial. “Hay algo en lo manual que me atrae mucho”, explica. “El hecho de tocar, de intervenir directamente sobre el material”. Esa dimensión física conecta también con los lavaderos, donde el trabajo era, ante todo, corporal.

‘Azulete’ ha sido seleccionado en la convocatoria de Contraluz y ha recibido el premio Pallantia Photo Joven, con el apoyo de la Diputación. Un reconocimiento que ha permitido a la artista llevar su trabajo a una sala de exposiciones. “Es muy gratificante ver que un proyecto en el que has trabajado tanto puede materializarse así”, afirma. Más allá del premio en sí, este tipo de reconocimientos funcionan como impulso para continuar creando, para seguir explorando nuevas ideas.

Aunque actualmente está centrada en la difusión de ‘Azulete’, García Ruiz no descarta seguir investigando en esta línea. Le interesa especialmente la combinación de técnicas, la hibridación entre fotografía y procesos manuales. “En un mundo tan digital, me apetece explorar lo contrario”, dice. Esa búsqueda apunta hacia un territorio donde la imagen no es solo visual, sino también material, sensorial.

Para quienes están comenzando en el ámbito artístico, la autora tiene un mensaje claro: persistencia. “No rendirse”, insiste. “Al principio es difícil, cuesta encontrar oportunidades, pero hay que seguir probando”. Ese consejo resume, en cierto modo, su propia trayectoria. Un camino construido a base de curiosidad, experimentación y constancia.

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