Palencia tiene una nueva cita con uno de sus grandes artistas. Antonio de la Peña, pintor palentino de nacimiento y creador de una trayectoria extraordinaria, expondrá en la sede del Ateneo de Palencia, en la calle Don Sancho, del 31 de marzo al 30 de abril de 2026. La muestra podrá visitarse de martes a viernes, de 18:00 a 21:00 horas, y los sábados de 12:00 a 14:00 y de 18:00 a 21:00 horas. La inauguración tendrá lugar el 31 de marzo a las 19:00 horas y, unos días después, el martes 7 de abril por la tarde, en torno a las 18:00 horas, el propio artista participará en el Ateneo en una charla coloquio junto a Chema Manzano y Heliodoro Gallego con entrada libre hasta completar aforo.
No se trata de una exposición más. Llega a Palencia la obra de un maestro. Y cuando hablamos de Antonio de la Peña hablamos, sin exageración alguna, de uno de los nombres más valiosos del impresionismo español. Nacido en Palencia el 6 de julio de 1938, formado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y dueño de una larguísima trayectoria, su pintura ha sabido conquistar el respeto del público, de la crítica y de importantes coleccionistas dentro y fuera de España. A lo largo de su vida viajó durante años por Europa y Latinoamérica, realizó exposiciones de gran éxito y vendió obra a personas influyentes, confirmando así una dimensión artística que fue mucho más allá de nuestras fronteras.
Pero si hay algo que hace verdaderamente grande a Antonio de la Peña no es solo la amplitud de su currículo, sino la verdad que hay en su pintura. Su obra no nace de la pose ni del artificio. Nace de una mirada limpia, de una emoción profunda y de una manera honesta de enfrentarse al paisaje. Antonio pinta la luz como pocos, y en esa luz ha sabido reunir dos mundos que forman parte de su vida y de su identidad artística. Por un lado, Castilla. Por otro, la ría de Bilbao. Y aunque ambas geografías son esenciales en él, en Palencia hay algo especialmente conmovedor en volver a encontrarse con su raíz.
Sus cuadros castellanos tienen una grandeza serena y una emoción difícil de explicar. En ellos están los amarillos inmensos de los campos, los ocres de la tierra trabajada, la solemnidad de los horizontes abiertos, las trillas, los rebaños, los caminos y ese silencio antiguo que define nuestra tierra. Antonio de la Peña no pinta Castilla desde fuera. La pinta desde dentro. La pinta con memoria, con amor y con una sensibilidad capaz de transformar lo cotidiano en algo casi eterno. En sus lienzos, el paisaje castellano no aparece solo como una imagen reconocible, sino como una emoción vivida. Hay verdad, hay sobriedad, hay poesía. Hay una forma de mirar que dignifica el campo, que engrandece la sencillez y que convierte la luz de Castilla en una materia casi espiritual.
Esa es una de sus mayores virtudes. Su pincel, magistral y libre, de raíz impresionista, no se limita a describir, sugiere, acaricia y emociona. Hay en su trazo una seguridad admirable, una riqueza cromática llena de matices y un dominio de la luz que convierte cada cuadro en una experiencia íntima. Luego está su otra gran geografía, la del norte, con la ría, los puertos, los barcos amarrados, los muelles, las faenas de los pescadores y esa agua azul verdosa y cambiante que Antonio ha sabido pintar con una maestría excepcional. En sus cuadros, el agua respira, vibra, se quiebra bajo la luz y vuelve a nacer en cada reflejo. Pero en esta exposición palentina será inevitable mirar con una emoción especial hacia sus cuadros de Castilla, porque ahí late también una parte muy honda de lo que somos.
A sus 87 años, Antonio de la Peña sigue pintando con una energía admirable. Sigue fiel a su vocación, activo, apasionado y con esa juventud del alma que solo conservan los artistas de verdad. Y en este punto me van a permitir una nota personal. Para mí, Antonio no es solo un gran pintor. Es un gran amigo. Nosotros nos llamamos hermanos, él el hermano mayor y yo el pequeño. Y quizá por eso me emociona todavía más escribir estas líneas. Porque detrás del artista inmenso hay un hombre generoso, noble, cercano, entusiasta, dueño de un gran corazón y de unas inagotables ganas de vivir y de pintar.
Por todo ello, la exposición del Ateneo de Palencia merece ser visitada con calma y con gratitud. Es una oportunidad magnífica para reencontrarse con la obra de un maestro, para descubrir o redescubrir la fuerza de su pintura y para rendir homenaje, desde su tierra, a un artista que ha llevado el nombre de Palencia con talento, dignidad y belleza por medio mundo. Ver los cuadros de Antonio de la Peña es contemplar la luz de Castilla, el pulso de la ría y la verdad de una vida entera dedicada al arte. Y también, para quienes le queremos, es abrazar la obra y el alma de un hombre bueno.














