Después de cerca de veinte ediciones asistiendo a Sonorama, uno descubre que vuelve a Aranda por mucho más que un cartel. Vuelve por la música, claro, pero también por las personas, por los reencuentros, por esas canciones capaces de borrar el cansancio y por la extraña sensación de comprobar, año tras año, que mientras todo cambia hay cosas que siguen consiguiendo emocionarnos como la primera vez. Sonorama Ribera 2026 ha vuelto a hacerlo.
Hay personas en Sonorama de las que no sé absolutamente nada. No conozco sus nombres, ni dónde viven, ni qué hacen durante el resto del año. Seguramente ellas tampoco sepan nada de mí. Y, sin embargo, cuando nos cruzamos por alguna calle de Aranda de Duero, nos reconocemos.
Una mirada. Un gesto con la cabeza. Una mano levantada desde lejos.
Algo parecido a decirnos sin palabras «sé quién eres, te he visto muchas veces aquí, me alegro de que hayas vuelto».
Con algunos, después de tantos años, aquel gesto terminó convirtiéndose en un apretón de manos. Luego llegó una conversación y, con otros, finalmente, un abrazo.
Quizá esa sea una de las cosas más difíciles de explicar de Sonorama a quien nunca lo ha vivido. Hay gente que acaba formando parte de tu vida sin formar realmente parte de ella. Nos une una pequeña rama común de nuestra existencia, unos días de agosto, unas calles, unos escenarios y una afición enorme por la música en directo.
Llevo cerca de veinte Sonoramas.
He visto cambiar el festival y también me he visto cambiar a mí dentro de él.
Conocí un Sonorama mucho más pequeño. He visto crecer los escenarios, el recinto, el número de artistas y la cantidad de personas que cada verano llegan hasta Aranda. Aquello que comenzó como un pequeño festival independiente se ha convertido en uno de los grandes encuentros musicales del país.
La de 2026 ha sido su vigesimonovena edición, con más de 150 actuaciones repartidas entre el recinto de El Picón y los diferentes espacios de la ciudad. Cinco escenarios funcionan durante las noches en el recinto, mientras durante el día la música se reparte por plazas y calles hasta conseguir algo que pocos festivales de estas dimensiones alcanzan.
Durante unos días Sonorama no está en Aranda.
Sonorama es Aranda.
Pero quizá haya llegado el momento en el que crecer ya no deba significar tener más público.
Es una sensación personal después de tantos años acudiendo. No sé si la ciudad puede absorber mucho más y tampoco creo que el festival lo necesite. El reto probablemente esté ahora en crecer de otra manera. En calidad, comodidad, diversidad, servicios, propuestas musicales y capacidad para seguir sorprendiendo. En proteger aquello que ha hecho diferente a Sonorama antes de que el propio tamaño pueda terminar amenazándolo.
Porque crecer no siempre significa hacerse más grande.
A veces significa hacerse mejor.
Y Sonorama ha entendido durante estos años algo importante. Que también estábamos creciendo nosotros.
Aquellos jóvenes que empezamos a acudir hace dos décadas ya no somos tan jóvenes. Nos hemos casado, hemos tenido hijos, hemos construido nuestras vidas y algunos regresan ahora a Aranda acompañados precisamente por esos hijos.
El festival también ha sabido adaptarse a ellos, abrir espacios y buscar propuestas para quienes empiezan a descubrir la música desde pequeños.
Y me parece especialmente bonito.
Porque significa que la música también se hereda.
Podemos intentar transmitir a nuestros hijos el placer de escuchar una canción, de emocionarse frente a un escenario, de descubrir un grupo desconocido. Pero también el valor de la cultura, de convivir, de respetar a quien tienes al lado y de entender que miles de personas diferentes pueden compartir un mismo lugar porque durante unas horas existe algo que las une.
Naturalmente, veinte años también pesan.
Y las mañanas de agosto en Aranda lo recuerdan con cierta insistencia.
El calor, las horas de pie, las caminatas, las pocas horas de sueño… Hay momentos en los que uno empieza a pensar que quizá el cuerpo ya no está para aquello que hacía con bastante más alegría veinte años atrás.
Buscas una sombra. Miras cuánto queda para el siguiente concierto. Notas las piernas.
Y durante unos segundos aparece la pregunta.
¿Qué hago yo aquí?
Hasta que doblas una esquina y suena una guitarra.
O escuchas una voz.
O reconoces los primeros acordes de una canción que significa algo para ti.
Ves a la gente cantar, saltar, levantar los brazos, abrazarse. Y entonces recuerdas perfectamente qué haces allí.
Porque el cuerpo puede estar cansado, pero la música tiene esa extraña capacidad de despertar lugares dentro de nosotros que todavía no lo están.
Y Sonorama 2026 nos ha dejado unos cuantos de esos momentos.
Iván Ferreiro nos llevó de viaje por nuestra propia memoria. Desde Los Piratas hasta una carrera en solitario que supera ya las dos décadas y que forma parte de la historia sentimental de varias generaciones. Fue uno de esos conciertos en los que las canciones no solamente cuentan la historia de quien las compuso. También cuentan un pedazo de la nuestra.
Escuchábamos aquellas canciones y, de alguna manera, también nos escuchábamos a nosotros mismos veinte años atrás.
Hay artistas que presentan canciones y otros que presentan una parte de tu vida.
Iván Ferreiro pertenece ya a los segundos.
León Benavente firmó, en mi opinión, uno de los mejores directos que recuerdo haber visto en Sonorama. Y después de tantos años y tantos conciertos, no es una afirmación pequeña. Una actuación de una fuerza enorme, intensa, contundente, de esas que te obligan a mirar al escenario porque durante un rato parece que no está ocurriendo nada más alrededor.
También descubrimos la verdadera dimensión de Guitarricadelafuente ante miles de personas. Hay artistas a los que uno escucha en un disco y artistas a los que termina de comprender cuando los ve sobre un gran escenario. Este joven músico demostró que tiene personalidad, canciones y una capacidad enorme para sostener un concierto ante un público multitudinario.
Este domingo hemos podido comprobar también de primera mano la magia y esa especie de locura contenida de Rigoberta Bandini. Sensibilidad, teatralidad, provocación y una personalidad que hace que siempre parezca que puede suceder algo diferente sobre el escenario.
Carlos Ares ha sido otra de esas confirmaciones que dejan los festivales. Un gran cantante acompañado de una banda magnífica y con una manera de entender el directo en la que las canciones crecen cuando salen del disco y se enfrentan al público.
Y Love of Lesbian volvió a recordarnos por qué lleva tantos años siendo una referencia. Les he visto muchas veces, pero pocas recuerdo una interacción tan constante con el público. Santi Balmes convirtió buena parte del concierto en un diálogo permanente con la gente, en una gran fiesta compartida, consiguiendo una conexión que pocas veces había visto de esa manera en sus directos.
Pero si hubiera que hablar de una consagración en este Sonorama, habría que detenerse en Sexy Zebras.
Han ido creciendo poco a poco, concierto a concierto, festival a festival, hasta llegar el viernes a uno de esos grandes escenarios que sirven para medir de verdad dónde está una banda.
Y lo llenaron.
No hablo solamente de público. Hablo de sonido, actitud y presencia.
Tres músicos. Batería, bajo y guitarra.
No necesitan mucho más para construir ese muro de contundencia que les caracteriza. Hay grupos que sobre un gran escenario parecen hacerse pequeños. Sexy Zebras hacen exactamente lo contrario.
Lo ocupan.
Su actuación del viernes confirmó que aquella banda que llevaba años empujando desde abajo pertenece ya a otra categoría. Y todavía les quedó energía para reaparecer el sábado por sorpresa en la mítica Plaza del Trigo y volver a ponerla patas arriba.
Sonorama también sirve para eso. Para ver cómo los grupos van conquistando escenarios hasta que un día te das cuenta de que ya no están intentando llegar.
Han llegado.
Y después está La M.O.D.A.
Quizá pocas historias expliquen mejor qué ha significado Sonorama para la música independiente de Castilla y León.
La Maravillosa Orquesta del Alcohol llegó por primera vez al festival en 2011, cuando apenas comenzaba su camino y tocaba ante unas pocas decenas de personas. Quince años después, una banda nacida en Burgos ocupaba el sábado uno de los grandes espacios de la noche convertida, por méritos propios, en cabeza de cartel.
Y había algo de justicia en ello.
Justicia musical, pero también justicia con esas bandas que empezaron desde abajo, haciendo kilómetros, tocando donde podían y construyendo público canción a canción.
La M.O.D.A. no necesitó justificar nada.
Salió al escenario y tocó.
Y lo hizo con esa mezcla de raíces, energía y honestidad que ha convertido al grupo en una de las grandes bandas surgidas en Castilla y León. Unos músicos increíbles y un David Ruiz capaz de meterse al público en el bolsillo recorriendo canciones que ya pertenecen a la vida de mucha gente.
Verles allí, convertidos en uno de los grandes nombres del sábado después de haberlos visto crecer durante tantos años, fue también contemplar una parte de la historia del propio Sonorama.
Hay festivales que contratan cabezas de cartel.
Sonorama, algunas veces, ha tenido el privilegio de ver cómo sus bandas se convertían en ellos.
Y luego apareció Leiva, una institución ya de nuestra música.
Su concierto fue claramente de menos a más. Pero cuando terminó de encontrar ese punto de conexión con el público apareció el Leiva enorme, rodeado además de una auténtica bandaza y desplegando ese repertorio de grandes canciones que a estas alturas forma parte de la música popular española de las últimas décadas.
En mitad de todo aquello llegó uno de los instantes más delicados y hermosos del festival.
Solo con su guitarra interpretó «El hombre pájaro» como homenaje a Robe Iniesta, líder de Extremoduro, fallecido hace apenas unos meses.
En un lugar acostumbrado al ruido, durante unos minutos miles de personas simplemente escucharon.
Una guitarra.
Una canción.
Y el recuerdo de alguien que ya no está.
Eso también es música.
Después el concierto fue creciendo hasta terminar levantando en volandas al festival con sus grandes éxitos. Pero aquel instante íntimo quedó suspendido en mitad de la noche como uno de esos recuerdos que seguramente permanecerán cuando dentro de unos años intentemos reconstruir este Sonorama.
Porque, al final, de un festival nunca recuerdas todos los conciertos.
Recuerdas momentos.
Una canción. Una mirada. Un abrazo. Una conversación inesperada. El grupo que descubriste cuando no pensabas verlo. Aquella actuación que te sorprendió.
O el desconocido al que llevas quince años encontrándote en la misma calle de Aranda y del que sigues sin saber cómo se llama.
Esa es seguramente la grandeza de Sonorama.
Después de cerca de veinte ediciones puedo recordar muchos artistas, escenarios y noches, pero cuando pienso de verdad en el festival aparecen también rostros.
Algunos tienen nombre.
Otros no.
Dentro de un año Sonorama cumplirá treinta ediciones.
Y nosotros tendremos un año más.
Probablemente volveremos algo más cansados. Buscaremos antes una sombra. Nos quejaremos del calor. Diremos alguna vez que ya no tenemos edad para esto.
Hasta que volvamos a doblar una esquina y suene una guitarra.
Reconozcamos una canción.
Y a lo lejos veamos una de esas caras conocidas cuyo nombre seguimos sin saber.
Nos miraremos.
Levantaremos la mano.
Y sin decirnos nada volveremos a entenderlo todo.
Seguimos aquí.
Mientras la música consiga que podamos decir eso, habrá razones para volver.










































