Hoy quiero hablar de un amigo. Y me hace especial ilusión hacerlo precisamente desde esta columna, porque él es uno de mis críticos más fieles… o, mejor dicho, uno de los que más bromas me gasta con Con P de Palencia. No deja pasar una sola publicación sin encontrar el momento para hacerme algún comentario con esa ironía tan suya y esa sonrisa que nunca pierde. Así que hoy le devuelvo la jugada y le convierto, con todo el cariño y la admiración del mundo, en el protagonista de estas líneas.
Le tengo un cariño enorme y siempre digo que volar con él es motivo de celebración. No solo por su extraordinaria profesionalidad, sino porque posee una cualidad que no se enseña en ninguna escuela de vuelo: la capacidad de transmitir calma. Siempre tiene una sonrisa en la boca, incluso cuando las cosas se complican. Su optimismo no nace de la ingenuidad, sino de la experiencia. Es de esas personas que, sin levantar la voz, consiguen que todo el que está a su alrededor vea los problemas un poco más pequeños.
Hace unos días leí un artículo en un periódico mallorquín sobre un episodio ocurrido durante el terremoto de Venezuela. Conocía la historia, pero volver a leerla me hizo sentir un inmenso orgullo. Porque el protagonista de aquel relato era él.
Aquel día, su avión se aproximaba al aeropuerto de Caracas con más de cuatrocientos pasajeros a bordo. De repente, todo empezó a complicarse. Tras el terremoto, las comunicaciones dejaron de ser fiables. La torre de control no proporcionaba la información necesaria y tampoco llegaban noticias de otros aviones que permitieran conocer con claridad qué estaba ocurriendo.
Y en aviación hay pocas cosas más inquietantes que el silencio.
La información es la base de todas las decisiones. Cada comunicación con el control aéreo, cada mensaje de otro avión, cada dato meteorológico ayuda a construir la imagen de una situación. Sin esa información, cualquier decisión se vuelve mucho más compleja. Pero un avión no puede detenerse en el arcén de una carretera para pensar. El combustible sigue consumiéndose, el tiempo avanza y la decisión debe tomarse.
Mi amigo tuvo la sangre fría de interpretar aquel silencio como una señal de alarma. Entendió que la falta de información ya era, por sí misma, una información muy importante. No había garantías de que el aeropuerto estuviera operativo y no existían datos suficientes para asegurar que la situación fuera segura.
Tomó la que probablemente fue una de las decisiones más importantes de su vida: no aterrizar en Caracas.
Más tarde se supo que la pista había sufrido daños como consecuencia del terremoto. Intentar tomar tierra con un avión de esas dimensiones, a esa velocidad y en unas condiciones desconocidas podría haber tenido consecuencias irreparables. Aquel día, más de cuatrocientas personas no fueron conscientes de lo cerca que estuvieron de una tragedia. Y precisamente por eso merece ser recordado: porque una gran decisión evitó que hubiera una gran noticia.
Los que conocemos a Luis no nos sorprendemos al leer esta historia. Esa serenidad que mostró en aquel momento es la misma que transmite cada día. Su sonrisa nunca ha significado falta de preocupación; significa confianza. Confianza en la preparación, en la experiencia y en la capacidad de tomar la decisión correcta cuando más difícil resulta hacerlo.
En una profesión como la aviación, los grandes profesionales no son aquellos que nunca se enfrentan a problemas. Son aquellos que, cuando aparecen, mantienen la calma, analizan la situación y ponen la seguridad por encima de cualquier otra consideración.
Este modesto artículo va dedicado a vosotros, Luis y Javi. A vuestra profesionalidad, a vuestra serenidad y a esa manera de entender la aviación donde la seguridad siempre está por encima de todo. Gracias por recordarnos que detrás de un gran piloto hay mucho más que horas de vuelo: hay criterio, humildad y responsabilidad.
Y termino como no podía ser de otra manera: con P. Con P de profesionales, porque eso es lo que sois. Y también, como diría el propio Luis con esa retranca tan suya, con P de preciosos.
Y permitidme una última dedicatoria. Este artículo también va para tres venezolanas a las que tengo un cariño muy especial: Manuela, Elisabeth y Andrea. Porque Venezuela es mucho más que aquel terremoto; es también la tierra de personas maravillosas que dejan una huella imborrable en quienes tenemos la suerte de conocerlas.





