Era un miércoles de julio, en la mitad de una de estas olas de calor que nos dejan a todos un poco achicharrados. En nuestra Palencia, nada diferente de esto. Hacía un calor sofocante. Uno de aquellos días de mucha agua, abanicos bailando en nuestras manos y ropa ligera.
En la Oficina de Turismo, especialmente aquella tarde y en aquel instante, un ambiente tranquilo. Y en esas nos entra un chaval -calculo que llevaría encima unas 19 primaveras- con una sonrisa, una mochila ligera y la clara actitud de «¡ayúdame a ser feliz, señora!». Pues nada: ¡al oficio!
— ¿En qué te puedo ayudar?
— Quiero conocer Palencia. Y sé que tiene tanto, tanto, que lo haré por partes. Vengo de Burgos. Aproveché el autobús gratuito de BusCyL, he venido a pasar el día y estoy dispuesto a volver muchas veces. Quiero ver vuestra capital, antes que nada. Todo lo que tenéis por aquí. Ya en los próximos viajes, el Románico, el Canal de Castilla, las iglesias renacentistas, la Villa Romana, la Montaña y los castillos.
Había en él una mezcla de fascinación casi infantil por los tesoros de Castilla y el firme empeño de descubrir un lugar nuevo.
— Cuéntame todo lo que tiene Palencia.
Sinceramente, en momentos así te quedas tan inmensamente feliz… Atentos al contexto: un joven. Solo. Interesado en patrimonio, cultura, viajes y… personas. Me preguntó de dónde era, hasta dónde le llevaba mi acento. Cuando le dije que de Brasil, me comentó que está estudiando Turismo, habla inglés y está estudiando francés. Y que su próximo idioma será el portugués.
— Un día me voy a Brasil, ya verás.
— No tengo dudas —contesté.
Me preguntó cómo es mi país, su patrimonio y sus gentes.
Después de unos minutillos hablando de mi tierra, entramos en mi amada segunda tierra, la que me acoge y alimenta. Y cada vez que le comentaba algo de nuestra Palencia, le iba matando, trago a trago, esta sed que llevaba dentro. Que si la Catedral, el Museo Arqueológico, el Diocesano, la ruta gótica de la capital palentina, el modernismo, el Cristo y las obras del Otero…
Mientras me escuchaba, sus ojitos, dos canicas negras brillantes, lo vivían. Quería seguir aquí, conmigo, pero quería empezar su ruta. Quería volar. Y voló. Salió por esta puerta en su investidura morada. Tocaba Palencia. «Por fin, por primera vez», me dijo.
Joven. Solo. Curioso. Atento a la vida que urge. Un turista más. No uno cualquiera más. Es un TURISTA más. O sea, alguien muy especial, como todos lo son. Aquella tarde, aquel joven me enseñó tanto sobre la vida. Sobre la sed. Sobre los vuelos solos. Y sobre esta Palencia que está viva y atrae a tanta gente buena todos los días. Más de la que pensamos tú y yo.
¡Viva Palencia Viva!





