Voy a contaros algo que me lleva rondando por la cabeza muchos meses y no exento de gran preocupación.

Los que me conocéis un poco sabéis que me gusta observar y analizar a las personas y sus comportamientos, procuro entender las reacciones de las personas y ponerme en su lugar para intentar comprenderles mejor, pero he de reconoceros que he llegado a la dolorosa conclusión que vivimos en una sociedad con una profunda crisis de valores, donde todo son derechos y muy pocas obligaciones. Se está perdiendo el respeto a nuestros mayores, a los profesores, incluso a algo tan sagrado como nuestros padres. Se está perdiendo el respeto a las instituciones, a los miembros y cuerpos de seguridad del Estado.

Por supuesto que es importante vigilar que no se produzcan abusos de poder o autoridad y que se deben defender las libertades individuales, pero creo firmemente que estamos perdiendo el norte como sociedad e incluso volviéndonos un poco locos. ¿Tiene más derechos un delincuente que un policía o un okupa que un propietario? Creo en una necesaria libertad, pero tiene que existir un mínimo de rigor o disciplina y respeto por las cosas bien hechas. Cada vez se fomenta menos el esfuerzo, ahora es posible pasar de curso con asignaturas suspensas, los modelos a seguir a los que aspiran nuestros jóvenes no son ya un buen médico, abogado, fontanero, bombero, casi ya ni futbolista o artista…ahora ansían ser un famoso Youtubers o Tiktokers, aspiran a tener millones de seguidores y mucho dinero contando gracietas y excentricidades en la red…

Hablando con expertos en sociología me dicen que en la historia han existido recurrentemente períodos de crisis con falta de valores, que no es nuevo, pero yo creo que nunca como ahora. Los padres cometemos el error de canalizar nuestros deseos y frustraciones en ellos. Que sean grandes deportistas, lo que no fuimos nosotros. Que no les falta nada que se les antoje, que vivan mucho mejor de lo que vivimos nosotros, concediéndoles desde muy pequeños todo tipo de caprichos innecesarios sin darnos cuenta que, lejos de ayudarles, les volvemos peores.

Las nuevas familias, fruto de tanta separación porque ya nadie aguanta nada, donde se juntan dos adultos con hijos de otras parejas anteriores, generan situaciones muy complicadas en el día a día del seno de la nueva convivencia. Los niños de padres y madres separadas (algo muy frecuente) aprovechan estas coyunturas sacando el máximo provecho de esa situación y como ningún progenitor quiere ser “el malo” les permiten hacer de todo.

Cada vez veo a más jóvenes que tienen de todo pero se sienten solos e infelices, cansados de todo, sin un objetivo claro en la vida. No saben vivir sin sus móviles y sin sus consolas de juegos. Observo a adolescentes en la calle sentados en grupos y veo cómo todos están inmersos en su móvil sin hablar entre ellos… es algo surrealista. La tan necesaria tecnología nos acerca con los que están lejos pero nos aleja de los que están a nuestro lado…

En fin, os invito a reflexionar si este es el mundo que queremos dejar a los que vengan…

Sergio Lozano Blanco

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