Rubén Zurita ha convertido su afición por el audiovisual en su principal actividad profesional con contenidos sobre la historia, las costumbres y los rincones de Palencia que llegan a seguidores de toda España
Jesús García-Prieto / ICAL
El primer vídeo de Rubén Zurita, conocido en las redes sociales como El Chiguito, no nació de una gran idea de negocio ni de una estrategia para ganar seguidores. Estaba con unos amigos, explicando un truco para calcular cuánto faltaba para que anocheciera. Si se extendía el brazo hacia el horizonte y colocaba los dedos entre el sol y la línea del horizonte, cada uno equivalía aproximadamente a 15 minutos de luz. Sus amigos le propusieron que lo contara en un vídeo. Él aceptó, lo grabaron en un momento, lo editó y lo publicó. Así empezó una aventura que, con el tiempo, ha acabado convirtiendo a Palencia en la protagonista de buena parte de su trabajo.
“Fue la cosa más rápida y genuina que pueda uno imaginar”, recuerda. No había un plan demasiado elaborado detrás de aquella primera publicación. Había, más bien, algo que ya formaba parte de su vida desde pequeño, como son las ganas de contar historias y de hacerlo a través de una cámara.
Rubén estudió Comunicación Audiovisual y Publicidad y trabajó en agencias y en la creación de contenidos para terceros. El salto a una cuenta propia llegó cuando detectó que echaba en falta determinados contenidos sobre el saber popular, las costumbres y esos conocimientos que durante generaciones se han transmitido de boca en boca. “Me parecía interesante plasmarlo en vídeos cortitos que pudiera subir a redes”, explica. La respuesta fue buena y el proyecto fue creciendo sin necesidad de forzar demasiado las cosas.
Lo que comenzó como una afición ocupa ahora prácticamente toda su actividad profesional. Distintas marcas han empezado a contar con él para sus proyectos y aquel perfil que abrió para hablar de asuntos que le interesaban se ha convertido en una forma de vida. La evolución, insiste, ha sido “bastante orgánica”. No significa que el trabajo resulte sencillo, aunque desde fuera pueda parecer que basta con grabar algo, publicarlo y esperar a que funcione.
Detrás de cada vídeo hay documentación, un guion, grabación y edición. Y también una parte que no depende de quien está al otro lado de la cámara: que el contenido interese o no a quienes pasan por las redes sociales. “Cuando tengo ya el guion terminado me gusta comprobar que no estoy dando ningún dato erróneo”, señala. Después llega la publicación y la incertidumbre. Puede haber invertido seis u ocho horas en una pieza y descubrir que apenas tiene repercusión. “Otra vez será”, resume, sin dramatizar demasiado.
La diferencia está en aquello que cuenta. El Chiguito no busca que sus seguidores conozcan todos los detalles de su vida, sino que se detengan en lugares, historias y tradiciones que muchas veces pasan inadvertidos. Su interés está en el territorio, en las raíces y en una manera de entender la identidad que no necesita recurrir constantemente a los tópicos.

“No quiero hacer un contenido de lifestyle, de vida personal, que la gente lo sepa todo de mí, sino que me interesa más utilizar mi altavoz para contar cosas que tengan que ver con la tierra o con el arraigo”, afirma. Por eso, aunque su nombre y su cara sean cada vez más reconocibles, prefiere que el protagonismo siga estando en lo que muestra.
La sorpresa llegó cuando comprobó que buena parte de quienes veían sus vídeos no eran de Palencia ni siquiera de Castilla y León. Él pensaba que el contenido interesaría especialmente a quienes conocían los lugares o podían reconocer las costumbres de las que hablaba. Sin embargo, también ha encontrado una audiencia de fuera, atraída por la posibilidad de descubrir una realidad alejada de su día a día.
Quizá tenga que ver, apunta, con cierta idealización de la vida en los pueblos o con las ganas de acercarse a otros territorios sin necesidad de estar físicamente en ellos. Lo cierto es que, entre los comentarios que más le alegran, están los de quienes le cuentan que han visitado Palencia durante un viaje y se llevaron una buena impresión.
“Me dicen: ‘Qué bonito, qué bien se come’”, relata. Son mensajes que le hacen especial ilusión porque significan que alguien ha dedicado parte de su tiempo a conocer la provincia. Para él, que una persona que no tenía una relación previa con Palencia descubra sus atractivos y se marche con un buen recuerdo es motivo de orgullo.

La intención se resume bien en una expresión que utiliza al hablar de la imagen de la ciudad: conseguir que la “Bella Desconocida” sea cada vez más “la Bella Reconocida”. No se trata únicamente de enseñar monumentos o recomendar una visita. También hay espacio para explicar por qué una costumbre es como es, de dónde procede una historia o qué se esconde detrás de un detalle que, a primera vista, puede parecer insignificante.
Con la mente en Palencia
En ese trabajo, además, ha descubierto que su propia relación con Palencia también ha cambiado. Su abuelo es de la capital y pasa allí parte de sus vacaciones, además de fechas señaladas como San Antolín y Navidad. Sin embargo, reconoce que ha aprendido muchas cosas sobre la ciudad y la provincia a raíz de poner en marcha la cuenta.
“Muchas veces le agradezco que me obliga un poco a estudiarme, a hacer los deberes y a documentarme sobre historias o el origen de una leyenda”, comenta. La cámara le ha dado una excusa para investigar aquello que tenía cerca, pero que no necesariamente conocía en profundidad. Y esa búsqueda continúa alimentando los contenidos.
Si hay una parte de la provincia con la que mantiene una conexión especial es la zona de la Montaña Palentina y La Ojeda. Su pueblo se encuentra en el entorno de Herrera de Pisuerga y, aunque reconoce que todavía tiene mucho por descubrir en otras comarcas, es en esa parte del territorio donde más se mueve y donde encuentra algunos de sus lugares preferidos para desconectar.
Entre ellos está el pantano de Ruesga, al que vuelve la vista cuando piensa en los veranos. Lo describe como “una especie de oasis en mitad de la Montaña Palentina”. También guarda un especial cariño a San Jorge de Ojeda, un núcleo despoblado en el que permanece la iglesia y que conserva una estampa singular, levantada sobre una loma y rodeada de campos.
El tercer lugar que elige es Aguilar de Campoo. Allí estudió, en el instituto Santa María la Real, y conserva el recuerdo de sus paseos por el entorno del río y de la colegiata de San Miguel. Son sitios que no aparecen en su lista únicamente por su atractivo turístico, sino también por lo que significan para él.

En la capital, menciona la catedral, la plaza de Abastos y La Mejillonera, un establecimiento al que acude de vez en cuando y que reivindica frente a quienes lo confunden con otros locales del mismo nombre. En este caso, la elección dice tanto de su vínculo con la ciudad como cualquiera de sus vídeos sobre patrimonio.
Y cuando toca pensar en una escapada próxima, no necesita ir demasiado lejos. Tiene previsto recorrer la Tejeda de Tosande con unos amigos durante el otoño. “Estará todo precioso”, dice. Es una manera sencilla de explicar qué le atrae de esta tierra: no siempre hace falta buscar un destino lejano para encontrar un lugar que merezca la pena.
Contar las cosas sin dar lecciones
Los vídeos de El Chiguito tienen que funcionar en un entorno en el que la atención dura poco. Por eso procura que sean dinámicos, ligeros y accesibles, sin renunciar a la documentación previa. Sabe que un minuto no permite profundizar en todos los matices de una historia, una tradición o una localidad. Su objetivo es despertar la curiosidad y dejar al espectador con ganas de saber más.
“No deja de ser una simplificación extrema de cualquier contenido”, admite. La duración obliga a seleccionar y resumir, pero también le permite acercar asuntos que quizá no despertarían el mismo interés presentados de otra manera. El humor y el tono cercano forman parte de esa fórmula, aunque no se trata de convertir cada publicación en un chiste ni de reducir la identidad palentina a una colección de tópicos.

Su trabajo también le ha permitido colaborar con otros creadores. En Palencia ha compartido proyectos con Pedro García González, con quien, asegura, la colaboración surgió de forma natural. Ambos trabajan con asuntos locales y han encontrado una manera de complementarse sin necesidad de forzar el encuentro.
La acogida de la gente de aquí también le ha sorprendido para bien. Cuenta que, en ocasiones, alguien le reconoce por la calle o le llama desde un coche para saludarle. Recuerda especialmente esas muestras espontáneas de cariño, como cuando le gritan “¡Arriba Chiguito!”. Él recibe esos gestos con naturalidad y agradecimiento, aunque insiste en que no vive lo que hace como una labor extraordinaria.
“Para mí es un placer hablar de nuestra tierra”, afirma. Precisamente por eso evita situarse en el centro de la historia. El reconocimiento público es una consecuencia de los vídeos, pero no el motivo principal por el que los hace.
Primera experiencia como jurado
Su actividad le lleva también a escenarios que no estaban necesariamente en sus planes iniciales. El pasado lunes participó por primera vez como jurado en el I Concurso de Jóvenes Talentos Culinarios de Castilla y León, organizado por el Centro Tecnológico de Cereales de Castilla y León (CETECE), una experiencia que le permitió conocer de cerca el trabajo de jóvenes talentos de la cocina.
La valoración fue positiva. Aunque se trataba de la primera edición, encontró un nivel elevado y unas instalaciones y una organización que le sorprendieron por su profesionalidad. “Ha sido una pasada”, resume al recordar la experiencia. Y, con su habitual sentido del humor, deja claro que tampoco le disgusta la posibilidad de repetir ya que está dispuesto a apuntarse a todo lo que implique probar comida.

La participación en el certamen encaja en esa evolución que describe sin grandes planes de futuro. El perfil le ha abierto puertas y le ha permitido conocer personas, lugares y ámbitos a los que quizá no habría llegado por otros caminos. También le ha obligado a superar ciertas barreras y a atreverse con situaciones que antes no habría imaginado.
“Creo que, sobre todo, he aprendido la constancia”, explica. Mantener un proyecto en redes exige seguir creando incluso cuando las cifras no acompañan y un vídeo no obtiene la respuesta esperada. También implica vencer prejuicios y animarse a probar cosas nuevas. En su caso, esa perseverancia ha terminado convirtiendo una afición de toda la vida en su principal ocupación.
Con alrededor de 150.000 seguidores en Instagram, Rubén prefiere no hacer demasiadas predicciones sobre lo que vendrá. Las redes cambian con rapidez y lo que hoy funciona puede dejar de hacerlo dentro de unos años. “Nadie sabe qué va a hacer de las redes sociales de aquí a cinco años”, comenta. Por ahora, está satisfecho con lo que ha construido y espera mantener la libertad para seguir hablando de Palencia a su manera.
Tampoco teme quedarse sin temas. La provincia ofrece historias, personajes, paisajes y tradiciones suficientes para seguir trabajando durante mucho tiempo. “Se cansará la gente de internet, pero sin ideas o sin contenido no nos vamos a quedar, porque hay muchas cosas todavía de las que hablar de nuestra tierra”, asegura.
Su manera de entender el proyecto pasa por seguir aprendiendo y documentándose, sin convertirlo en una obligación ajena a sus intereses. El perfil le ha servido para mirar de otra forma lugares que conocía desde niño y para descubrir otros que tenía mucho más cerca de lo que pensaba. En ese camino, también ha comprobado que hay público dispuesto a escuchar historias de una provincia que, para muchos, todavía es una desconocida.
Quizá por eso, cuando se le pregunta qué le gustaría que la gente supiera del hombre que hay detrás de El Chiguito, no reclama más atención para sí mismo. Considera que lo que se conoce de él a través de los vídeos es suficiente. No pretende que sus seguidores sepan dónde está en cada momento ni convertir su vida privada en contenido.
Le interesa más que quien se cruce con uno de sus vídeos termine mirando Palencia con algo más de curiosidad. Que descubra un pueblo, se interese por una leyenda o se anime a recorrer un sendero. Y que, si alguna vez visita la provincia, encuentre motivos para quedarse un poco más.
Por ahora, su siguiente destino puede ser tan sencillo como una excursión otoñal a la Tejeda de Tosande con sus amigos. No hace falta una gran producción ni una campaña para disfrutar de ese paisaje. A veces basta con conocerlo, saber algo más de él y tener ganas de contarlo. Ahí sigue estando, en el fondo, la idea con la que empezó todo, coger una cámara y compartir algo que merece la pena.










