La sorpresa literaria del momento llega desde la Montaña Palentina y de la mano de unos personajes que en realidad no son nadie. Jon Cabrera es su autor y en esta entrevista defiende el libro que todo ser humano lleva en su interior, por anodino que sea

«Hemos demostrado que seguimos siendo egoístas, sin mirar a quien tenemos al lado»

El periodista Jon Cabrera (Barakaldo, 1972) se ha atrevido a hacer dos cosas que muchos apenas llegan a soñar. La primera, cambiar la gran ciudad por la calma de un pueblo. En concreto, uno de la Montaña Palentina. Y la segunda, escribir una novela. Más bien, un novelón. Fantasmas en la trinchera (Editorial Rubric) sorprende por su prosa, por su estructura narrativa y por la ternura que desprenden unos personajes que no son nadie, o más bien, que pueden ser cualquiera. Desde ese anonimato subversivo, el autor, blandiendo su mejor humor, pone a la sociedad ante el espejo.

Cabrera vive hace cuatro años en nuestra provincia disfrutando del gran lujo que es el tiempo para uno mismo. Para ejercer la escritura como aprendió de sus años en la prensa, pero sobre todo de maestros como Ramiro Pinilla. Y como sus personajes, sale ahora de la sombra para ser, en adelante, un alguien destacado entre los escritores de nuestra tierra.

‘Fantasmas en la trinchera’ introduce al lector en el ambiente del Bar Imperial sin abundar en las descripciones. Nos llega el olor de la mancha de vino en la barra de formica, oímos el crujido de la cámara de las cocacolas… ¿No será que todos nosotros somos un poco ‘fantasmas’ de bar?

Fantasmas no sé, ¡de bar sí! Si hablamos de las instituciones que conforman una sociedad, están los centros de enseñanza, los juzgados, estas cosas que vienen en la Constitución… Y, por supuesto, los bares. No son solo fondo, sino además forma de nuestra base como personas. Estoy convencidísimo.

En un barrio, por ejemplo, no hay centro social más importante que un bar. Y si es como El Imperial, casi más, porque ahí es donde se dirime, discute y arregla el mundo. ¡Todos hemos arreglado el mundo tomándonos algo! Que al día siguiente está igual de mal, y piensas: «si lo llego a saber no me acuesto». En los pueblecitos pequeños, como donde yo vivo, lo que le da entidad al pueblecito de 10 personas o menos es que tenga o no teleclub.

¿El Imperial tiene más del teleclub de tu pueblo o del bar de pintxos de tu Barakaldo de origen?

Yo nací en Barakaldo, pero me considero de Zorroza, que es un barrio de Bilbao donde hay muchos bares. Cuando era crío e iba con mi padre, había bares como El Imperial, de viejos. Lo que pasa es que en Bilbao es distinto. Es más del Sur eso de que alguien sea de un solo bar. En Bilbao hay cuadrillas, como la de Miguel, Andrés y Julio, pero no se quedan en un solo bar: se toman un vino y acto seguido van al siguiente. Son los txikiteros, otro de los rasgos característicos de Bilbao como sociedad. Los txikiteros que, por una consecuencia lógica, se convierten en Orfeones… ¡Y vaya voz que tienen!

Es un ambiente donde se arregla el mundo, donde están de vuelta de todo por lo que sufrieron en su día. Porque ahora son veteranos de la Transición, de la lucha social que hubo en los 70 y que fue muy complicada, tal como yo la recuerdo. En mi época, esos señores eran veteranos de la guerra, directamente. Y a mí me interesaba que fueran esas personas las que en un momento dado dieran un golpe sobre la mesa y dijeran ‘‘hasta aquí hemos llegado, vamos a hacer lo que nos dé la gana. Que no quiero cuidar nietos, no quiero quedarme aquí… Yo voy a delinquir, que es lo que me gusta de verdad’’. Me parece muy divertido.

De hecho, una de las reflexiones a las que invita su libro es la relación de la sociedad con las personas mayores. Tras la jubilación, llega cuidar de los nietos, divagar sobre causas perdidas en el bar y vivir una anodina rutina

Es uno de tantos sectores que no existen. El inmigrante no existe. Eso que se decía antes… Que no distinguimos a los orientales o a los de raza negra. Pero la primera de las razones es que ni nos fijamos en ellos. Quizá por la aporofobia, que fue Palabra del Año [en 2017]. Rehuímos lo que nos recuerde aquello que nos puede reprimir: a los ancianos, porque nos recuerdan a la muerte; a ciertos inmigrantes, porque nos recuerdan a la miseria.

Cuando nos cruzamos con un inmigrante, hacemos por no mirarlo. Hay una deshumanización tremenda

Entonces, cuando nos cruzamos con ellos no solo no les miramos, sino que hacemos por no mirar. Hay una deshumanización tremenda. Y darle la vuelta a eso y que toda esa gente que no quieres mirar (porque somos unos pedantes de la leche), que un día le dé la vuelta a la tortilla y diga: ‘‘por no mirarme, te he robado la cartera delante de tu cara y no sabes quién soy porque para ti somos todos iguales’’. Eso me parecía muy interesante.

¿Los ‘‘fantasmas’’ son una especie en extinción, o en evolución? La pandemia ha acelerado nuestra tendencia al aislamiento, a infantilizar los problemas y atontarnos con las pantallas

Antes, al menos, la gente que cree en cosas inútiles hacía cosas en el balcón. Y salíamos, y hubo una especie de mito que nunca me llegué a creer: que íbamos a salir mejores. Yo me conformaba con que saliéramos. Pero lo de mejores, no. Hemos demostrado que seguimos siendo egoístas, sin mirar a la gente que tenemos al lado. Yo he estado 11 años viviendo en Marbella, en un bloque de apartamentos no demasiado grande, y no sabía cómo se llamaban mis vecinos. En cambio llevo 4 años en un pueblecito que cuando llegué tenía 15 habitantes, pero el primer día ya conocía a todos. Esa falta de comunicación está presente en la novela, aunque no contada desde un punto de vista dramático.

‘‘Ahora las personas no importan, no son más que sombras por la calle’’, dice uno de los personajes. ¿Queda esperanza en eso que llaman ‘‘España Vaciada’’?

Ahora que estoy viviendo en esa llamada ‘‘España Vaciada’’, me doy cuenta de que no tiene nada de vacía. Está llena de cosas interesantísimas, cosas que no hay en ningún otro sitio del mundo. Y lo estoy disfrutando. He encontrado tiempo, espacio y estoy feliz. Si hay una oportunidad de que nos volvamos a mirar a los ojos y llamarnos por nuestro nombre a pesar de las mascarillas, es en comunidades un poquito más pequeñas.

Las grandes ciudades, por desgracia, son la deshumanización. No sé quién decía que no es que seamos mucha gente en el mundo, sino que además estamos repetidos. Y es verdad. Sin caer en la egolatría, yo defiendo el individualismo. Romper un poco todas esas categorizaciones en las que nos clasificamos y hacer algo por nosotros mismos. Eso sí, defendiendo el espíritu crítico. Que nos cuestionemos todo lo que sale en la televisión, cualquier rumor. Siempre la duda como mantra, pero, por supuesto, con mucha formación por parte del individuo.

El humor es la única arma poderosa. Sobre todo contra los poderosos. Como crítica, es el arma más efectiva, y me encanta usarla

Si no lees, estás condenado a creerte lo que diga cualquier idiota. Y desafortunadamente cualquier idiota, a día de hoy, tiene muchísimo acceso a medios de comunicación. Antes los periodistas hacíamos de filtro, ahora cualquiera puede tener un altavoz y decir estupideces como pianos.

Ahora el espíritu crítico va contra lo que dice el periodista y no contra el post de Facebook…

¡Y contra lo que dice un médico! Y negamos lo que dicen los astrónomos para decir que la tierra es redonda, que creíamos haber superado eso hace 500 años. ¿Somos estúpidos? Vamos a formarnos y tener un espírtu crítico.

¿El humor es un arma poderosa para mover conciencias? Lo has utilizado en trabajos anteriores y lo empuñas aquí

El humor es la única arma poderosa. Sobre todo contra los poderosos. Me vienen a la cabeza Tiempos Modernos o, sobre todo, El Gran Dictador. A una persona autoriaria, no hay forma mejor y más efectiva de derrotarla que reírse de ella. Contra eso no tiene defensa, porque nos quiere atemorizados y encogidos. Pero si estás entre la espada y la pared y te ríes… Has vencido. El humor, como crítica, me parece el arma más efectiva. Y me encanta usarla. Es verdad que el tono de la novela es de mucho humor e ironía, es un humor que no sé hasta qué punto la gente lo coge… ¡Y me pregunto si no me estaré pasando!

Hay humor, pero también hay dureza y ternura. Cuando has creado esos personajes en los primeros cinco capítulos, las situaciones son las que te llevan a ti. Me he reído con mis propios chistes –que hace falta ser idiota– y he llorado mientras escribía. Pero cuando los personajes ya toman el control de la novela, no tienes otro remedio que dejarte llevar por ellos.

Es una intensidad que llega, porque convierte la mediocridad en ternura, en heroicidad

Es que yo creo que, por muy anodina que sea, toda persona tiene un libro dentro. Una novela de las gordas, tipo Guerra y Paz, de esas que nadie se lee (ríe). También te digo una cosa: hay un personaje que uso como crítica a ciertas cosas que no veo a la hora de escribir. Por ejemplo, no puedo con que alguien haya escrito más libros de los que ha leído. Cuando uno es escritor, hay quien se cree estar en el Olimpo. ‘‘Ya soy escritor y escribo con palabras que nadie entiende’’… ¡Vete por ahí! ¡El Ulises de Joyce no se lo ha leído nadie! No estoy defendiendo la vulgaridad o la subliteratura tipo Marcial Lafuente. Estoy defendiendo que un libro debe ser hecho para ser leído. Para que haya comunicación tiene que haber dos personas.

Qué difícil es que un libro te sorprenda por su estructura narrativa, hoy en día que tanto se ha escrito y –llámame ilusa– tanto leemos. ¿Por qué escoges esta fórmula tan variada en voces, estilos y enfoques?

Yo había visto eso en Las ciegas hormigas de Ramiro Pinilla: cada capítulo lo narra un personaje. También se usan fórmulas parecidas en Mientras agonizo, de Faulkner, o en el Drácula de Bram Stoker. Yo fui a hacer el doble salto mortal de necesidad: que cada uno de esos personajes hicieran avanzar la historia con su propio estilo; uno a través de cartas, otro a través de un diario, otro en primera persona y otro a través de la tercera. Y luego meto páginas de periódicos, incluso hasta una conversación de whatsapp… Me parecía un divertimento, pero sobre todo un ejercicio de creación muy interesante. Y creo que así se ha podido conocer un poco mejor las interioridades y características de cada personaje. Me ha sorprendido a mí mismo, de verdad.

¡Dificilísimo!

Sé que técnicamente era un reto complicado, pero esto me lo enseñó Ramiro Pinilla: en un relato corto es muy fácil mantener la tensión. Con una novela breve hay que hacer más esfuerzo para que esa cuerda mantenga la tensión. Y en una novela, hay que mantener la tensión a base de tirar y tirar de las páginas para que el lector las siga pasando. Ese es el reto.

Hay un segmento de la población fantasmal que no está representado en su libro: adolescentes y jóvenes. ¿La secuela será ‘Fantasmas de TikTok’?

¡No! (ríe) ¡No me aportan nada interesante! Prefiero un señor tomándose vinos en un bar, otro con una enfermedad mental… Ellos me aportan muchísimo más que los TikTok. Y si además me ponen reggaeton, entonces quiero que llegue el meteorito… Yo no tengo críos por una razón: porque no me da la gana. Pero veo a un compañero mío, periodista fantástico, que tiene un crío de 17 años, y dice: ‘‘estoy desesperado. No es que él no lea, es que ninguno de sus amigos lo hace… No hay esperanza’’.

Cuando creas los personajes, ellos te llevan a ti. Me he reído con mis chistes y he llorado mientras escribía

En cambio, sí lo veo en el personaje de la niña. Pero además, quería buscar personajes como el indocumentado, los señores con una enfermedad o los menores de 14 años: que fueran intocables por la ley, que es una figura que existe. Estos personajes son intocables, no podrían ir a la cárcel aunque quisieran enviarlos. Esa impunidad me hacía mucha gracia. La pena es que en el mundo real no tiene ninguna.

Terminemos con buen sabor de boca. Cuéntenos por qué escogió la Montaña Palentina y si nuestro paisaje puede darnos un poquito de esperanza

¡Hombre, por eso he venido, para recuperar toda la esperanza! Claro, si tú me dices: ‘‘vives en un pueblo pequeño y encima dices todas estas cosas, serás un anacoreta y un resentido del mundo’’… ¡Todo lo contrario! Me encantan las relaciones humanas y la gente, sobre todo, cogida de uno en uno.

Aquí estoy viviendo. Después de mucho tiempo en Marbella, aguantando muchas cosas, por la profesión y las prisas… Llegar, hacer todas las cosas a una hora en un sitio y decir ‘‘ya tengo todo el día para mí’’. Y entonces te pones a leer mirando al pantano, o a escribir… Si eso no es un lujo, pero de primer nivel, no sé cómo podría calificarse. Es un lujo por el que la gente pagaría mucho si lo conociera: disfrutar del tiempo. Porque el dinero va y viene pero el tiempo se va. Y llenarlo de experiencias es fantástico.

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