Las manos que salvan la memoria de los pueblos y devuelven la vida al patrimonio oculto de Palencia

La duodécima edición del Taller de Restauración impulsado por la Diputación y el Obispado trabaja hasta agosto en la recuperación de 43 obras de arte
Grupo de personas trabajando en la restauración de una obra de arte en Palencia

Jesús García-Prieto / ICAL

Durante siglos han permanecido en silencio. Algunas presidieron altares, otras acompañaron la devoción cotidiana de generaciones enteras y unas pocas, sencillamente, desaparecieron de la vista hasta quedar olvidadas en rincones insospechados. Hoy vuelven a respirar gracias al trabajo paciente de doce restauradores que, armados con bisturís, microscopios, lámparas de luz ultravioleta y una enorme dosis de conocimiento, dedican seis meses a devolver la vida a una parte esencial de la memoria artística de la provincia.

La duodécima edición del Taller de Restauración de Obras de Arte promovido por la Diputación y el Obispado de Palencia encara este verano la recuperación de un total de 43 piezas procedentes de diferentes localidades palentinas. El programa, convertido ya en una referencia dentro de Castilla y León, combina la conservación del patrimonio con la creación de empleo especializado y la puesta en valor de un legado cultural que, en muchos casos, sobrevive en pequeñas parroquias y templos rurales amenazados por el paso del tiempo y la despoblación.

Desde febrero y hasta el próximo 3 de agosto, los restauradores trabajan en las dependencias del antiguo Seminario Menor San Juan de Ávila de la capital palentina. Allí conviven esculturas, pinturas sobre lienzo, tablas policromadas, textiles históricos y piezas de orfebrería que aguardan una segunda oportunidad antes de regresar a sus lugares de origen.

El coordinador del taller, Jaime Tesón, destaca que el proyecto ha alcanzado una madurez que le permite afrontar cada año decenas de intervenciones sin perder de vista el objetivo fundamental: conservar el patrimonio de los pueblos. “Palencia es inmensa y tiene una cantidad de patrimonio que hasta que no empiezas a conocerlo un poco no te das cuenta de la cantidad que tiene. Es impresionante”, resume a la Agencia Ical.

La selección de las obras responde a una colaboración constante entre las parroquias, los ayuntamientos y los responsables del taller. Son las propias localidades las que suelen plantear las piezas que consideran prioritarias, aunque los especialistas intervienen cuando detectan que alguna obra presenta un deterioro que aconseja una actuación urgente.

“Las parroquias y ayuntamientos eligen piezas. Luego nosotros intervenimos un poco en el aspecto de esta pieza estará mejor, está peor, o está al límite, hay que intervenirla ya, esta puede esperar. Hay veces que sí que intervenimos los dos en la selección, pero la voz cantante la suelen llevar los ayuntamientos”, explica Tesón.

A diferencia de lo que podría pensarse, muchas de las obras que llegan al taller presentan un estado de conservación relativamente aceptable. La persistencia de la vida religiosa en numerosos municipios ha contribuido a que imágenes y retablos continúen siendo atendidos por vecinos y feligreses. Sin embargo, las condiciones climáticas del norte provincial pasan factura.

“En Palencia, en general, el estado de conservación es aceptable. Tenemos más problemas con las piezas del norte debido a la climatología. Hay muchísimo frío en invierno y humedad, y eso provoca más degradación”, señala.

Pero si existe una amenaza constante para este patrimonio, esa es la despoblación. El vaciamiento progresivo del medio rural ha convertido a numerosas iglesias en espacios vulnerables frente al abandono, los robos o los daños estructurales.

“El mayor riesgo que tenemos es la despoblación. Las iglesias están vacías, los pueblos están vacíos y puede llegar cualquiera a robarlas. El que una iglesia esté cerrada provoca que una gotera no se vea, que se caiga una teja o que un problema estructural termine afectando a un retablo. El abandono de los pueblos es el principal motivo de deterioro de las obras de arte”, advierte el restaurador.

Precisamente por ello, el taller se ha convertido en una herramienta de protección del patrimonio rural. La inmensa mayoría de las piezas intervenidas proceden de pequeñas localidades repartidas por toda la geografía provincial, lugares donde el arte religioso constituye muchas veces el principal legado histórico conservado por la comunidad.

Entre las 43 obras de esta edición hay algunas que han despertado una atención especial dentro del equipo. Una de ellas procede de Villaumbrales y representa uno de esos hallazgos que parecen extraídos de una novela histórica.

Todo comenzó durante una visita de responsables de Patrimonio a una iglesia de la localidad. Mientras revisaban distintos elementos del mobiliario litúrgico, algo llamó la atención en el interior de una antigua cajonera. Tras desmontar la estructura, apareció una sorpresa inesperada: varias tablas policromadas del siglo XVI reutilizadas como fondo de los cajones de un mueble posterior.

“Son unas tablas del siglo XVI que forman parte de una cajonera del siglo XVIII y estaban utilizadas como soporte interior para los cajones. Ni siquiera estaban a la vista”, relata Tesón. Lo que en principio parecía un simple elemento estructural terminó revelando la existencia de fragmentos pertenecientes a un antiguo retablo. “Cuando sacaron los cajones dijeron que ahí en el fondo se veía algo. Fuimos a desmontarlo y aparecieron cinco trozos de un retablo en madera policromada”, explica a la Agencia Ical.

El descubrimiento constituye uno de los episodios más llamativos de la presente edición y evidencia que el patrimonio histórico aún guarda secretos en lugares aparentemente cotidianos. Las tablas, ocultas durante siglos en el interior del mueble, ofrecen ahora nuevas pistas sobre la historia artística de la provincia y sobre los procesos de reutilización de materiales que se produjeron a lo largo de los siglos.

No es, sin embargo, la única sorpresa que ha deparado el taller este año. Otra de las piezas que ha despertado el entusiasmo de los especialistas es una Virgen con el Niño cuya calidad artística sorprendió desde el primer momento. La obra, identificada como una copia de un original de Guido Reni y atribuida casi con total seguridad al pintor italiano Giovanni Battista Salvi, conocido como Sassoferrato, apareció en una pequeña localidad palentina y estuvo a punto de pasar desapercibida.

“Es una pieza de primer nivel y pensábamos de primeras que era una lámina. La calidad que tenía, eso no puede estar ahí y te quedas alucinado”, reconoce Tesón.

La relevancia de la pintura trasciende el ámbito local. Sassoferrato fue uno de los artistas más destacados del barroco italiano y alcanzó gran fama por sus representaciones marianas inspiradas en modelos de Guido Reni. Encontrar una obra relacionada con su círculo en una pequeña población rural constituye una muestra más de la riqueza patrimonial que atesoran los pueblos palentinos.

Aunque hallazgos de este tipo no son habituales, los restauradores aseguran que cada año aparece alguna pieza capaz de sorprender incluso a los profesionales más experimentados. “Lo normal es que esté más o menos casi todo catalogado y no te dé sorpresas. Pero de vez en cuando, una vez al año o así, te encuentras alguna cosa muy buena”, afirma.

Más allá de estos descubrimientos, el trabajo cotidiano del taller consiste en enfrentarse a los problemas de conservación que afectan de forma recurrente a las obras históricas. Entre ellos destacan los provocados por insectos xilófagos, responsables de graves daños en soportes de madera, y los derivados de la humedad.

“Si el ataque es muy severo peligra mucho la policromía y la estabilidad de la pieza. Si además se une la humedad, se agrava porque facilita la entrada de hongos y otros microorganismos”, explica el coordinador.

Curiosamente, otro de los grandes enemigos del patrimonio ha sido en ocasiones el exceso de buena voluntad. A lo largo de las décadas, numerosos vecinos intentaron mejorar el aspecto de imágenes y esculturas mediante repintes o intervenciones domésticas que terminaron alterando profundamente las obras originales. “El factor antropogénico también influye. Con toda su buena voluntad las maquillan, las pintan, las repintan o las mueven y muchas veces terminan totalmente desvirtuadas”, señala.

Sin embargo, incluso esas actuaciones aparentemente desafortunadas han tenido en ocasiones efectos inesperados. “No hay maldad en este tipo de acciones. Algunas veces se pierde para siempre parte de la obra y otras queda debajo de capas de pintura que se puede recuperar. De hecho, alguna vez incluso ha ayudado a conservar la pieza”, explica.

Según Tesón, ciertos repintes han funcionado como una capa protectora que preservó la policromía original durante décadas. Gracias a ello, los restauradores han descubierto bajo esas intervenciones imágenes de gran valor histórico y artístico. “Gracias a esos repintes burdos, debajo hay una obra excepcional del siglo XV o XVI y cuando empezamos a quitar esas capas te quedas alucinado viéndola”, asegura.

El trabajo en el taller combina métodos tradicionales con herramientas tecnológicas que facilitan el análisis de las piezas. Aunque los recursos disponibles distan mucho de los que poseen grandes instituciones como el Museo del Prado, los restauradores emplean equipos especializados para estudiar materiales, detectar intervenciones anteriores y planificar cada tratamiento.

“Intentamos utilizar lo máximo que podemos de tecnología. Tiramos de microscopios, lupas y lámparas de ultravioleta. No tenemos cromatógrafos ni grandes equipos porque son muy caros, pero cuando hace falta mandamos muestras a laboratorios especializados”, explica.

Cada especialidad exige además conocimientos específicos. Pinturas, esculturas, textiles y piezas de orfebrería requieren metodologías diferentes y un nivel de precisión extraordinario. “Los textiles son muy delicados, muy lentos. Es una labor casi de miniatura. Son hilos de seda muy finos y hay que trabajar uno por uno”, comenta.

La dimensión social del programa constituye otro de sus rasgos distintivos. Los doce restauradores contratados encuentran durante medio año una oportunidad laboral poco habitual en un sector caracterizado por la temporalidad y la escasez de plazas estables.

“Somos un taller de doce personas. No hay muchos sitios en España, o yo diría que es único, donde haya doce restauradores trabajando durante seis meses. Tener un trabajo garantizado durante ese tiempo es algo muy extraño desde una institución pública”, subraya.

La continuidad del proyecto ha permitido restaurar cerca de 524 obras procedentes de 175 localidades desde su creación en septiembre de 2014. Una cifra que refleja tanto la magnitud del patrimonio existente como el compromiso sostenido de las instituciones implicadas.

Colaboración institucional

Tesón insiste en que el éxito del programa es fruto de una colaboración que beneficia a todas las partes. “Hay que agradecer muchísimo el compromiso de la Diputación y del Obispado. Son muchos años, mucho dinero invertido y muchas obras restauradas. Al final se trata de una simbiosis entre todos. Nosotros tenemos trabajo, se protege el patrimonio, se cuida, se devuelve a los pueblos y se pone en valor”, afirma.

Después de más de una década de actividad, el taller ha evolucionado sin perder su esencia. Han cambiado algunos integrantes, se han incorporado nuevos medios y se han mejorado las condiciones de trabajo, pero el objetivo sigue siendo el mismo: rescatar obras que forman parte de la identidad colectiva de los pueblos palentinos. “Cada vez estamos un poco mejor dotados y en mejores condiciones. El taller ha ido para bien. El resumen general es que todo evoluciona correctamente y favorablemente”, resume.

Cuando se le pregunta por la pieza que recuerda con más cariño, Tesón no duda. Su memoria regresa a la primera obra que restauró en Palencia hace ya once años: una Virgen de la Leche del siglo XV. “Fue la primera que hice aquí y tuve la suerte de que era una obra espectacular”, recuerda.

Desde entonces han pasado por sus manos esculturas atribuidas a Alejo de Vahía, obras relacionadas con Gregorio Fernández y decenas de piezas de enorme interés histórico. Sin embargo, la emoción del primer trabajo permanece intacta. Quizá porque, en el fondo, restaurar no consiste únicamente en reparar una obra dañada. Significa reconstruir historias, devolver significado a objetos olvidados y asegurar que las generaciones futuras puedan contemplar el mismo patrimonio que durante siglos acompañó la vida de sus antepasados.

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